NUESTROS FILONAZIS
El pasado no lo explica todo, pero sin el pasado no hay manera de entender el presente. La reaparición fulgurante de signos y lenguajes neofascistas, o incluso neonazis, en la sociedad española (y europea) de los últimos diez años ha llegado de la mano de un sustrato de población cuya memoria familiar está anclada al franquismo y, al mismo tiempo, desanclada de una sociedad que ha desbordado sus peores pesadillas. El éxito de los movimientos progresistas en España, en particular en términos de políticas sociales y de derechos desde el Gobierno de Zapatero en 2004, ha desplazado a una zona de incomprensión a buena parte de una población que jamás creyó siquiera verosímil legalizar las parejas del mismo sexo, regular el aborto, legislar sobre el cambio de sexo… o sacar a Franco de la cripta abominable que sus restos ocupaban desde 1975.
Cuarenta años de democracia decente, y por eso mismo llena de culpas, no han acabado con los antiguos rescoldos ni con los cachorros nuevos de sectores sociales que fueron hegemónicos en su respaldo a la España franquista y a algunos de sus auxilios militares, políticos y económicos. Eso fueron la Italia fascista y la Alemania nazi, porque sin ellas Franco hubiera sido incapaz de convertir el golpe de Estado frustrado en el origen de una guerra civil. La reeducación democrática desde el fascismo o el filofascismo nunca fue masiva ni durante ni después del régimen de Franco. Son pocos, pero ilustres, los nombres que entendieron la profunda gravedad del terror totalitario del fascismo (y con él del nazismo) y son muchos los que llegaron a la fecha de la muerte de Franco con las convicciones incólumes, a menudo ancladas en una memoria de la guerra en forma de heridas cicatrizadas y, muy a menudo, en forma de cicatrices morales, que no cicatrizan nunca y que seguían abiertas a pesar de haber disfrutado de la victoria. Ese segmento de la población fue reduciéndose desde la posguerra pero nunca llegó a extinguirse ni en España ni en Europa. Las celebraciones neofascistas son escasas, minoritarias y residuales aunque han encontrado en los últimos años un nuevo refrendo o una nueva visibilidad, incluso electoral, dictada por la nostalgia de un mundo desaparecido y la mitificación heroica de épocas en que los inmigrantes no campaban a sus anchas, los gais vivían escondidos y las mujeres no se movían de su doméstico lugar.
El libro de Marco da Costa tiene la enorme virtud de evitar simplificaciones groseras sobre el respaldo que encontró el nazismo entre los sectores intelectuales, políticos y periodísticos de la derecha española de los años treinta y cuarenta. Por eso habla sin querer de la supervivencia de las afinidades neofascistas en la actualidad y sin siquiera mencionarlas. Entre la izquierda, ha sido común el reduccionismo conceptual del filonazismo a una especie de engrudo hediondo que no valía la pena examinar: en el fondo, cada firma, cada cabeza o incluso cada cabecera venían a ser lo mismo. Los historiadores no sirven para muchas cosas, pero los mejores sí despliegan una virtud indispensable: combatir la pereza conceptual que esquematiza el pasado y conseguir dotarlo de la textura de lo real. Da Costa ha desplegado una diligencia inaudita para identificar las motivaciones, las mutaciones, las rectificaciones y luego directamente los embustes autojustificativos de un importante puñado de escritores relevantes de la España de la Edad de Plata y del primer franquismo en relación con el nazismo. Ha rastreado de forma exhaustiva sus revistas, sus periódicos, sus firmas y sus editoriales, porque nunca creyó que todos fueran lo mismo y tampoco que su fascinación por Hitler desde el momento mismo de su victoria en 1933 fuese un episodio anecdótico. No podía serlo cuando jóvenes falangistas sentían una imantación incuestionable hacia su figura, su ideario y su ambición totalitaria. Lo que hace Da Costa es exprimir con cuidado las múltiples fuentes disponibles, antes y después de la guerra, para extraer las razones de una adhesión ideológica que en casi ningún caso fue plena y total pero sí argumentada, discriminada, a veces oportunista y calculadora, en muchos casos reticente y a veces hasta crítica, en particular para quienes no veían modo posible de conciliar su catolicismo con la doctrina nazi. A partir de la percepción diacrónica del nazismo, lo que este libro hace es, en realidad, una anatomía de las vísceras de las derechas intelectuales de la época, al trazar sus rivalidades internas, sus diferencias de matiz, sus contradicciones flagrantes y hasta su competitividad en el mercado de las ideas desde una aproximación general comprensiva y permisiva a los postulados del nazismo. La documentación que maneja Marco da Costa es abrumadora, sin que muchos de sus materiales hubiesen sido revisados críticamente nunca, pero la virtud más productiva no está en el acopio de documentación, sino en la articulación analítica de un mapa cambiante: nadie fue filonazi de la misma manera en 1933 que en 1943, cuando las cosas empezaron a torcerse, ni desde luego las simpatías nazis estuvieron tan a la vista al principio como tras los juicios de Núremberg, con la asistencia de algunos españoles con escrúpulos cuando menos deportivos.
La desmemoria no es un mal del presente: es universal y además contiene un elemento de supervivencia social. Con la memoria total del pasado en el presente, las sociedades sucumben a sus tragedias pretéritas. Con el filonazismo español ha sucedido algo parecido; como si el análisis de esas sintonías hubiese necesitado muchas décadas para regresar a la luz del conocimiento histórico. Todavía nadie había abordado con la minuciosidad y la ecuanimidad crítica del autor de este libro la aventura de sentirse nazi o filonazi sin vergüenza alguna, con la altanería de identificarse con la vanguardia política e ideológica de la historia y con repulsión activa a las pazguatas y frustrantes virtudes burguesas. La discusión fue muchas veces teórica, política e ideológica y de ella nacen las familias político-ideológicas que distingue este libro, aunque poco de ellas subsista de la misma forma en el presente, más allá de la imagen turbadora de una muchacha colérica con los labios pintados de rojo, la ferocidad en la mirada y en el ademán. Pero están ahí: mejor saber de dónde vienen.
JORDI GRACIA
Cuando caigan, que caerán, la gente los contemplará con sorpresa y se preguntará:
—¿Cómo podíamos creerlos tan fuertes?
