Cronistas bohemios

Miguel Angel del Arco

Fragmento

libro-4

INTRODUCCIÓN

EL ESTADO DEL PERIODISMO EN LA ESPAÑA DE FIN DE SIGLO: LA PRENSA, LA BOHEMIA Y LA GENTE NUEVA

CRÓNICAS DEL 1900, LA EDAD DE ORO DEL PERIODISMO

A caballo entre el siglo XIX y el XX hallamos sorprendentes, frescas y magníficas crónicas, de la mano de unos periodistas brillantes, hoy completamente olvidados. Un viaje de prensa de Madrid a Lisboa narrado con humor y todo lujo de detalles, desde cómo era el tren o por dónde pasaba hasta qué ocurría en la frontera o cuál fue la actitud de los viajeros. El relato pormenorizado de una manifestación de neoconservadores, es decir, los cachorros del partido de Cánovas, por las calles de Madrid. Una descripción de las condiciones de los presos de las cárceles españolas contada desde dentro. Una panorámica de la situación de los mineros en Linares, narrada en nueve entregas, que abarcan desde la fotografía de sus miserables domicilios hasta las penosas condiciones de trabajo, escrito todo ello en la misma mina. El seguimiento in situ del caso Dreyfus, con los pormenores del juicio y la noticia de cómo se realizó la protesta, como un grito, de Émile Zola.

Los autores de estas crónicas son Antonio Palomero, Alejandro Sawa, Pedro Barrantes, Joaquín Dicenta y Luis Bonafoux, nombres que hoy no representan gran cosa. Sin embargo, estos textos tienen muy poco que envidiar, en calidad, en estilo, en atrevimiento y en novedoso enfoque a lo que muchos años después conoceríamos como nuevo periodismo. Se pueden leer, hoy mismo, con gusto y asombro. ¿Quiénes las escribieron entonces con tanto talento y original mirada? Pues unos grandes cronistas, unos pioneros, que ejercieron su oficio en la prehistoria del periodismo con prodigiosa maestría.

Eran reporteros que se dedicaban a tiempo completo a su oficio, fueron célebres y buscados por los diarios; fueron excelentes cronistas, eran entonces jóvenes, modernistas y bohemios.

Hoy son grandes desconocidos, como mucho aparecen de manera tangencial en alguna historia de la literatura, pero han quedado relegados al heterogéneo saco de los raros y olvidados, como los epígonos, los hermanos menores de la Generación del 98. Sin embargo, convivieron con ellos, fueron sus compañeros de viaje —y de los modernistas—, y en su tiempo también causaron admiración.

Todos aquellos literatos olvidados tienen en común el haber llevado una vida irregular, bohemia, irreverente, rebelde contra el canon artístico, seguramente como correspondía a su edad y al momento que les tocó vivir. Quizá eso hizo que no pasaran a la posteridad, ya que contaban con méritos suficientes para figurar en ella. Como veremos, se trata de una invisibilidad injusta, porque contribuyeron de manera decisiva a la llamada Edad de Oro del periodismo español, un tiempo, el cambio de siglo, entre 1898 y 1923, en el que coincidió la proliferación de cabeceras con la aparición de periodistas de gran talento literario que crearon escuela en cuanto a estilo y pensamiento, en la observación y narración de la realidad. Unos nombres que forman parte de la Edad de Plata de la cultura española, así como de esa edad dorada del periodismo, una profesión con definición aún imprecisa.

Acaso puedan explicarse estos sorprendentes olvidos si se conoce el estado del periodismo en 1900, sabiendo cómo eran las redacciones de entonces y qué periódicos se publicaban; quizá estando al tanto de la situación política en la España finisecular, la de la regencia de la reina María Cristina y del gobierno del turnismo, y tal vez entendiendo el ambiente cultural de aquellos años.

Posiblemente sea un descubrimiento constatar hoy día que en los inicios del periodismo ya había cronistas ejemplares. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que en aquellos años se produjo una gran ebullición social, política y cultural, y una atmósfera exaltada y pesimista que proporcionó abundantes noticias. El cambio de siglo, la decadencia moral en la que estaba sumido el país, la pérdida del imperio colonial, la existencia de numerosos periódicos, el malestar contra los políticos, el anticlericalismo, las polémicas entre los jóvenes y los viejos literatos, aquellas calles llenas de tabernas y cafés… todo ello contribuyó a una gran proliferación de historias, de leyendas, de injusticias avisadas, de personajes, de cronistas y de periodistas y reporteros de calidad que conformaron aquella Edad de Oro.

Estas condiciones sociales, políticas, económicas y culturales crearon un ambiente probablemente irrepetible en ese fin de siglo español en general y madrileño en particular. Unos gobiernos contestados que se iban turnando en el poder, con elecciones amañadas con estrategias caciquiles, ora los liberales, ora los conservadores; una sociedad deprimida, cafés atestados, tertulias animadas, una gran emigración hacia las ciudades que llenaba las calles y hacía que se expandiesen los barrios. Una corte de los milagros en la que cabían genios, menesterosos, hambrientos, modernos, aristócratas, pedigüeños y buscavidas, todos ellos habitaban la noche y contribuyeron a configurar una tribu de jóvenes sin fortuna, procedentes de las clases medias y populares, que recorrían las calles en busca de un futuro que se les presentaba poco amable.

Desde 1890 a 1910, las calles, los cafés, el Ateneo, los salones y las redacciones de los periódicos de Madrid estaban llenos de literatos o aspirantes a literatos, de jóvenes llegados de provincias con la quimera de hacerse un nombre en la capital. Discutían, criticaban la situación de España, soñaban con alcanzar la gloria, algunos pasaban por la universidad, visitaban a los autores consagrados o simplemente intentaban buscarse la vida.

Aquella larga crisis de fin de siglo juntó a estos numerosos periodistas, bohemios y artistas que vivían de noche y dormían de día si tenían dónde. Tanto deambular sin rumbo provocó una fiebre creadora que confluyó en una considerable cosecha de grandes figuras que forman parte hoy, con letras mayúsculas, de la historia de la literatura española. Pero también dio lugar a muchos talentos que no llegaron a nada y a nombres importantes entonces que se ha tragado el olvido. Porque en aquellos años todos aspiraban a ser alguien, y deambulaban y se movían en los mismos círculos. Lo singular fue que tanto figuras como olvidados anduvieron, juntos, por los arrabales del modernismo, del noventayochismo, de la bohemia, del anarquismo y del republicanismo: pertenecían a la llamada Gente Nueva, enfrentada con la Gente Vieja, apolillada y acoplada a los sillones y al sistema. Les dolía España y su atraso, y eran críticos con la política de la Restauración y los gobiernos turnistas.

