Amor de pana

Juan Manuel Jimeno Rodenas
Juan Manuel Jimeno Rodenas

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Me llamo Juan Manuel Jimeno Rodenas, Juanma para los que están más cerca de mí, El de los Perros para los vecinos del pueblo donde tengo el refugio, y @ecojuanmanuel el de Zooasis para aquellos miles de personas que me siguen en las redes sociales.

Esta es la historia de cómo un día dejé de dar saltos por las calles de Albacete para dedicarme por entero a lo que más me gusta: vivir por y para los perros, mis panas, por los que haría cualquier cosa.

Literalmente.

En estas páginas te cuento cómo monté el refugio, de dónde salió la idea, cómo fueron los inicios (y lo de en medio y los finales, de momento), quiénes dan la batalla cada día conmigo y, por supuesto, la historia de mis panas, que siempre merece ser contada.

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Acompáñame en estas páginas y vamos a descubrir todo lo que hay detrás de este caos maravilloso que es el día a día en Zooasis. Mi día a día.

Ah, una cosa importante antes de meternos en harina: la vida en un refugio es un no parar y está llena de momentos memorables. Por desgracia, algunos de ellos son difíciles, duros y hasta tristes. La mayor parte de lo que aquí cuento tiene un final feliz, claro, pero hay alguna cosa que a lo mejor no es apta para todos los públicos. Tampoco es para que leas tapándote la cara con una mano; solo para que te sirva de aviso.

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Escribo esto con una sola mano porque me acaban de operar de una rotura de ligamento en el hombro izquierdo y me han dejado todo el brazo inutilizado. ¿Que por qué tengo esto? Pues porque con veintidós años me lesioné haciendo parkour. Y me lo tomaba en serio, llegué a ser sexto a nivel mundial en speed, que se trata de pasar obstáculos a toda leche. Muy poco me pasó para los guarrazos que me llegué a meter, la verdad.

Sin embargo, la lesión que me sacó de la competición fue otra. Me partí el ligamento cruzado y el menisco de una rodilla. Casi nada. Así que el momento de la retirada llegó de sopetón. El parkour fue mi vida durante muchos años y disfruté cada minuto que le dediqué, pero bueno, igual tocaba centrarme en otros proyectos.

Mi familia, aunque siempre me apoyó, la verdad es que respiró tranquila cuando dejé de dar saltos y piruetas a varios metros de altura. Esto no me lo confesaron, pero sé que es así.

En fin, que había llegado el momento de empezar a hacer realidad otro deseo que tenía. Uno relacionado con mi otra gran pasión: los perros.

Mi historia con los peludos viene de muy lejos. Siempre me han parecido seres especiales y puros, llenos de la mejor energía; puro amor. No se guardan nada para sí y ofrecen todo su cariño, aunque sus panas humanos no siempre sean merecedores de él. Por eso, porque los humanos muchas veces no estamos a la altura de tanto amor perruno, hay abandono, dejadez y maltrato. Es lo que hace que haya tantos refugios. Y los que faltan todavía.

Desde muy niño fui consciente de que había muchos perros sin hogar y del problema que eso suponía. Y eso que todavía no sabía que la situación de muchos de ellos es lamentable, algo que vino después. Así que, desde hace unos años, colaboro con varias asociaciones, protectoras y refugios en Albacete, mi ciudad. A la última, Dejando huella, le guardo un especial cariño.

Pero no todo es de color de rosa y, pese a que los distintos refugios hacen un trabajo diario bestial que no está pagado con nada, descubrí que no me gustaban todas las formas de ayudar a los perros. Pensé que se podía hacer de una manera mejor. Por eso mismo, muy pronto empezó a rondarme la idea de sacar adelante mi propio refugio. Trabajar para mis panas, pero a mi manera. De todas formas, y por desgracia, un nuevo refugio para ayudar a animales abandonados nunca sobra.

Corría el bonito año 2020. «Bonito» por llamarlo de alguna manera, ya sabes. Yo había tenido ya mi último desencuentro con las organizaciones de ayuda animal y ya pensaba en abrir las alas. Pero me faltaban muchas cosas, entre ellas, un terreno, porque a los perretes había que meterlos en algún sitio y tampoco me valía uno cualquiera. Tenía que ser espacioso, fácil de mantener limpio y, a poder ser, en la naturaleza, que es donde mejor se sienten los animales. Como te podrás imaginar, con lo cotizado que está el suelo en los últimos tiempos, no era algo tan simple.

La suerte quiso que mi familia contase con un terreno en mitad del campo. En medio de la nada, en el término de San Pedro, provincia de Albacete, poseíamos diez hectáreas que daban más que de sobra para un buen refugio (más adelante te contaré cómo es, para que veas que es inmejorable). Así que tenía entre manos una oportunidad estupenda y tenía que aprovecharla.

Por cierto, el pueblo se llama así, San Pedro a secas. Ni San Pedro del Monte ni San Pedro de Villacañas ni nada por el estilo. San Pedro tal cual. Son así de chulos.

Una vez que ya sabía lo que quería y que tenía un lugar donde llevarlo a cabo, me faltaba ponerme manos a la obra. Fue entonces cuando me di de narices contra un muro que no me esperaba. Y dolió, casi tanto como llevarme un farolazo en los morros cuando hacía parkour.