PÍO BAROJA, Desde el exilio
A MODO DE INICIO
Toda historia tiene un inicio. Y este volumen tampoco es una excepción. Aunque, si nos ponemos a matizar, tiene más de uno. Es lo que los anglosajones definirían como work in progress. Porque no es de otra manera que me planteé en su día aquel proyecto lejano de abordar el colaboracionismo ideológico de cierta intelectualidad española a lo largo del periplo existencial del nacionalsocialismo. Después de adentrarme durante varios años en un Tercer Reich cinematográfico marginado e ignorado, debido, entre otros supuestos, a la invisibilidad de sus productos, estaba pronto —o eso creía yo— para asaltar otras trincheras, si bien no más ambiciosas, al menos más arriesgadas. Y, si ya me había enfangado hasta el cuello en aquellos lodazales ideológicos y conocía lo que me deparaban esas tierras baldías, ahora me atraía escarbar en el territorio nacional; y eso siempre son palabras mayores. La circunstancia posterior de que aquel interés cristalizara en forma de tesis doctoral y que de ahí pasara a esta versión reescrita y revisada de la misma es fruto, sin duda alguna, del apoyo sin restricciones de una serie de personas que se fueron cruzando en esta travesía que sería larga y no exenta de daños colaterales.
Y, por esta razón, comenzaré por el final, agradeciendo a todos aquellos que me posibilitaron hacer visible lo poco o mucho —cada cual hará su valoración final— que fui extrayendo de mis idas y venidas desde la lejana Esmirna. Sirvan estas primeras palabras de reconocimiento a todos los profesionales que trabajan cada día en el mundo kafkiano y burocrático de las bibliotecas, hemerotecas y archivos, sin los cuales el quehacer de los investigadores sería mucho más costoso e ingrato. No puedo dejar de mostrar mi enorme gratitud a mi director de tesis, Jordi Gracia, quien no ha dudado en acompañarme hasta la parada final —en forma de prólogo— de este viaje. Ni tampoco, por supuesto, a la editorial Taurus, con Miguel Aguilar a la cabeza, y a mi queridísima editora, Roberta Gerhard, artífices de que esta España nazi no se quedara apolillada en el depósito digital de la Universidad de Barcelona.
Así pues, ¿otro libro sobre nazis? Esta es la pregunta casi desafiante que suele arrojarse habitualmente contra alguien que se arriesga a penetrar en terrenos en apariencia trillados y poco dados a la novedad. Esta saturación bibliográfica incuestionable en lo que concierne al nacionalsocialismo ha querido mitigarse con la intención de integrar este volumen en un proceso —gestado al principio por el empeño casi temerario de algunos escritores (Umbral, Trapiello, entre otros)— de normalización del estudio de la literatura fascista llevado a cabo en los últimos años desde el ámbito académico. No entraremos a interpretar con detalle las causas del repunte editorial que estamos viviendo sobre el fascismo español con las reediciones de estudios seminales como el de Mainer (Falange y literatura) y Trapiello (Las armas y las letras), reedición de obras de Ledesma Ramos, nuevas biografías de José Antonio, ensayos especializados en Falange o sobre la División Azul; por no hablar del inagotable filón que es el franquismo y su protagonista principal, bien en formato ensayístico (peligrosamente revisionista en algunos casos), bien a modo de miniseries televisivas reduccionistas para un público foráneo. En este último caso, es evidente que Franco «vende» y todavía no se ha ido de la psique española. La reciente Ley de Memoria Democrática es una muestra más de cómo nuestra sociedad no ha pasado página a este episodio de nuestra historia y no ha podido cicatrizar, como sí lo hicieron los alemanes desnazificándose, unas heridas que seguirán supurando hasta que los familiares (de ambos bandos) puedan recuperar de las fosas comunes los cuerpos de sus seres queridos.
En cualquier caso, toda esta proliferación de volúmenes dedicados al fascismo español en todas sus vertientes, además del interés comercial irrebatible, son una metáfora política de unos tiempos convulsos tanto en el ámbito nacional como internacional, derivados de una crisis económica que parece no tener fin. Hemos sido testigos, por poner tan solo una lista de muestras indicativas de los últimos años, de asaltos a la democracia en Estados Unidos y Brasil, la consolidación de regímenes autoritarios, administraciones proteccionistas y aislacionistas, discursos propagandísticos al más puro estilo Goebbels, gobiernos que defienden políticas xenófobas o, directamente, antisemitas, auge de nacionalismos y anhelos independentistas o del ascenso de fuerzas políticas populistas de cualquier índole ideológica. Este libro, sin quererlo ni pretenderlo, bebe también de esa fuente de preocupación y descontento por parte de su autor, que nació en la Transición —tan injustamente tratada, a veces, por esta fiebre por «revisionar» toda la historia— y que solo ha conocido la democracia en este país. Asisto muchas veces con estupefacción a la exhibición no tan solo entre nuestra clase política, sino también en la sociedad, de actitudes y comportamientos que parecían obsoletos en un país que, desde el 20 de noviembre de 1975, se propuso olvidar antiguas rencillas con el enemigo y poner coto democrático a la bipolarización de las dos Españas para poder alcanzar la tan ansiada integración en la Unión Europea. Durante los últimos años, la política nacional ha entrado en una peligrosa deriva ética que ha hecho de los ataques indiscriminados contra el adversario norma habitual de convivencia entre diputados y parlamentarios. Predomina, en cualquiera de los bandos representados en la Cámara, un lenguaje-discurso demonizador, xenófobo, clasista, nacionalista, populachero y rancio en el que tanto valen la reinterpretación de la memoria histórica con referencias tergiversadas a Unamuno o la apropiación sectaria de figuras de la historia nacional como Blas de Lezo, Hernán Cortés, el Cid o los Reyes Católicos como el insulto guerracivilista para simplificar al contrincante con el uso deliberado y simplista de «fascista», «facha», «rojo» o «comunista del Frente Popular».