Intentaban colocar un artículo o una crónica en los numerosos periódicos de la época, ya que se había empezado a pagar por las colaboraciones, y los que tenían cierta fama podían cobrar hasta quince o veinte pesetas por pieza. Los más vagaban porque tenían motivos para llevar una vida desastrada, provocadora, nocturna, precaria y rebelde. Muchos de ellos habían llegado de las provincias con la intención de triunfar en la capital, de manera que se movían, con cierto barullo, por aquel Madrid absurdo, brillante y hambriento que describió Valle-Inclán en Luces de bohemia.

Tanto los que alcanzaron la fama —aunque luego quedaran relegados al olvido—, como los que lograrían la gloria imperecedera, o los que merodeaban en su búsqueda, ejercían al mismo tiempo de literatos, periodistas, desocupados y bohemios. Los hermanaban sus sueños artísticos, su juventud, su existencia difícil, precaria y poco convencional, pero sobre todo el estampar su firma en la prensa del momento. Estaba naciendo el periodismo como profesión, y ellos fueron los pioneros, los primeros que se dedicaron a ella tal y como la entendemos hoy día. Bastantes de ellos tenían talento, estaban preparados, habían leído mucho, conocían lo que pasaba fuera de España, no se casaban con nadie, vigilaban las acciones y torpezas que cometía el gobierno para luego denunciarlas. Constituyeron una cumplida hornada de grandes profesionales, una generación esplendorosa digna de estudiarse hoy en las escuelas y facultades de periodismo. En las hemerotecas se pueden encontrar hoy sus crónicas, sus reportajes y sus columnas. Al leerlas se comprueba su vigencia, su altura intelectual, su sentido profesional, en suma, las aportaciones, tanto en el lenguaje como en los contenidos o los planteamientos. El arte del periodista, el libro teórico y práctico escrito por Rafael Mainar, que recogía todo lo que había que saber del periodismo, es tan moderno que podría ser actualmente el libro de estilo de cualquier medio, y fue escrito en 1906.

Un ejemplo de aquel talentoso e incipiente periodismo, pero no el único, fue El País, que tuvo gran apogeo como diario popular durante la regencia de María Cristina, y alcanzó a comienzos del nuevo siglo su máxima difusión. El espíritu aperturista de la redacción, atento y favorable a las nuevas tendencias, su republicanismo anarquizante, su disposición a la polémica y su anticlericalismo militante, lo convirtieron en uno de los periódicos más leídos entre los madrileños. En 1902 llegó a tener una tirada de 79.000 ejemplares. Entre sus redactores y colaboradores contó con nombres tan reveladores hoy como los de los entonces jóvenes Martínez Ruiz, Ramiro de Maeztu, Pío Baroja, Rubén Darío, Manuel y Antonio Machado, Manuel Ciges Aparicio, Manuel Bueno, Antonio Palomero, Rafael Delorme, Roberto Castrovido, Ignacio de Santillán, Luis Bonafoux, Enrique Gómez Carrillo, Dionisio Pérez, Juan Ramón Jiménez, Camilo Bargiela, Ernesto Bark, Joaquín Dicenta, Adolfo Luna, José Nakens, Federico Urales (pseudónimo de Juan Montseny), Pedro Barrantes, Alejandro Sawa o Miguel Sawa. Un ramillete de bohemios, modernistas y noventayochistas que ejercían el periodismo, todos aspirantes a literatos de muchos quilates. Rubén Darío aseguró en un artículo publicado en España Contemporánea que El País era el periódico con «mayor número de intelectuales en su redacción».

La esperanza de cambios profundos que nunca llegaban, la expectativa por la cercanía del fin de siglo, las noticias provenientes de París, las novedades de las colonias del Pacífico y del Caribe, los movimientos modernistas, las nuevas ideas que se movían de manera transversal por el mundo, las aspiraciones de conquistar la gloria, los grupos de provincianos a la busca de un futuro pero sobre todo de un presente en la capital, el hambre, los fríos, la revolución industrial y tecnológica que en España tardó en llegar… todo ello contribuyó, y se confabuló, para que se dieran unas circunstancias casuales, pero determinantes, para conformar semejante ambiente que se vivió en el Madrid de la última década del XIX y la primera del XX.

No obstante, fueron tiempos difíciles, paradójicos, porque aquel fin de siglo español que no acababa de alcanzar esos sueños de modernidad que llegaban de Europa estaba, al mismo tiempo, inmerso en el pesimismo y la indignación que provocaban los gobiernos de la Restauración española y las noticias del desastre colonial.

Además, la vida bohemia, buscada o forzada por las carencias alimenticias, las ideas de renovación que trajo el modernismo, el bullicio de las tertulias, el desfile de aspirantes por las redacciones o la Puerta del Sol conformaban una mirada entre esperanzada y esperpéntica. Junto a eso, el canon estético impuesto por la llamada Gente Vieja, instalada y acomodada en las instituciones culturales, fue contestado por el empuje de los recién llegados de todas las provincias, la Gente Nueva, con el sueño de ocupar un lugar propio en el arte o la literatura.

En ese ambiente callejero de jóvenes ignorados contra viejos anticuados que rechazaban todo lo diferente, aparecieron para quedarse tanto el Modernismo, como la Generación del 98 o el regeneracionismo, que produjeron cabeceras de prensa, proyectos editoriales innovadores, contenidos literarios y contestación. De ahí salió la buena cosecha de nombres rebeldes, cultivados, comprometidos, inquietos, ingeniosos, que escribían en la prensa lo que pasaba.

Aquellos primeros periodistas a tiempo completo, aunque de soldada precaria —en realidad, bien pensado, como hoy—, sentaron las bases de la profesión actual, su filosofía, sus métodos de investigación y su manera de contar. Es decir, usaron unas herramientas y unos contenidos plenamente vigentes.

Hay que indicar también que, junto a todo eso, apareció la primera defensa de ciertos derechos laborales. La Asociación de la Prensa de Madrid se creó el 31 de mayo de 1895, fecha en la que se acordaron unos estatutos aprobados por ciento setenta socios fundadores, que establecían que la agrupación aspiraba a ser una sociedad benéfica de socorros mutuos, una asociación para defender los derechos laborales de los periodistas y ampararlos con alguna asistencia médica. Entre aquellos firmantes fundadores había rúbricas con renombre, como la de Mariano de Cavia, Ricardo Fuente, Rafael Gasset, Alejandro Lerroux, Miguel Moya, Luis Morote, Andrés Mellado, Salvador Peris Mencheta, Antonio Palomero, Luis París, Miguel Sawa, Manuel Troyano, Ángel Ossorio y Gallardo o Alfredo Vicenti. Muchos de ellos pertenecían a aquella granada y joven generación de intelectuales comprometidos. Es importante mencionar que las primeras reuniones de los representantes de los diarios de Madrid se produjeron sin que tuviesen claro si lo que necesitaban era un montepío, un sindicato de periodistas o una asociación profesional. Igualmente hay que señalar que los representados fueron los veinticuatro periódicos que se publicaban cada día en Madrid.