Estoy hablando del primer impedimento con el que se encontró el refugio: el papeleo. Aprovecho la ocasión para mandarle un saludo a mis amigos los burócratas. Gracias a ellos se organiza algo tan complejo como un país entero y hay que estarles agradecidos, pero, madre mía, menudo dolor de muelas. Lo fue entonces y lo sigue siendo ahora, casi cuatro años después.

Pero mejor lo cuento con más detalle en el siguiente capítulo.

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Cuando me propuse montar el refugio, quería hacerlo bien. Esto no era un proyecto en el que yo me metía porque me aburría y un día me había dicho: «Anda, se me ha ocurrido que voy a apañar un corral para perretes sin hogar». No, yo quería un refugio de verdad, de acuerdo con la ley, con sus permisos y papeles en regla. Algo que perdurase incluso si llegaba el día en el que yo ya no estuviera (porque los perros van a necesitar ayuda siempre).

Por mi experiencia previa en otras asociaciones y refugios con los que había colaborado, ya sabía que hay un buen montón de leyes y regulaciones con las que lidiar. Así que iba preparado. Sin embargo, luego me di cuenta de que a lo mejor estaba siendo un poquito ingenuo.

Yo creía que teniendo el terreno, el tiempo y algunos recursos para dedicar a esto, solo me haría falta un poquito de esfuerzo para sacarlo adelante. Ay. Permisos, revisiones, técnicos, leyes, burócratas, ventanillas, páginas web que no ayudan en nada, firmas digitales, sellos, ayuntamientos, diputaciones. Papeleo, papeleo, papeleo.

También estaba el tema económico. Eso ya es el cuento de nunca acabar. Tasas, impuestos, planes de viabilidad… Si me lo propusiera, podría empapelar toda mi casa solo con los papeles de las tasas. Tasas que, por supuesto, hay que pagar por adelantado y a tocateja. Bolsillos pequeños (o rotos), mejor abstenerse.

Pero es que eso no era todo. Lo peor era el tiempo que ese papeleo requería, porque ya no solo vale con presentarlo todo tal y como te piden y cuando te piden, sino que encima hay que esperar para seguir adelante. Una locura.

Recuerdo la mañana que agarré mi carpeta con mi proyecto para ver a la aparejadora del ayuntamiento. Yo iba contento porque tenía mi terreno y la valla levantada y estaba listo para empezar el refugio. Qué iluso, chaval. Y qué baño de realidad me llevé.

Me dijo que necesitaba el visto bueno de un ingeniero, el correspondiente permiso de movimiento de tierras según el tipo de valla (que al parecer no era el mismo si se trataba de una alambrada que si era un muro de hormigón) y no sé cuántas cosas más.

Recuerdo llegar a casa esa misma mañana, dejar la carpeta sobre la mesa, sentarme y ponerme a llorar como un crío porque vi que era imposible montar lo que yo quería con los apenas quinientos euros que tenía en la cuenta (de haber estado currando en un McDonald’s).

Viendo que era más fácil que el Albacete ganara una Champions que obtener todos los permisos (de verdad que creo que todavía a día de hoy estaría esperando), tomé una decisión. Y sí, fue una decisión controvertida, arriesgada y que me llevó un tiempo tomar. Pero algo había que hacer y yo no soy mucho de quedarme de brazos cruzados como un «pasmao». Recuerda, tengo un brazo en cabestrillo mientras escribo esto.

Así que me dije: «Vamos a empezar a montar esto y ya llegarán los permisos cuando tengan que llegar».

Sí, me estaba arriesgando a recibir multas, pero prefería enfrentarme a eso antes que ver mi proyecto parado de forma indefinida. Además, yo ya sabía todo lo necesario para montar un refugio. Y no estaba solo: contaba con la ayuda de amigos también de este mundillo, quienes me podían aconsejar o echarme un cable cuando hiciera falta. Así que me lancé. Con todo, sin miedo al éxito.

Monté el refugio con mis recursos y abrí las redes sociales. Me planteé Zooasis como una empresa desde el principio: igual que en cualquier otra compañía, para que saliera adelante tenía que conseguir dinero como fuera. Y, una vez estuviera en funcionamiento, pues ya se vería. Sí, puede parecer una locura, pero es un enfoque que funcionó. Si no, no estaríamos hoy aquí.

Tengo que decir que todo ha salido (y está saliendo, que todavía seguimos peleando) bien. Es cierto que he tenido que afrontar alguna multa y varios avisos de que nos van a cerrar, pero, de nuevo, una vez que el refugio está en marcha, ya nada puede detenerlo.

En esto último se ha demostrado muy útil el uso de las redes sociales y la difusión (luego te hablo de ese tema). Como en muy poco tiempo ya nos conocía mucha gente, cerrarnos se convirtió en un asunto peliagudo (a ningún político le gusta la mala prensa, las cosas como son). Además, los vecinos del pueblo me apoyaron desde el principio porque están contentos con la labor que estamos haciendo en el refugio. En San Pedro son chulos, ¡pero también buena gente!

Además, también confío en mi capacidad de coger el coche y plantarme en un ayuntamiento o donde haga falta para convencer a quien sea de que en Zooasis lo estamos haciendo bien y no merecemos que nos castiguen. De momento, he conseguido que nos perdonen un buen pico (la penúltima multa ha pasado de miles de euros a solo noventa, y la última se ha quedado en nada). Y, por supuesto, ni hablar de cerrarnos.

El refugio sigue adelante. Cada día con más fuerza y salud.

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