Desde los inicios de la recesión económica en 2008 muchos han sido los historiadores, analistas políticos y expertos en historia económica que han parangonado nuestra época con aquella que tras la crisis bursátil de 1929 propició la consolidación estatal del totalitarismo. No pretendemos entrar en un debate comparativo que nos llevaría por caminos trillados en los que la moda se sustenta básicamente en traer a colación los fantasmas del pasado fascista a raíz de la aparición de partidos de extrema derecha. Por el contrario, debería promoverse un análisis autocrítico y concienzudo de lo que se ha hecho mal antes que recurrir a discursos de igual modo sectarios y ventajistas que jueguen con el miedo de la ciudadanía a perder sus derechos. La Europa que nos acoge tiene que demostrar madurez para lidiar con este nuevo escenario político y no repetir los errores en que incurrió en la década de los años treinta, poniéndose al servicio y pactando, en ocasiones, con Hitler. A pesar de la inexistencia de una serie de corrientes ideológicas que pongan en peligro los principios básicos bajo los que se sustenta la Europa unificada de nuestro siglo, no cabe duda de que nuestro mundo ha reactualizado conceptos habituales durante el periodo de entreguerras, como la propaganda, el fascismo, la demagogia, el racismo, las políticas autárquicas, el antisemitismo, el patriotismo, el integrismo católico o la propia valoración de la res politica como asunto al servicio del Estado, del ciudadano o de los intereses partidistas de unas élites que no están dispuestas a ceder ni un ápice de su poder e influencia en las altas esferas.
Son tiempos, si no idénticos, al menos parecidos en cuanto a la desorientación ideológica, política y moral de una sociedad desnortada para la que el arquetipo intelectual ha perdido vigencia y autoridad. La opinión pública se ha dejado arrastrar, en su lugar, por el político demagógico y antisistema de todos los colores o por el tertuliano opinador —añadamos streamers y youtubers para los más jóvenes—, asiduo en foros vocingleros y activo usuario de las distintas redes sociales. Esta politización de la sociedad española no ha hecho revivir la importancia del intelectual como sí ocurrió en la década de los años treinta con la instauración de la República española. Fue durante ese periodo en que el intelectual de todos los ámbitos profesionales cobró un mayor protagonismo y se convirtió en un paradigma ético e ideológico para la ciudadanía. Y no solo nos estamos refiriendo a los defensores a ultranza del nuevo régimen republicano como garante del progreso en un país empobrecido y atrasado, sino también a todos aquellos que representaban para la otra parte de la sociedad española el modelo contrario (mejor dicho, los modelos): el de una España militarista, conservadora, católica, autoritaria, fascista o monárquica.
Son estos últimos los grandes protagonistas de este libro, entre los que se encontraban políticos, periodistas, corresponsales, poetas, novelistas, ensayistas, profesores, científicos o juristas, integrantes ideológicos tanto del bando conservador (monárquico, carlista, católico, etc.) como miembros de partidos fascistas o en pleno proceso de fascistización. Este estudio pretende individualizar la figura del intelectual como receptor-intérprete de la ideología nacionalsocialista en España, relegado, en la mayoría de las investigaciones dedicadas a las relaciones hispano-alemanas del periodo, a un papel decorativo y secundario bajo las políticas culturales establecidas en ambos países. Una intelectualidad en la que se encuadrará, en definitiva, una amplia representación de la sociedad civil de la época que, desde los inicios de la recepción mediática del nazismo, defendió una posición antirrepublicana frente al orden constitucional, hasta que la victoria de la España nacional y los primeros años del apogeo militar nazi durante la Segunda Guerra Mundial fueron homogeneizando su discurso en posturas totalitarias comparables y cercanas al colaboracionismo intelectual europeo con las fuerzas de ocupación nazi.
Barcelona-Izmir-Madrid, noviembre de 2022
INTRODUCCIÓN
EL INTELECTUAL COMO PROBLEMA
La radicalización política del intelectual, clave en nuestro punto de partida y potenciada, entre otros eventos históricos, por la pérdida de las últimas colonias del Imperio español, por el debate establecido entre aliadófilos y germanófilos durante la Gran Guerra o por la persecución a la que se verían sometidos alguno de aquellos pensadores y escritores a lo largo de la dictadura primorriverista, alcanzaría, no cabe duda, su mayor expresión con la instauración del sistema republicano. Su llegada polarizaría la sociedad en diferentes reinos de taifas ideológicos en los que la prensa y sus intelectuales, cada vez más politizados mientras se iban sucediendo los bienios y las alternancias en el poder, enarbolarían la bandera de la confrontación, el fanatismo y la lucha sin cuartel contra quienes no opinaran de la misma forma. Al principio, Valle-Inclán y Azorín, dos de aquellos miembros de la primera generación comprometida con la res politica, celebrarían la caída de la monarquía borbónica y la participación de los intelectuales en un nuevo régimen de cuya instauración, después de treinta años batallando por cambiar el espíritu, la sensibilidad y el sentimiento nacional, se sentían responsables como «legión de laboradores de la inteligencia». Sin embargo, aquellos mismos gobernantes republicanos, a los que Azorín reclamaría en el artículo publicado en Crisol «modestia» y «serenidad» para que no triunfaran, de inicio, «las pasiones» y «los resentimientos personales», los irían arrinconando generosamente en cargos diplomáticos y escaños representativos de las diferentes formaciones políticas en el Congreso o forzándolos a un exilio interior en la prensa, a medida que el no es esto orteguiano se fue extendiendo entre la desilusión, el desencanto y la frustración. En cualquier caso, es evidente que la politización de toda la vida intelectual española trajo para muchas de aquellas figuras ilustres la pérdida de un criterio objetivo, del individualismo, de la responsabilidad educativa ante la opinión pública y de la disciplina y libertad de épocas pretéritas en las que la línea editorial de un periódico no difuminaba los contornos de su independencia o la ausencia del sistema electoral no había obligado a los autores a tomar partido. Uno de los que más incómodos se sentirían ante cualquier tipo de ascendencia del Estado sobre la esfera privada del individuo sería otro de los miembros de la generación del 98, Pío Baroja, quien era consciente de que su personalidad neutral y contradictoria provocaba la animadversión general en una España donde «no se quiere aceptar gente independiente. Hay que ser fascista o comunista. Esta intransigencia, unida al fondo plebeyo y rencoroso de los políticos españoles, engendra el odio».[1]