Era la época en la que empezó a cambiar el periodismo como hasta entonces se conocía, es decir, básicamente de opinión. Aquel predicador, propio del siglo XIX, razonador y moralizante, en el que abundaba la prensa de partido, adoctrinadora, en la que los redactores eran escritores, poetas, licenciados en derecho, que utilizaban la prensa como trampolín a la política, empieza a profesionalizarse, a ser escrito y concebido por periodistas, a buscar la información y aumentar páginas y tiradas.

LA PRENSA FINISECULAR

En la segunda mitad del siglo XIX la prensa experimentó, en todo el mundo, una evolución imparable que la transformó radicalmente. La revolución industrial y los avances tecnológicos fomentaron la comunicación de masas y las rotativas lograron que los viejos periódicos multiplicaran las tiradas y llegaran a muchos más lectores. En España también se produjo esa evolución, aunque, como siempre, un poco más tarde y mucho más lentamente. Apunta María Cruz Seoane[1] que «no llega a configurarse en España el modelo de prensa de masas al modo anglosajón. No se daban las condiciones. Los índices de analfabetismo eran muy elevados, la urbanización era aún deficiente y muy desigualmente repartida geográficamente».

No obstante, sí se dio cierto grado de industrialización, llegaron algunos de los adelantos técnicos, hubo un pequeño desarrollo en los transportes y, sobre todo, algunas editoriales intentaron modernizarse. Concretamente El Imparcial y El Liberal fueron los primeros en introducir las linotipias. Pero el principal cambio se fue completando, en palabras de la historiadora del periodismo en España,

en la conversión del modelo de periodismo de opinión, de predominio ideológico, dependiente de partidos, movimientos o personalidades políticas, al periódico de empresa, concebido como un negocio, sostenido por el lector y el anunciante y con una variedad temática de carácter enciclopédico que pretende satisfacer los más diversos intereses de los lectores.

Es decir, el fin de lo que llamaba Unamuno «el periódico evangelizador», como calificaba el escritor vasco la prensa de opinión. Ello provocó por un lado una progresiva, aunque penosa y lenta, profesionalización del periodista, y por otro que la prensa se convirtiera, continúa Seoane, «en el medio hegemónico de comunicación social». Se estaban dando los pasos hacia el periodismo moderno, cercano a cómo se entiende, se conoce y se practica hoy día. Aunque todavía, en aquellos primeros años del siglo XX, se podía ver cómo los periódicos anunciaban en una pizarra sus principales noticias: el cartelón se exhibía a la entrada de las redacciones como adelanto de la edición impresa, lo que provocaba que fueran apedreados por los transeúntes en varias ocasiones, si las noticias que anunciaban no gustaban. Por ejemplo, cuando se anunciaban desastres como el hundimiento de barcos de la escuadra española en Santiago de Cuba o cuando se informó de la pérdida de las colonias.

Lo cierto es que a finales del siglo XIX todos los periódicos, también los políticos y partidistas, empezaron a cambiar su fisonomía hasta convertirse en prensa empresarial e industrial, de masas. Así explica Rafael Mainar la progresiva profesionalización: «Eso supuso que la técnica profesional fuera recortando el campo de la inspiración periodística, y el trabajo especializado desplazando el buen hacer de improvisador»[2].

La bohemia también contribuyó, más allá de tópicos tan repetidos sobre la vida desordenada, el alcohol y la noche, al proceso de profesionalización de la prensa e incluso a la aparición de cierta industria cultural, tanto periodística como editorial. Los bohemios españoles se autodefinían como «proletarios de la pluma», y su aspiración era precisamente «vivir de su pluma». De hecho, vivían, aunque fuera mal, de sus colaboraciones en los periódicos.

En su estudio, María Cruz Seoane explica muy bien las diferencias entre los periódicos de los años finales del siglo XIX y los de algunas décadas anteriores. En cuanto a la apariencia, unos y otros compartían el mismo número de páginas (habitualmente cuatro, en un solo pliego) pero señala que el cambio esencial

se observa a simple vista: frente a las páginas grises, concentradas, con títulos poco llamativos, pertenecientes a los periódicos decimonónicos, los que cierran un siglo y abren otro tratan de captar la atención del lector con titulares llamativos, combinando distintos tipos de letras y de tamaños. Las columnas permanecen con el mismo número, pero respiran con esas aportaciones tipográficas, y hay amplios espacios dedicados a los anuncios, muchos de ellos ilustrados[3].

En cuanto al contenido, frente a los primeros, donde predominaba sin excepción el artículo de fondo, de temática política, ideológica o doctrinal, a finales de siglo se fueron imponiendo progresivamente las noticias, los reportajes, las crónicas, algunas entrevistas e, incluso, artículos culturales y las que podrían considerarse secciones, digamos, «amenas» (chistes, pasatiempos…). Es decir: «El nuevo ideal que guía a las empresas periodísticas es comercial, o sea, informar y entretener al público, más que formarle o adoctrinarle»[4].

Ricardo Fuente fue uno de los más influyentes de aquella hornada de excelentes periodistas, director de muchos de ellos, emprendedor y gran defensor de la profesión. Escribió sus memorias y dejó su sabiduría en un libro, De un periodista. En él hay un texto intencionado, irónico, crítico y esclarecedor, titulado precisamente «Un artículo de fondo», en el que relata una escena representativa de cómo se hacía periodismo en aquel fin de siglo. Gracias a él, podemos conocer hoy sus rutinas y métodos: el director de un diario reclama un artículo para el periódico del día siguiente y el redactor, al no verlo claro, se resiste, pone todas las pegas que se le ocurren para escaquearse, al tiempo que muestra su particular concepto de la profesión:

¿Un fondo? ¡Imposible! No hay asunto. Será preciso repetir mañana lo que se ha dicho hoy, lo que se dijo ayer; copiar lo que se escribió hace un mes o hace un año. Desde la Restauración no ha ocurrido nada nuevo. Siempre ante el mismo cuadro de desdichas y miserias.

La invectiva del redactor para evitar el engorroso encargo supone, además de una justificación más o menos ingeniosa de su pereza, una exposición bastante realista de las relaciones que se daban dentro de las redacciones, amén de una descripción del panorama político del momento y de una muestra cabal de cómo funcionaba la prensa en esos años. Y continúa el diálogo descrito por Fuente, en el mismo escenario, entre director y reportero:

¡Líbreme usted, querido director, de ese martirio, de esa columna de prosa que se introduce todas las noches en mi cerebro como afilado puñal! Un pueblo que sufre y lanza quejidos y gritos de rabia; un gobierno tirano, inepto, imprevisor e ignorante, que dilapida la fortuna pública y atropella las libertades y las leyes; chanchullos, prevaricaciones, inmoralidades, robos, escándalos, injusticias… Nada, señor director: hoy como ayer, mañana como hoy y siempre igual. ¡El mismo plato con diferentes salsas!