Lo que más nos interesa destacar, con todo, es la reacción que se produjo, desde las facciones de la contrarrevolución, ante la aproximación a las arenas movedizas de la política republicana de las primeras espadas de la intelectualidad. Un rechazo instantáneo que no solo venía a colación del apoyo inicial que esos mismos intelectuales prestaban al nuevo régimen implantado en 1931, sino de todo lo que ellos representaban como sumos sacerdotes del intelectualismo, el racionalismo, el liberalismo o la modernización del país: conceptos, todos ellos, debido a los cuales los (anti)intelectuales de derechas, monárquicos, católicos o falangistas los tacharían de traidores a la patria, a la tradición y a la historia de España. Llegados a este punto, es necesario aclarar el uso que se hará de los conceptos «contrarrevolucionario» e «intelectual» aplicados a todos los protagonistas pertenecientes a un conglomerado, complejo y heterodoxo, que tenía en común el proyecto de una España autoritaria, tradicionalista y católica que derrocase el régimen parlamentario. Para ello, la primera etiqueta responderá, asumiendo las imprecisiones e inexactitudes de tal decisión, a razones puramente narrativas, salvo en aquellos muchos casos en los que sea imprescindible la matización ideológica. De la misma forma, el empleo del término «intelectual» se referirá, de manera genérica, a toda aquella pléyade de teóricos, filósofos, ensayistas, periodistas, poetas, pensadores o escritores contrarios a la instauración del sistema republicano que, a pesar de su responsabilidad intelectual y espiritual a la hora de conformar el ideario integrista y, poco después, fascistizante de la España verdadera, denigrarían, como veremos a continuación, la carga semántica que, bajo su punto de vista, conllevaba la propia palabra, dando carta de naturaleza al fanatismo irracionalista y al culto a la violencia soreliana y avivando, de paso, famosas proclamas del antiintelectualismo más canallesco.[2]
Es durante la República, por tanto, cuando, apoyados por la revalorización de lo vitalista e irracional en los totalitarismos, los herederos de la tradición radical y reaccionaria del europeísmo nacionalista, antiliberal, neorromántico y antiilustrado del siglo XIX comenzarían a cargar con más intensidad las tintas contra un gobierno parlamentario que había elevado el estatus social de escritores, intelectuales y profesores. Dos meses antes de la proclamación del 14 de abril, Ledesma Ramos había abierto la veda afirmando en el manifiesto político de La Conquista del Estado que «frente a los liberales somos actuales. Frente a los intelectuales somos imperiales».[3] Los testimonios ensayísticos y periodísticos, independientemente del ideario al que pertenecieran sus autores, son indicativos de la inquina profesada contra el intelectual como uno de los artífices y responsables del exilio de Alfonso XIII. El monárquico Álvaro Alcalá-Galiano les dedicaba un apartado en La caída de un trono denunciando «el refuerzo agitador del Ateneo» y «el auxilio espiritual de renombrados intelectuales» a la causa republicana. En la misma línea se integraba el capítulo «Éxito y desventura de los intelectuales» del reaccionario José María Salaverría, aunque, en su caso, la crítica no iba tanto dirigida hacia la demonización del «intelectual», etiqueta a la que él mismo pertenecía como señal distintiva y elitista respecto a la mediocridad del vulgo, como al hecho de que la intelectualidad española estuviera dividida «en esa cosa terrible de las izquierdas y derechas irreconciliables» y hubiera cedido al clamor popular y al izquierdismo en lugar de haber actuado como intermediaria entre el pueblo y la institución monárquica.[4] Junto con los partidarios del regreso al orden de una monarquía autoritaria, los sectores nacionalsindicalistas y falangistas también hicieron frente al excesivo protagonismo de la intelligentsia. Por poner un ejemplo, Guerrero de la Iglesia defendía la figura del verdadero intelectual que «huye de la política y de la diversión degradante» para, sin solución de continuidad, despotricar contra aquellos intelectuales «de opereta, pedantes sin ciencia y sin dignidad» que, aprovechándose de la ignorancia de la ciudadanía y la opinión pública, se convertían en «los mayores enemigos de la Humanidad» al corromper el espíritu nacional a través de un (anti)modelo de conducta en que primaban la sexualidad malsana, la inmoralidad y la depravación humana.[5]
Durante la coyuntura de la Guerra Civil, estos ataques se hicieron cada vez más frecuentes y virulentos. En casi todos ellos se repetirían las mismas cantinelas plasmadas anteriormente en la prensa y el ensayismo antirrepublicanos. Eran «los Marañones, los Ortega y Gasset, los Zubillaga» culpables tanto de los incendios, saqueos y profanaciones como de haber mantenido «una moral de guerra» gracias a sus escritos, discursos y arengas que incitaban a las hordas rojas a cometer sus asesinatos.[6] A esta responsabilidad colaboracionista en el inicio y la prolongación de la guerra se le añadiría la dudosa catadura moral («enfermizos intelectuales de sexualidad mal definida»)[7] de quien se había dedicado a medrar a costa de intrigas, enchufes y ambiciones diversas. Asimismo, otro de los epítomes que debilitarían la figura del intelectual en pleno debate sobre el Nuevo Estado sería su condición de antipatriota al servicio de postulados ideológicos ajenos a la tradición hispánica como el «internacionalismo», «la dictadura de la masa», «el credo bolchevique», «la irreligiosidad y el ateísmo» y «la mediocridad plebeya».[8] En este sentido, uno de los libros más célebres publicados durante la contienda bélica fue el del doctor Enrique Suñer, Los intelectuales y la tragedia española. Además de hacer hincapié en la responsabilidad moral en cuanto a sus maniobras conspiratorias con masones y agentes externos para hacer caer la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía borbónica y participar en campañas contra la religión y los valores tradicionales de España, su autor apuntaba directamente a la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes y a los pensionados de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) como hervideros institucionales donde «los principales agentes revolucionarios» habían introducido corrientes librepensadoras, laicistas y afrancesadas en la sociedad española.[9]
Por otro lado, desde la vertiente del conglomerado religioso, personalidades muy representativas del integrismo católico como Juan Tusquets o Fermín Yzurdiaga también observarían al intelectual como aquel contendiente que discutía la autoridad y ascendencia de la Iglesia en todo lo que se refería a la educación de la nación.[10] Menos conocido que el volumen de Suñer pero publicado el mismo año sería Los causantes de la tragedia hispana, del jesuita, y colaborador de Razón y Fe, Constancio Eguía Ruiz. Su autor continuaba demonizando «la gran traición de los intelectuales» hacia la nación y el pueblo que se remontaba al derrotismo de la generación del 98, a la Institución de Giner de los Ríos y al Ateneo madrileño, «foco de corrupción y aún de conspiración». A lo largo de quince capítulos en los que se asistía a una auténtica caza de brujas en busca de las causas y los culpables que habían llevado al país a aquella cruenta guerra civil, Eguía Ruiz desenmascaraba a los integrantes que se parapetaban detrás de la etiqueta genérica de «intelectuales»: no solo destacarían los consabidos literatos y ensayistas que traducían e imitaban una literatura «rusófila y antisocial» o las editoriales encargadas de diseminar propaganda proletaria, atea y pornográfica, sino también el profesorado universitario y de educación básica que convertía sus clases en mítines políticos o en auditorios para infiltrar un espíritu antiespañol y antirreligioso entre los jóvenes estudiantes.[11]