El director le dice entonces que no busque la inspiración para los artículos en la política de salón de conferencias, en los «tiquis-miquis» de la prensa o en las opiniones sin valor de los prohombres de partido. Le aconseja que vaya a los campos, a las chozas de los campesinos, que vea su sufrimiento, sus condiciones de vida y les pregunte qué piensan ellos de la política y de los políticos.

El director —suponemos que el mismo Ricardo Fuente— habla a su redactor de otra manera de hacer periodismo, de otro modo de informar, de otros temas que abordar. Le propone una manera distinta de mirar, otro criterio periodístico, que podría aplicarse —que debería aplicarse— hoy mismo en muchas redacciones, tanto analógicas como digitales. En definitiva, le aconseja que relea la historia, que «haga un llamamiento a la juventud», que deje volar su imaginación: «y huya de este Madrid, que siempre oculta la verdad con aparatosas ficciones».

El resultado de ese tira y afloja fue que el redactor quedó convencido de que debía inspirarse para su artículo de fondo en la vida de la calle, en los dolores del pueblo, en los afanes de la ciudadanía, en las aspiraciones de los jóvenes, en la búsqueda de la verdad. Es decir, en lo que realmente importaba a la gente. Una lección de nuevo periodismo.

Los libros de Ricardo Fuente, Rafael Mainar, Alejandro Mori o la novela de Luis Araquistáin, Las columnas de Hércules —ésta desde la crítica y la sátira, en la que no quedan bien librados ni los periódicos ni los periodistas—, ilustran fehacientemente cómo era la prensa finisecular en España.

La profesora Concha Edo también ha descrito los periódicos que se publicaban en España a finales de siglo, y analiza con detalle la manera de trabajar en las redacciones, tanto el modo de buscar la información como la compaginación y la presentación de los resultados:

Predomina la información política nacional, no hay ninguna foto y sólo en contadas ocasiones se puede ver en la primera página algún titular, aunque empiezan a ser más frecuentes desde aquellos años. Los que salen por la mañana cierran el número del día entre las 4 y las 4.30 de la madrugada, con un margen que se alarga hasta las 5 para las noticias de última hora que eran las que llegaban justo al final de la tarde[5].

Explica en su estudio que entonces, y durante buena parte de los años siguientes, a pesar de los cambios evidentes y de las nuevas tecnologías, los periódicos se hacían en pequeños e insalubres locales. Evidentemente contaban con plantillas muy reducidas y no siempre preparadas. Si bien recuerda que, aunque se empezaban entonces a introducir las primeras rotativas, la mayoría de los periódicos se imprimían todavía en máquinas planas, lo que hacía que no se pudiera superar en ningún caso las cuatro páginas. Hasta los primeros años del siglo XX no se utilizaron las linotipias. La primera llegó a España en 1895 y fue importada por El Imparcial.

En el primer número del periódico La Información Ricardo Fuente redacta una crónica titulada precisamente «El primer número», y en ella dibuja la redacción, que podemos tomar hoy como el retrato impresionista de la mayoría de las redacciones de entonces:

En el portal un buzón, en el cuarto una mesa grande y ancha, capaz para media docena de redactores: unas cuantas sillas, las suficientes para que un día de «lleno» se siente alguien a la turca en los ladrillos; tinteros, plumas, carpetas, cuartillas, ganchos para colgar la prensa… esto es lo que el señor propietario considera como lo más preciso por ahora[6].

En su tratado, Concha Edo explica también la distribución de cada una de aquellas atiborradas cuatro páginas, que, en líneas generales y con pocos matices, era el papel que repartía cada periódico:

En la primera se incluye el habitual artículo de fondo, más bien largo y que con frecuencia escribe el propio director, un artículo centrado en la situación política, comentarios y noticias alrededor del mismo tema y descripciones de las fiestas y el mundillo de la alta sociedad madrileña. En la segunda y la tercera hay una serie de crónicas que reflejan la información musical, literaria y teatral, fundamentalmente de Madrid, pero buena parte de la tercera está ocupada por sucesos —crímenes, desastres, incendios…— tratados con el mayor sensacionalismo. Finalmente, la cuarta plana acoge la última parte del folletín comenzado en la anterior, los anuncios, las carteleras teatrales, taurinas y circenses y las gacetillas[7].

En las redacciones donde se elaboraban los periódicos y revistas no existía un criterio uniforme, ni racional en ocasiones, tanto en la composición de la plantilla como en la ubicación física o la distribución de la sede. Ésta podía estar en un local alquilado, en los bajos de un domicilio particular o en una habitación improvisada prestada por un mecenas, que era el caso de la mayoría de revistas y folletos de corta vida. Sirva como referencia la redacción del periódico La Correspondencia de España, que era entonces una de las más pobladas. Contaba con un director, como era lógico, con un redactor jefe, un secretario de dirección y diecinueve redactores, de los que seis se dedicaban exclusivamente a la información política. Pero esta situación, incluso semejante alarde de personal, sólo puede darse en los grandes periódicos y no en las reducidas plantillas de la mayor parte de los medios. Entonces, La Corres, como se la conocía, era de los grandes e importantes.

Como podemos leer en los testimonios y descripciones que hacen en sus memorias y novelas Rafael Cansinos Assens, Azorín, Ricardo Fuente, Manuel Ciges Aparicio o Ernesto Bark la manera de trabajar de las redacciones, la mayoría de ellas astrosas y bohemias, y su composición no cambió de manera significativa hasta bien entrado el siglo XX, aunque la prensa en general, como se ha dicho, sí que estaba experimentando durante aquellos años una evolución trascendental desde el punto de vista tecnológico y de contenidos.

La transformación se fue dando poco a poco, pero no sólo por los avances industriales que llevaron al aumento significativo de las tiradas, también por el número de publicaciones y por las nuevas temáticas de las que se empezaban a ocupar las páginas impresas. Seguía mandando la política nacional, pero se iban imponiendo los temas sociales (la pobreza y la mendicidad, la situación de los barrios de las ciudades, los salarios) e incorporaban noticias internacionales.

También Antonio Espina muestra en su ensayo, El cuarto poder, que las redacciones de los periódicos madrileños de 1900 tenían más en común con las de los diarios de 1870 que con las de 1915. De modo que el retrato más fiel y repetido de aquellas redacciones se parecería mucho, como una fotografía, al que hacen en sus libros Ciges Aparicio y Cansinos Assens. Eran aproximadamente así: una sala o habitación más o menos amplia, en medio de la cual había una enorme mesa rectangular y, sobre ella, dos grandes lámparas suspendidas del alto techo, al principio con quinqués de petróleo, luego mecheros de gas y por último bombillas eléctricas; las paredes estarían tapizadas con un papel floreado y generalmente deslustrado; habría también un listón corrido con ganchos de los que colgaban periódicos, sobre todo los de Madrid, junto a alguno de provincias y unos pocos extranjeros, y, por último, un par de armarios en los que se guardaban los diccionarios, papeles, cuartillas, lapiceros y libros de historia.