Este encarnizamiento contra la figura denostada del intelectual de origen decimonónico acarrearía, como contrapartida, la creación-definición, por una parte, del representante de la (anti)intelectualidad bajo el Nuevo Estado y, por otra, la depuración, y eliminación física en muchos casos, del antagonista al que se pretendía erradicar del mapa tanto por la tradición extranjerizante que arrastraba como por la rivalidad que suponía su existencia para los nuevos candidatos a opositar a las plazas de la élite franquista. En lo que concernía a la primera consecuencia, la reformulación del concepto no era nueva. Este lavado de cara aplicado al intelectual en la España nacional tenía, si nos retrotraemos exclusivamente al periodo republicano, antecedentes y modelos inspiradores (desde monárquicos conspiradores o conservadores fascistizados hasta caudillos nacionalsindicalistas) en la vida y obra de malogrados «alfiles de la intelectualidad antirrevolucionaria» (Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera o Alcalá-Galiano);[12] en el hombre de acción ledesmaniano, de naturaleza soreliana y fascista que aunaría en política «una colaboración franca de la inteligencia con las rutas triunfales de nuestro pueblo»;[13] o, sin olvidar tampoco, aunque su estrella fuera decayendo a medida que sus exaltaciones y delirios iban in crescendo, en el poeta «fermento de creación fascista española» y «elemento macho de la vida de un pueblo» de Giménez Caballero, que, durante la Guerra Civil, sería incorporado a una congregación de místicos, teólogos, predicadores y sacerdotes que, frente a los intelectuales que andaban «con la cabeza», buscarían «la verdad, el genio de España, ¡con el corazón, con las entrañas!, no con la cabeza vuelta del revés».[14]
Aun así, sería la alargada figura de José Antonio Primo de Rivera quien dotara de estilo a su movimiento político y entronizara, en la tertulia de «La Ballena Alegre» del Café Lion madrileño, a un grupo de poetas y escritores que, con el paso del tiempo, constituirían la plana mayor del falangismo literario y el prototipo del intelectual en el Nuevo Estado nacionalsindicalista.[15] Y todo ello a pesar de su compleja relación inicial con el intelectual al que reprendería su actitud desafiante contra el régimen militar presidido por su padre.[16] En cualquier caso, la mala conciencia o enmienda de error para subsanar la antipatía indisimulada del general Primo de Rivera por los Unamuno, Marañón o Jiménez de Asúa llevarían al fundador de Falange Española (FE) a rodearse obsesivamente de personalidades del ámbito cultural.[17] No obstante, a diferencia de Ledesma Ramos, José Antonio siempre abogaría, desde una posición antiparlamentaria, por la no intromisión de los intelectuales en la arena política dado que «los valores en cuya busca se afanan […] son de naturaleza intemporal: la verdad y la belleza».[18] Fiel reflejo de esta última actitud sería encarnada por los apóstoles joseantonianos a quienes, como bien afirmaba Javier Pradera, «no les compete ni la elaboración teórica […] ni el análisis crítico. Sólo deben preocuparse por la racionalización ideológica a posteriori de la acción del político».[19]
Asimismo, el estallido de la Guerra Civil completaría la otra mitad del tópico renacentista convirtiendo al poeta falangista en un auténtico adalid del «Discurso de las Armas y las Letras» quijotesco al lanzarlo, como le ocurriría a José María Pemán, a los campos de batalla para emular las arengas militares de Franco, Millán-Astray o Queipo de Llano y cantar a la patria, lejos de la división de las izquierdas y las derechas, bajo los luceros de los mártires falangistas.[20] Esta aparente intervención del nuevo intelectual en la política se justificaría por la diferente posición adoptada ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor en comparación con la actitud contemplativa del intelectual de entreguerras, proceso que iba paralelo a la reformulación del concepto de la propia «política» que, desde entonces, perdía su connotación negativa para definirse como «la participación vital en el desarrollo histórico de la comunidad».[21] A partir de este replanteamiento solo existiría un paso hacia la plena politización del intelectual del Nuevo Estado —surgido de una generación falangista no solo radicalizada por la Guerra Civil, sino también por una nueva coyuntura como la Segunda Guerra Mundial—, aquel que
entiende la política de manera radical, y, por lo tanto, vinculada a principios trascendentales. Como estilo de vida hemos elegido la milicia, porque así es la manera más desnudamente cierta de vivir […] y porque por ese lado van las exigencias de los tiempos: y esta milicia la practicamos con la pluma, pero también con la espada. En consecuencia, nuestra beligerancia contra esto y contra aquello va más allá de las armas intelectuales de nuestros escritos: va hasta dar la vida.[22]
Por último, tal y como se ha avanzado anteriormente, la apropiación terminológica del concepto «intelectual» por parte de la ideología falangista vino acompañada de la depuración de todo aquel amplio colectivo de intelectuales, periodistas, jueces, catedráticos, profesores, maestros, etc., que había sido señalado como culpable de la situación actual en volúmenes como Los causantes de la tragedia hispana o Los intelectuales y la tragedia española. Precisamente, el autor de esta última obra, el mencionado doctor Enrique Suñer, jugaría un papel muy activo en este aspecto al ser designado presidente del Tribunal de Responsabilidades Políticas, para poner en práctica lo que tanto él como otros de sus compañeros habían dejado por escrito en artículos y ensayos a medida que la España nacional se iba posesionando del resto del territorio enemigo.[23]
DESCUBRIMIENTO (1931-1933)
CAPÍTULO 1
LOS ORÍGENES «INTELECTUALES» DEL FASCISMO ESPAÑOL
1. EL GENIO DE ESPAÑA CONTRA LA RAZA GERMÁNICA