Esta fotografía hipotética se completaría con varias sillas alrededor de la gran mesa en la que escribían los redactores. En ella habría, además, varias tijeras, tinteros de cristal, papel secante, recortes de periódicos, restos de telegramas y, a su alrededor, cestos con papeles rotos, arrugados y manchados de tinta. En algunos casos aparecería otra mesa más pequeña, auxiliar, donde se amontonarían más periódicos y también bandejas y cafeteras que habría llevado el mozo del café más cercano. Y, junto a ese precario mobiliario, un perchero en el que se dejaban los sombreros, los bastones o los chambergos.

Así eran la mayoría de las redacciones. Sin embargo, aunque el paisaje de los enseres no hubiera cambiado mucho, sí estaban variando los contenidos. Y esa mudanza tenía que ver con el momento, con las tendencias que se iban imponiendo, con las necesidades y con la desazón de la sociedad. Y también con la personalidad de quienes contaban lo que pasaba en aquella España de entre siglos, atrasada, encerrada en sí misma, sedienta de regeneración y alejada de los vientos de modernización que soplaban en Europa.

Los periódicos, tendencias y cabeceras

Melchor de Almagro muestra en su curioso libro Biografía del 1900, además del pormenorizado relato casi diario del último año del siglo, un completo y revelador arco iris de la prensa del momento. Da cuenta de los nombres de sus cabeceras e indica las tendencias políticas y estéticas que definían a cada una:

Desde el republicano El País, de Catena; El Liberal, de Moya; El Imparcial, dirigido por Ortega Munilla; El Heraldo, con Adolfo Figueroa; El Globo, que antaño fue de Castelar y hoy pilota Riu; La Correspondencia, con Santa Ana; La Correspondencia Militar, de Fernández Arias; hasta la perfumada Época, El Correo, de Ferreras; El Siglo Futuro, de Nocedal; El Nacional, del otro hermano Suárez de Figueroa, y El Correo Español, de Vázquez de Mella[8].

Por otro lado, en la Historia de los medios de comunicación en España[9] se establece un listado igualmente ilustrativo, aunque quizá algo maniqueo, desde el punto de vista ideológico. Para su autor, serían conservadores La Época, El Correo Militar, Correspondencia Militar, El Siglo, La Publicidad y La Unión Católica; liberales: El Globo, El Correo, Izquierda Dinástica, El Resumen, El Ejército Español y El Español; carlista: El Correo Español; integrista: El Siglo Futuro; republicanos: El Progreso y El Nuevo País; al Diario Español se le consideraba indeterminado; y los restantes eran independientes según esa clasificación: La Correspondencia de España, subtitulado «Diario Político y de Noticias. Eco imparcial de la opinión y de la prensa», El Imparcial, El Liberal, El Día, Heraldo de Madrid, El Correo de Madrid[10], El Nacional, España, El Tiempo, El Universo, Los Debates, Defensa Nacional, La Reforma, La Información y el Progreso Militar.

El periodista Francisco Serrano Anguita, cronista oficial de la Villa de Madrid, hizo también una especie de clasificación de la prensa del principio de siglo, pero, en su caso, pretendía codificar los diferentes medios por orden de importancia y categoría:

Los periódicos que ocupaban la vanguardia al nacer el siglo eran El Imparcial, El Liberal y el Heraldo de Madrid, seguidos de La Correspondencia y, ya más distantes, La Época, el novísimo Diario Universal, España, fundado por Manuel Troyano; El País, El Globo, La Correspondencia Militar, El Tiempo, El Español… y así hasta los pobrecitos «sapos», compuestos en la misma imprenta, sin más cambios entre sí que el artículo de fondo y el título —como El Día, La Iberia, El Siglo— ni más ingresos que los del fondo de reptiles y los anuncios del Banco de España, de la Tabacalera y de la Compañía Transatlántica[11].

La publicidad de las grandes empresas suponía una manera de financiarse y de sobrevivir, y por tanto una dependencia que hoy día puede sonarnos muy familiar. Por nuestra parte, añadiremos a esas catalogaciones una más: que las revistas más conocidas y de más prestigio en aquellos años eran Alma Española, Electra, La España Moderna, Germinal, Gente Vieja, Helios, La Ilustración Española y Americana, Juventud, La Caricatura, La Lectura, Madrid Cómico, Los Lunes de El Imparcial, El Nuevo Mercurio, Nuestro Tiempo, Renacimiento, Revista Ibérica, La República de las Letras, Revista Nueva, La Vida Galante, La Vida Literaria, Vida Nueva, La España Contemporánea.

Y por completar el escaparate general de la prensa, señalemos que los medios más radicales eran Don Quijote, El Evangelio, Las Dominicales del Libre Pensamiento, La Anarquía Literaria, Prometeo, La Acción, El Tiempo, La Lectura, Pluma y Lápiz o El Motín.

En todos esos medios escribían y firmaban sus crónicas los talentosos periodistas que conformaron la Edad de Oro, los de la joven generación, aproximadamente treintañeros, que pusieron las bases del periodismo moderno, los adelantados del oficio. Porque escribir en los diarios no sólo podía ser la antesala de la literatura, que lo era para muchos, sino también una forma de sustento accesible. En los alrededores del año 1900 se editaron en Madrid el mayor número de cabeceras de su historia y un sinfín de revistas, libelos y cuadernillos. Podría pensarse que la ebullición artística, la refriega política, la controversia social y la curiosidad pesaron más que los altos índices de analfabetismo y carencias económicas.

Se imprimían publicaciones románticas, reformadoras, revolucionarias, modernistas, liberales, conservadoras, anticlericales, realistas, militares, de variedades, literarias, anarquistas, republicanas, socialistas, monárquicas… De algunas de ellas no se conserva ningún ejemplar, pero sí un testimonio, puesto que otra particularidad de esta heterogénea y numerosa generación de bohemios, literatos y periodistas es que escribieron mucho y se citaron todavía más unos a otros, de manera que podemos saber que la mayoría de sus firmas coincidieron en ese inmenso quiosco de prensa que podría hacerse con tantas cabeceras.

La existencia de todos estos medios, semejante ebullición de la prensa, se producía en el contexto de cambio, de transformación del periodismo, de los periódicos y probablemente de los lectores. El objetivo ya no era publicar artículos para aleccionar, sino poner en práctica un modelo de negocio, una opción empresarial. Eso en el caso de los empresarios y emprendedores, pero, por parte de los usuarios, éstos tampoco se conformaban con la doctrina, querían que les contaran historias, o casos y denuncias. Ya lo explicó entonces Ricardo Fuente, en un artículo titulado «El periódico de empresa», publicado en su libro De un periodista:

Hay periódicos que nacen al calor de una idea, y los inspira la pasión política, o el amor a la desgracia; hay periódicos que nacen al calor de una subvención y se inspiran en el afán de ganancia legítima[12].

Así ilustraba las nuevas publicaciones que aparecían: el periódico de empresa «no lo funda el enamorado del ideal, porque no existe por la necesidad de defender intereses faltos de apoyo, sino que se funda por comerciantes tan sólo atentos al lucro».

LA ESPAÑA DECIMONÓNICA

Tras abordar la transformación que experimentó el periodismo, visualizar cómo eran las redacciones y cuáles los periódicos que se publicaban, y constatar la existencia de una nueva generación emergente, resplandeciente, crítica y deseosa de ocupar el puesto de sus mayores, a quienes consideraban anquilosados, quizá convenga mostrar el escenario donde se produjeron semejantes cambios. Es decir, cómo era la España en la que vivieron y de la que se ocuparon en sus escritos aquellos periodistas y literatos.

Se utiliza usualmente el adjetivo «decimonónico» para referirse a lo que aconteció durante el cambiante siglo XIX y a todo lo relacionado con él. Se aplica en la mayoría de las ocasiones con una connotación despectiva, vinculándolo casi siempre con algo caduco, obsoleto, pasado de moda, digno de ser renovado cuando no olvidado. Desde luego no sugiere nada lustroso ni moderno ni de interés.

Sin embargo, lo que caracterizó a esa centuria fueron los grandes avances que se produjeron en la economía, en la ciencia, en la tecnología, en el ámbito social y en el político. Y también en las ideas. En ese periodo se dieron grandes revoluciones y transformaciones que aún reverberan en nuestros días: nuevos imperialismos, la segunda revolución industrial, el dominio de las máquinas, los movimientos obreros y nada menos que el sufragio llamado «universal», aunque únicamente fuera para los varones. Las innovaciones técnicas, las nuevas fuentes de energía, los diferentes sistemas de transportes afectaron a los trabajos y a las relaciones sociales. La ciencia y la economía experimentaron, también en ese siglo, un gran desarrollo y ambas provocaron la mayoría de los cambios.

Por todo ello, no parece que el calificativo tan poco estimado de «decimonónico» sea el apropiado para definirlo. El siglo XIX contempló, al mismo tiempo, la aparición de nuevas doctrinas y de nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos, hechos que cambiaron la forma de entender el mundo. El antiguo régimen dejó paso definitivamente a la burguesía, y ésta exigió e impuso nuevos desarrollos, otras relaciones e incluso otros intereses. El capitalismo se asentó y empezó una era en la que contaba sobre todo el pragmatismo y los intereses del mercado. Fueron años convulsos, de ajustes, de incertidumbres, que anunciaron choques, avances, injusticias y grandes renovaciones.

Pero, a la vez que aparecían tantas novedades en tantos campos, se daba la paradoja de que permanecían, como en el caso español, unas sociedades envejecidas, con unos parlamentos desacreditados y con los más sólidos pilares sociales tambaleándose. Además, las ciudades, —el caso de Madrid fue paradigmático— atraían, en su crecimiento desbocado, la miseria y la degeneración a sus nuevos arrabales. Un resbaladizo cóctel, pintoresco a veces, habitualmente pesimista, contradictorio casi siempre.

De ahí lo decimonónico, porque las costumbres, las rutinas, los usos, las diferencias sociales, el ambiente urbano, los malos olores, el atraso en los servicios sociales apenas cambiaron con el paso del siglo. La nueva clase, la burguesía, en realidad estaba tan lejos de la empresa y de los negocios como del proletariado. El intelectual quedaba al margen de los negocios y del comercio. Se convertía así en un inadaptado que se manifestaba a veces en contra del nuevo orden. Y para ello encontraba refugio en el periodismo emergente.

En cuanto a los adelantos tecnológicos y científicos, las cosas fueron más despacio en España que en el resto del mundo occidental, y además se desarrollaron bajo características propias. El proceso de modernización fue tan lento como contradictorio, con estructuras anquilosadas que entorpecieron todo intento de avance social. En 1900, el país todavía se hallaba en pleno siglo XIX. Por un lado, se habían incorporado muy pocas de las innovaciones aplicadas en Europa, y por otro seguía siendo un país fundamentalmente agrario y subdesarrollado.

En España, el siglo se había iniciado con la resistencia a Napoleón que despertó cierta conciencia nacional. Al mismo tiempo, aparece la noción de liberalismo con la Constitución de Cádiz de 1812. Se iniciaría así la disputa entre absolutistas y liberales que llevaría a tres guerras civiles, las carlistas. Tras una crisis económica importante, el descrédito de la monarquía y de los numerosos casos de corrupción, llegaría la expulsión del trono de la reina Isabel II, el Sexenio Revolucionario y la primera república que duraría poco y finalizaría con la entrada del general Pavía en las Cortes.

El malagueño Antonio Cánovas del Castillo se inventó un sistema aparentemente democrático, para conseguir la estabilidad durante la regencia de la reina María Cristina: su partido conservador firmó con el liberal de Sagasta el llamado Pacto de El Pardo mediante el cual se irían turnando en el poder. Para ello, convocaban unas elecciones con los resultados asegurados de antemano gracias al sistema caciquil. Los partidos republicanos y los nacionalistas quedaban fuera de ese acuerdo, por lo que su oposición apenas era relevante.

El éxodo rural hizo que las ciudades se llenaran, y, además de acarrear problemas económicos y sociales, trajo consigo una contestación política. A los caciques ya no les era tan fácil controlar los votos, y el malestar y la depresión fueron en aumento.

Por si fuera poco, los gobernantes tampoco se enteraron de las nuevas reglas del juego internacional, con un nuevo mapa compuesto por naciones fuertes y agresivas y naciones débiles y moribundas. Una orgullosa obcecación en mantener las colonias llevó al desastre del 98; los reveses militares se encargaron de recordar a España el lugar que le correspondía, lo que produjo rabia, resignación, pesimismo, malestar y desaliento. Las consecuencias directas fueron: depreciación de la peseta, inflación, desempleo, agotamiento de la fórmula política del turno de partidos instaurada durante la larga regencia de la reina María Cristina y una profunda pérdida de confianza.