El gran resultado obtenido en las elecciones de septiembre de 1930 por el NSDAP puso en el mapa internacional a un Hitler que a partir de ese momento comenzaría a atraer las miradas del mundo entero en su camino hacia el poder. En aquel mismo año, Giménez Caballero (Gecé) anunciaba una etapa de «un nuevo romanticismo» en la literatura española que «se empieza a interesar por la política y por realidades circundantes».[24] Fiel a aquellos nuevos postulados, Gecé ya se había dejado fascinar, por aquel entonces, por la ideología mussoliniana y por todo lo que representaba la Roma imperial que conectaba con conceptos tan caros a la obra del escritor madrileño como el catolicismo y la jerarquía. Esta etapa del «descubrimiento romano» le posicionaría dentro de un grupo de intelectuales que culpaban a los países protestantes y a su idiosincrasia como los verdaderos responsables de la decadencia de las culturas latinas. Aquella dicotomía ideológica, política y religiosa entre las dos Europas se desarrollaría en la tesis principal de Carta a un compañero de la joven España, que prologaría una antología de textos de Malaparte bajo el título español En torno al casticismo de Italia.[25] Su interés por avivar una cruzada de la Europa del Sur contra la del Norte, junto con una toma de partido por los valores católicos de la «milenaria romanidad», sería uno de los motivos de separación ideológica entre Gecé y quien había sido, hasta aquel momento, uno de sus colaboradores en La Gaceta Literaria, Ramiro Ledesma Ramos. El futuro líder de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS), con su proyecto en marcha de La Conquista del Estado, observaba con interés la evolución del Partido Nazi como guía más factible para poder alcanzar un fascismo español, libre de las ataduras del tradicionalismo apostólico-romano. Asimismo, no tendría reparos en señalar a su antiguo mentor como un hombre excesivamente teórico y literaturizado que «juega limpio en los escollos con que, sin quererlo ni saberlo, se tropieza».[26]
Con la publicación de Genio de España, Giménez Caballero desarrollaba una síntesis de sus ideas sobre el fascismo, aplicadas al proyecto de regeneración espiritual iniciado por sus abuelos del 98. Lo que nos interesa de la tesis del libro no es tanto recoger su ascendencia como ensayo seminal para el estudio del fascismo en España como destacar las discrepancias entre la España católica y el racismo del nacionalsocialismo, planteadas desde el principio por el ideólogo del fascio español. Para todo ello, en la segunda parte, «Los huevos de la Urraca (Notas a Ortega)», Giménez Caballero revisaba y analizaba críticamente la España invertebrada del filósofo, centrándose en la teoría de Ortega sobre la decadencia española debido a la ausencia de una minoría dirigente germánica.[27] En una época en la que Gecé consideraba la Italia mussoliniana como faro espiritual de una España heredera de la Roma imperial, rechazará la «tesis rubia» de Ortega, insistiendo en la idea de que el genio español es «antiracista [sic], por excelencia» porque, a lo largo de la historia, los problemas con judíos, musulmanes o protestantes no constituyeron en ningún caso una cuestión racial o eugenésica, sino de fe. A partir de ese momento, e igual que lo desarrollarían algunos contemporáneos conservadores, católicos y monárquicos como Juan Tusquets, González-Ruano, Eugenio Montes, Ramiro de Maeztu o José Antonio Primo de Rivera, solo existiría un paso para criticar sin veladuras el controvertido racismo alemán, base ideológica que «hoy reverdece con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza» y antagonista del «sentimiento cristiano y piadoso» del catolicismo español.[28] A pesar de desmitificar la unidad de sangre como fundamento de la unidad nacional y minimizar la idea de la inexistencia del elemento germánico como causa de las crisis españolas posteriores al periodo imperial, Giménez Caballero le reconoce a Ortega, por una parte, un «sustrato germánico» en la creación del genio español y, por otra, en lo que él define como «la zona perspicaz» de España invertebrada, está de acuerdo con su antiguo maestro cuando afirmaba que la solución a los males de España debía encontrarse en «la vida de los pueblos pequeños y un poco bárbaros».[29] Será el propio Gecé quien, en un acto de vanidad profética, se enorgullezca al entender que «[Ortega y Gasset] nos dio la razón» a todos aquellos que, como él, habían anunciado el resurgimiento de una nueva España a partir de los modelos existentes de Italia, Turquía, Rusia y del de «una Alemania que, tras el Tratado de Versalles, también quedó bárbara y hasta pequeña».[30]
En la última y más extensa parte de Genio de España («César y Dios. Exaltaciones a una juventud con genio de España»), Gecé incorporaba a Hitler, que todavía no había accedido a la Cancillería alemana, a una galería de líderes y caudillos (Mussolini, Lenin y Atatürk) que, como representantes de la resurrección nacional, se habían reencarnado en el «genio» de sus respectivos países por captar la vida espiritual de los muertos. Hitler, en ese aspecto, había asumido a la perfección el alma alemana al escuchar a todos los fallecidos de la Gran Guerra y de todas las contiendas germánicas. El gran milagro del futuro Führer había sido encontrar al «genio de su tierra, de su raza» debajo de los infaustos tratados versallescos, para que su pueblo pudiera seguir viviendo con orgullo. Después de desvelar los secretos del resurgir alemán, Giménez Caballero sintetizaba en cinco puntos el programa del NSDAP que «casi no es programa» y «es una copia del programa fascista». Estos coincidirían, en líneas generales, con el credo ideológico adoptado por aquellos intelectuales y partidos políticos que se irían posicionando bajo el paraguas de la contrarrevolución para derrocar el sistema parlamentario español: «Antidemócrata», «Anticapitalista», «Anticomunista», «Antisemita» y «Antimasónico». Aun así, las divergencias entre los dos fascismos estribaban en la condición racista del programa de Hitler. Gecé volvía a insistir en un aspecto del régimen nazi que tanto incomodaría a la intelectualidad católica española desde los tiempos de la República hasta prácticamente el ocaso del nacionalsocialismo, en mayo de 1945. El neopaganismo hitleriano y la esvástica, por extensión, no congeniaban con el fascismo «cristiano», dado que «una cruz como la romana […] está basada en la fraternidad racial». El racismo, continuaba el autor de Genio de España, entroncaba con la tesis orteguiana del «misticismo rubio» que hoy en día había calado en tantos de «nuestros blondizantes de acá», más inclinados a comulgar con la moda del nazismo que con la del propio fascismo italiano. Lo que se escondía detrás de todas aquellas críticas al programa racial del NSDAP, así como de su definición del nazismo como «un peligro de antirromanidad», era la constatación, a aquellas alturas, de su exaltación por la Roma y la España imperial y su visión fascista del mundo contraria a la germanización de la España invertebrada. Sin embargo, a pesar de las diferencias en cuestiones raciales, la unión entre la «cruz románica» y la «cruz esvástica» podría solventarse si, como había ocurrido a lo largo de la historia, España volvía a asumir su función conciliadora y providencial gracias a una figura como la del «César germánico», quien habría ejemplificado durante el siglo XVI el servicio a la Corona española y al vicario de Dios en Roma. Hacia el final del ensayo, Giménez Caballero, en uno de sus habituales delirios anacrónicos, visionaba a Carlos V como «nuestro hitleriano, nuestro racista germánico, con sus ojos color de lago y avidez de águila cabalgando entre encinas, encinas jupiterinas, árboles de Júpiter, árboles cesáreos».