En el ámbito interno, España caminaba entre la depresión y los conflictos. Mientras algunos intelectuales se conformaban con lamentar la crisis nacional y escribir sobre ella, otros aspiraban a investigar la verdad social e intentaban impulsar reformas y modos de atender las demandas del proletariado español. Al médico socialista Jaime Vera se debe el primer texto científico, Informe a la Comisión de Reformas Sociales, que apareció en 1884. En él concertaba un programa de acción, y realizó una llamada a todos los intelectuales para que participaran en el trabajo teórico de la revolución proletaria. Pero los conflictos sociales no disminuían, al contrario. En 1888 hubo una importante huelga en Riotinto; en 1890 se celebró por primera vez la fiesta del 1 de mayo, y se extendió una ola de huelgas por Barcelona. Andalucía se llevaba la palma de las protestas: en 1892 los campesinos invadieron tierras en Jerez de la Frontera y el gobierno condenó a doce años de cárcel al anarquista Fermín Salvochea, supuestamente por encabezar la rebelión. Como el suyo, hubo arrestos en masa y castigos impuestos a culpables e inocentes, muchos por falsos testimonios. Algo parecido ocurrió también en la Ciudad Condal, en 1896, con el llamado proceso de Montjuich, debido a los atentados anarquistas; un proceso lleno de irregularidades. La situación era de protesta, por un lado, represión por otro, y, de fondo, depresión, dolor y pesimismo.

Regeneracionismo

Si la península mostraba un crudo cuadro de tensiones, la situación colonial era aún más inestable, agravada por la guerra en las islas del Caribe: Cuba y Puerto Rico. Un rancio nacionalismo empeñaba el honor, la corrupción y el mantenimiento de privilegios, para mantener un imperio insostenible. Las voces críticas y abiertas eran acalladas con represión. Surgió un movimiento intelectual, el regeneracionismo, que profundizó en las causas de la decadencia en España y exigió una reforma política que solucionara los problemas sociales y políticos. Se trataba de un espíritu renovador, liderado por Joaquín Costa, que se propuso modernizar el país con urgentes reformas educativas, políticas, económicas y culturales. Según ellos, el sistema de la Restauración había fracasado por muchas razones. Una de las más importantes era que había dejado fuera a amplios sectores de la población, desde colectivos sociales a políticos, como el republicanismo que estaba fuera del régimen turnista, o a intelectuales. De hecho, había nacido una disidencia progresista, sobre todo republicana, que intentaba llevar a sus filas a una juventud que se sentía maltratada por la crisis y la decadencia.

Para el regeneracionismo, aquellos excluidos no sólo merecían atención, sino que debían ser los principales protagonistas. Se iba imponiendo en el mundo una nueva sensibilidad, en la que el trabajador, el pobre, el artesano, el enfermo, el marginado empezaban a ser cuando menos visibles. Tanto Victor Hugo como su novela Los miserables (1862) despertaron el interés de muchos y contribuyeron al nacimiento de esa sensibilidad nueva y humanista. En España también fomentó el cambio de sentimientos la publicación, en 1884, del ya mencionado Informe a la Comisión de Reformas Sociales. Esa comisión, creada en diciembre de 1883, dio a conocer, con detalles inéditos hasta ese momento, las condiciones de los desfavorecidos de la sociedad española, que produjeron escándalo y enojo. Esas comisiones sobre las condiciones materiales y morales de la clase obrera también se llevaron a cabo en varios países europeos, inmersos en procesos de industrialización. Estos informes fueron propulsados por la burguesía, interesada en controlar las actividades del proletariado.

Todo ese movimiento de regeneración, los descubrimientos y conclusiones de la comisión, las nuevas sensibilidades aparecidas y el consiguiente caos de luchas, críticas, reivindicaciones, represiones de la policía e inestabilidades produjo una importante y activa literatura regeneracionista, tanto en libros como en periódicos y revistas, que tendría igualmente su reflejo en las enconadas contiendas que mantenían los viejos y jóvenes literatos.

En cada época hay grupos de gente nueva, los «nuevos», los novísimos, que aparecen para afirmar su existencia y delimitar su espacio diferente y original con respecto a las ideas y prácticas en vigor. La situación española, como la veían los viejos, necesitaba arreglarse, pero el régimen sólo debía corregirse un poco y adecentarse desde dentro. Para los otros, los nuevos, a España había que cambiarla de arriba abajo, empezando por sus defensores. No sólo eran dos miradas encontradas, sino también posturas irreconciliables. Tales disputas se dejaron sentir en los últimos años del siglo y en los primeros del que empezaba. Se hicieron presentes en forma de artículos que llevaban siempre su correspondiente contestación, en rivalidades enconadas de consagrados y aspirantes, entre los que encabezaban el canon oficial y los recién llegados.

La prueba más fehaciente de esa competencia y de esa contienda fue el manifiesto que los jóvenes literatos emergentes firmaron en contra de la concesión del Premio Nobel de Literatura a José Echegaray.

A finales de los años ochenta y durante toda la década de los noventa, antes del desastre, pero ya con los cimientos regeneracionistas puestos, la generación crecida durante la Restauración había entablado acaloradas discusiones con los viejos defensores del orden, el establecido y el burgués. Constituían un grupo grande que se llamaba a sí mismo «la Gente Nueva», un heterogéneo conjunto de jóvenes preparados y ambiciosos, que negaban lo viejo por caduco o por ser responsable de los males de España. De modo que eran jóvenes de espíritu y enemigos irreconciliables de lo establecido, lo que implicaba en aquella época de crisis la elaboración de nuevas formas para buscar la novedad y la originalidad, excitar la curiosidad y suscitar la sorpresa. Es decir, ser irremediablemente nuevo, y dar la espalda a la tradición.

Componían un diverso y numeroso grupo, que se anunciaba como Gente Joven o Gente Nueva; eran estudiantes, profesores, profesionales liberales y periodistas que irían apuntando como intelectuales. La lista de nombres es larga, aunque muchos se quedaron por el camino y otros llegaron a ser célebres: Manuel Paso, Nicolás Salmerón y García, Ricardo Yesares, José Fraguas, Rafael Delorme, Ricardo Fuente, Luis París, José Ortiz de Pinedo, Pompeyo Gener, Juan Salas Antón, Luis Bonafoux, Rosario de Acuña, José Nakens, Mariano de Cavia, Carlos Fernández Shaw, José Zahonero, Joaquín Dicenta, Juan B. Amorós, Emilio Ferrari, Eduardo López Bago, Rafael Altamira, José Verdes Montenegro, Ciro Bayo y Segurola, Emilio Fernández Vaamonde, Alfredo Calderón, Felipe Trigo, Vicente Colorado, Francisco Maceín, Ernesto Bark, Alejandro Sawa, Urbano González Serrano, Eduardo Benot. En esta inacabada lista, están incluidos la mayoría de los cronistas bohemios, y también los entonces un poco más jóvenes José Martínez Ruiz, Pío y Ricardo Baroja, Ramiro de Maeztu, Jacinto Benavente, los hermanos Machado y Ramón María del Valle-Inclán…

Compartían arte, poesía, política, teatro, opinión; coincidían en manifestaciones, homenajes, tertulias nocturnas y visitas a los barrios; escribían artículos en los periódicos y organizaban protestas. Tenían gran presencia combativa, social y científica. La mayoría eran estudiantes en la Universidad Central de Madrid. En la apertura de curso, en 1884, el discurso fue pronunciado por el catedrático de historia y republicano Miguel Morayta Sagrario, que defendió la libertad de cátedra y teorías materialistas, racionalistas y anarquistas. Una arenga muy comentada y aplaudida que logró la excomunión por parte del episcopado. Por otro lado, los jóvenes estudiantes se sublevaron entre el 17 y el 20 de noviembre, y organizaron los motines popularmente conocidos como «La Santa Isabel». Se llamó así por la festividad de Santa Isabel de Hungría, el día en que los estudiantes de la Universidad de Madrid se echaron a la calle y se enfrentaron a la policía montada a caballo. Una auténtica rebelión en las aulas, duramente reprimida.