Las conclusiones a las que llegaba el propio autor en su apartado «El fascismo y España» confirmaban la evolución ideológica del antiguo director de La Gaceta Literaria. Cabe concederle, según estas, el reconocimiento no solo por ser de los primeros que denunció el racismo nazi como elemento contra natura respecto a la oficialidad católica, sino también por querer diferenciar, de algún modo, la variante del fascismo hispánico de cualquier supeditación a influencias extranjerizantes. Esta toma de postura sería adoptada, como veremos, por todos aquellos ideólogos y teóricos del primer franquismo que justificaron con artículos y ensayos la idiosincrasia del régimen español cuando sus antiguos aliados comenzaban a perder la guerra en Stalingrado. Por tanto, el fascismo representaba para Gecé la opción política ideal en un país a la deriva entre la democracia y el comunismo, pero insistía en que la bandera fascista en España, como había apuntado en Carta a un compañero de la joven España, había ondeado en primer lugar bajo el reinado de los Reyes Católicos, antes de que nacieran «la nueva y orgullosa Italia actual» o «la prepotente Alemania». En lo que atañía a la nueva Alemania que se oteaba en el horizonte, Giménez Caballero, en estas últimas páginas de Genio de España, censuraba «la adopción integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España». Esta nueva pulla a Ortega no implicaba, en todo caso, la negación del «fermento rubio» en la historia ni tampoco la posibilidad de que España volviera a admitir un «germanismo» que habría que poner «al servicio de una religión sin razas».[31]
2. PRENSA DE TRINCHERA
La visión que desarrolló Giménez Caballero sobre un nacionalsocialismo que todavía no gobernaba en Alemania vendría mediatizada, como ha podido comprobarse en el apartado anterior, por el filtro de la «catolicidad» de la Roma imperial, la alargada sombra de Mussolini y, por qué no, por la respuesta «latina» con la que había contrarrestado la argumentación principal de la orteguiana España invertebrada sobre los posibles orígenes y causas de la decadencia española. En la época en que escribió Genio de España, Gecé representaba el punto de partida ideológico de la versión fascista-totalitaria adoptado, con diferencias entre todos ellos, por algunos intelectuales conservadores, tradicionalistas, monárquicos autoritarios o católicos que observarían, desde sus atalayas periodísticas, el fenómeno del nazismo con esperanza antes de 1933 y con cautela y desconfianza, en algunos casos, cuando el régimen hitleriano, ya en el poder, daba sus primeros pasos en políticas racistas y anticatólicas.
Por otro lado, la irrupción en el panorama fascistizante de su antiguo pupilo, Ramiro Ledesma, y el caso más particular del católico Onésimo Redondo, provocó un análisis del nacionalsocialismo y del propio Hitler en clave verdaderamente política como modelo para subvertir el régimen parlamentario de un país a partir de las reglas de juego democráticas. Tal como iremos examinando en los sucesivos apartados dedicados al periodo republicano, Ledesma y Redondo, a los que se unieron más tarde los intelectuales joseantonianos, no solo se limitarían a expresar su opinión sobre lo que estaba ocurriendo en Alemania, sino que comenzaron a divulgar el mensaje nacionalsocialista, incluidos sus aspectos más controvertidos (antisemitismo-racismo), a través de plataformas periodísticas situadas fuera del circuito oficialista. Lo llamativo del caso es que llegó un momento en que las diferentes corrientes de opinión del espectro contrarrevolucionario se igualaron en mayor o menor medida, una vez que la confrontación política y la violencia callejera españolas provocaron como resultado una mayor radicalización ideológica entre aquellos periodistas e intelectuales que se habían mostrado, en un principio, moderados y prudentes hacia el nazismo.
Las posibilidades adquiridas por el cuarto poder a principios del siglo XX alcanzaron su cénit en España en la década de los años treinta, coincidiendo precisamente con un periodo republicano en que la influencia de las diferentes cabeceras periodísticas sobre la opinión pública se intensificaba a medida que la progresiva politización social respecto a los acontecimientos nacionales e internacionales iba gestando un ambiente político cada vez más enrarecido y crispado. Asimismo, el mayor involucramiento de los intelectuales contrarrevolucionarios en los asuntos de la res publica también fomentó el uso de la prensa como plataforma idónea para sentar cátedra ideológica que, en el caso del nazismo, evolucionó al compás del discurrir de la propia República española.
Desde el espectro fascista, La Conquista del Estado, deudora de su homónima italiana de los años veinte La Conquista dello Stato, fue la primera publicación que dejó a las claras su compromiso con el ideario mussoliniano, además de prestar atención a los exitosos resultados electorales del Partido Nazi, convirtiéndose en uno de los primeros semanarios políticos que publicó el programa del NSDAP o divulgó con intenciones propagandísticas extractos del Mein Kampf. Tan solo tres meses después de la salida de La Conquista del Estado, surgía otra plataforma periodística del incipiente fascismo español que compartía con el proyecto de Ledesma el espíritu revolucionario, nacionalista y antimarxista como alternativa política al recién estrenado sistema parlamentario. La revista vallisoletana Libertad (1931-1932), iniciada por Onésimo Redondo en junio de 1931, era un fiel reflejo de la personalidad política y religiosa de su artífice, ya que enfatizaba aspectos como el catolicismo español, la defensa del campesinado a partir de una reforma agraria radical o la misión imperial de Castilla. No obstante, para nuestro objetivo, la importancia de este periódico radica en el carácter y contenido antisemita de muchos de sus artículos, cuyas diatribas contra los judíos respondían al antijudaísmo español, ancestral, clerical y medievalizante y, en otros casos, al antisemitismo ambiental inspirado por las principales fuentes bibliográficas hitlerianas para la «cuestión judía», como El judío internacional de Henry Ford o Los protocolos de los sabios de Sión.