Aquella revuelta y los gritos de protesta de los jóvenes, y los encarcelamientos que siguieron, encontraron eco en las páginas de la prensa. Pero ellos mismos fundaron su primer periódico, Juventud republicana, rápidamente censurado. Vendrían luego más cabeceras republicanas: La Discusión, La Tribuna Escolar, La Universidad y La Piqueta, entre otros.

Precisamente en uno de ellos aparece una de las primeras noticias que tenemos del grupo Gente Nueva como tal: es el manifiesto que publicaron el 12 de febrero de 1885 en su periódico universitario, La Universidad, titulado «Homenaje a Víctor Hugo, con motivo de su reciente muerte». Entre los redactores de ese periódico librepensador estaban Antonio Palomero, Alejandro Sawa y Luis París. Ellos organizaron ese mismo año un mitin en honor a Giordano Bruno en el madrileño teatro de la Alhambra, lo que suscitó otra agria polémica. Bruno era considerado el precursor del evolucionismo y de la teoría del progreso indefinido, por lo que rendir un homenaje a un sabio víctima de la Inquisición y del oscurantismo reaccionario justificaba las posiciones disidentes y rebeldes de la juventud y remachaba la pugna entre Gente Vieja y Gente Joven, es decir liberales y conservadores, tradicionalistas y progresistas.

En el homenaje participaron buena parte de los más arriba mencionados: a la cabeza los hermanos Sawa, Manuel Paso, Nicolás Salmerón y García, Rafael Delorme, Ricardo Fuente, Luis París y Antonio Palomero, la plana mayor de quienes destacarían luego como periodistas bohemios.

Por si quedara duda de la presencia y aspiraciones del grupo, así como de las nuevas ideas, quizá lo ilustre mejor las palabras de uno de ellos, Ricardo Fuente, en su libro De un periodista: «la última palabra del modernismo es la cuestión social».

Si no compacto, sí era un grupo numeroso, y empezó a ser tan conocido como contestado por el sistema. Uno de ellos, Luis París, en su libro Gente Nueva, publicado en 1888, acuñó el nuevo término. Allí señalaba a los componentes del grupo y los catalogaba. En la página 15 de Gente Nueva, se puede leer:

Nacidos todos entre los fulgurantes esplendores de las revueltas y asonadas, con la leche que hemos mamado ahumada por las explosiones de pólvora y cortada por los sobresaltos de nuestras madres, hemos dado los primeros pasos en la vida a ciegas, por entre medio de las emboscadas de la política rastrera y mediocre de nuestra patria, asistiendo como espectadores a las luchas diarias y desiguales de lo que se va, y es potente y fuerte, rico y hábil, con lo que viene, y es débil y torpe, pobre e impreciso.

Durante la regencia de María Cristina, entre 1885 y 1902, España representó una buena muestra de las contradicciones, cambios y miserias del siglo XIX. A pesar de las nuevas sensibilidades, el modelo de la nación que resulta no es precisamente encomiástico: fin de centuria, un país empobrecido, derrotado, mirando hacia sí mismo y sin ver en sus escenarios urbanos y rurales más que atraso, miseria y necesidades cuando no hambre directamente. Una realidad alarmante, decadente y sin aparente remedio. Los jóvenes literatos, algunos de ellos luego autores de peso en la Generación del 98, en el modernismo y en la bohemia —que en un momento dado fueron términos si no sinónimos, sí muy entreverados—, fueron testigos, notarios y sufridores del panorama. Constatarían el abandono progresivo del campo, la existencia de una industria incipiente y raquítica, y hablarían todos, desde el púlpito de las tertulias y de los periódicos, de la ineptitud del gobierno.

El 9 de abril de 1901 el Heraldo de Madrid publicó un largo artículo titulado «La España de hoy». Lo firmaba Benito Pérez Galdós, y ocupaba cuatro columnas enteras de las seis que conformaban la portada. El autor retrataba un panorama crudo, realista y desolador[13]. Afirmaba:

Bien puedo asegurar que la situación presente, de las más críticas de la triste historia de mi país, ofrece un nudo muy difícil de desatar… En los días siguientes a la catástrofe en que perdimos los restos de un gran Imperio, daba pena ver el semblante nacional… La representación del país está, con unos y otros partidos, en manos de un grupo de profesionales políticos, que ejercen, internamente, con secreto pacto y concordia, una solapada tiranía sobre las provincias y regiones. La Justicia y la Administración, sometidas al manejo político y sin medios de proceder sin independencia, completan esta oligarquía lamentable… así el cuerpo de España, extenuado por el caciquismo y el desuso de toda acción política saludable, viene a ser presa del morbo clerical, que desde los tiempos primeros de la Regencia comenzó a extenderse, y ya se corre formidable de la epidermis a las entrañas de la nación.

En los inicios del siglo XIX, la cruda realidad nacional indicaba que cerca del 60 por ciento de la población española adulta era analfabeta, que los horarios de trabajo superaban las diez o doce horas diarias y que no estaba legislado ni siquiera el descanso dominical. Tal panorama daba para pocas alegrías.

Raymond Carr apunta que en 1900 los dos tercios de la población española trabajaba en la agricultura, y las ciudades, «base natural del liberalismo burgués, eran islas en un mar de la ignorancia rural»[14]. Añade que «tanto los progresistas como los moderados fueron partidos de notables que luchaban por el poder y el patronazgo y manipulaban al electorado ignorante y apático mediante una extendida corrupción».

Otro prestigioso historiador que ha estudiado a fondo la época que nos ocupa, Santos Juliá, se fija en lo atrasado, para describir la necesidad de una regeneración que no llegaba y que debía ir por nuevos caminos. Afirma que:

A finales del siglo el sistema parecía viejo como sus mismos líderes, como viejos eran los presidentes que seguían turnándose, y también vacío, hueco, sin verdadero apoyo en la opinión, pues todo el mundo era consciente de que al menos dos tercios de la población vivían de espaldas a la política y de que sus parlamentarios no representaban a los electores, sino a facciones de caciques[15].

Historiadores y analistas, intelectuales y periodistas, todos coinciden en describir una sensación de régimen corrupto y fraudulento. Fue esa impresión de decrepitud, de hastío y de corrupción la que llevó a la desesperación cuando la

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