Si la prensa que hemos denominado «fascista» se ajustaba, en términos generales, a unos parámetros ideológicos reconocidos, mayor dificultad estriba en buscar un calificativo que englobe a un grupo de medios de comunicación —nacidos alguno de ellos bajo sistemas políticos anteriores a la República— que procedían de ideologías harto diferentes y que amalgamaban, en muchas ocasiones, idearios totalmente contradictorios. La mayoría de esos periódicos, semanarios y revistas, al igual que los partidos políticos a los que representaban en su línea editorial, tenían en común su confrontación contra el nuevo periodo republicano recientemente inaugurado, así como una aversión evidente hacia el parlamentarismo y la democracia de corte liberal. Aquellas señas de identidad que de inicio compartían la prensa monárquico-tradicionalista (La Nación, ABC y Acción Española), carlista (El Siglo Futuro y El Correo Catalán) o de la derecha católica (El Debate) se fueron radicalizando gracias a la labor de los propios intelectuales y a la introducción de algunos elementos exógenos, provenientes del ambiente fascistizado europeo, que transformarían aquellos altavoces de la causa antiliberal en un poderoso arsenal ideológico al servicio de la contrarrevolución en la auténtica España.
Como le ocurrió al fascismo periodístico, la prensa antiliberal también se mostró interesada a partir de 1930 por el avance nacionalsocialista en su camino hacia la Cancillería alemana. El deseo de que un partido como el NSDAP se hiciera con las riendas del poder y derrocara el orden constitucional hizo que muchas de las primeras plumas del mundo conservador-reaccionario se olvidaran de quitarse la venda de los ojos respecto a lo que significaba en realidad el programa hitleriano. En líneas generales, y a excepción de los convencidos que habían descubierto el fascismo italiano o se irían acercando a la órbita falangista —como González-Ruano, Eugenio Montes, Giménez Caballero, José María Alfaro, Agustín de Foxá o Jacinto Miquelarena—, la mayoría de los articulistas se dejaron embelesar al principio por el talante jerárquico y dictatorial del régimen nazi, así como por la figura del Führer, al que veían como el paladín de la defensa de la civilización cristiana frente al comunismo ateo. Un matrimonio de conveniencia, en resumidas cuentas, entre la ideología nazi y la prensa católica española que alcanzaría su cota máxima colaboracionista bajo la apariencia ficticia de la firma del Concordato en julio de 1933 entre la Santa Sede y el Tercer Reich.
Puestos a hacer un breve recorrido por la prensa antiliberal, El Siglo Futuro (1875-1936) que nos interesa es aquel que, desde la década de los años veinte, empezó a interpretar los acontecimientos nacionales e internacionales a partir del tamiz del contubernio judeomasónico. En una España donde la presencia judía era inexistente, autores como Juan Tusquets y Mauricio Karl, o colaboradores habituales del diario como los sacerdotes Felipe Robles Dégano y Emilio Ruiz Muñoz, se encargaron de modernizar el antijudaísmo tradicionalista español basado en el deicidio de Cristo y en los rituales de sangre medievales divulgando la veracidad conspiratoria de los Protocolos como hoja de ruta de los judíos para conquistar el mundo cristiano. Las páginas de El Siglo Futuro con secciones específicas como «Página crítica sobre sectas» ofrecían espacio no solo a las habituales cantinelas antisemitas fundamentadas principalmente en los Protocolos y en la bibliografía clásica antisemita francesa, sino que también aplaudían las medidas legislativas que el régimen hitleriano implantó contra los judíos en sus primeros meses de gobierno.
Mercedes Semolinos, en su estudio sobre cómo analizaron los principales medios de comunicación el partido de Hitler desde marzo de 1932 hasta julio de 1933, señalaba a ABC, junto con La Nación, como «el más proclive a aceptar a los nacional-socialistas», siempre y cuando abandonaran las posiciones radicales y revolucionarias de la línea izquierdista de Gregor Strasser.[32] Como le sucedió a mucha prensa del perfil monárquico de ABC, amante del orden, la jerarquía y la «hora de la mano de hierro» que afirmaría Manuel Bueno en un artículo que comentaremos más adelante, el ascenso al poder de Hitler en 1933 hizo tomar al diario que dirigía por aquel entonces Juan Ignacio Luca de Tena posturas antidemocráticas que iban en consonancia con la ideología de algunos de sus colaboradores estrella como Ramiro de Maeztu, Andrés Révész, Víctor Pradera, José María Salaverría, Manuel Bueno o Alcalá-Galiano. Y, por encima de todos ellos, Ruano y Montes, con sus corresponsalías berlinesas, que nos dejarían a través de sus artículos una muestra fehaciente de la fascistización-nazificación por la que estaba transcurriendo la intelectualidad reaccionaria durante la República española.
Tras su fundación en plena dictadura del general Miguel Primo de Rivera como diario oficial de su partido, la Unión Patriótica (UP), La Nación (1925-1936), en manos de su director Manuel Delgado Barreto, constituyó en la época de la República el portavoz de la ultraderecha monárquica. Por tanto, el fenómeno del nacionalsocialismo, visto por los analistas del diario como una fase intermedia hacia la reinstauración de la monarquía en Alemania, sería muy bien recibido en la redacción. Además, en sus páginas se produjo un curioso debate a dos bandas entre Maeztu y el doctor Albiñana, en que el primero comparaba en un artículo de ABC al líder del Partido Nacionalista Español (PNE) con el mismo Hitler. Con el paso de los años, coincidiendo con la consolidación del Gobierno nazi, la evolución ideológica experimentada por el diario lo aproximó a posturas directamente fascistas reflejadas en la involucración financiera de Delgado Barreto en la salida del único número de El Fascio o en el apoyo periodístico a la candidatura de José Antonio en las elecciones de 1933. Esta situación llevó al periódico a abrazar soluciones y métodos fascistas como único remedio para salvar la civilización. Italia y Alemania habían demostrado ser el ejemplo que seguir, incluidas, en el caso germánico, sus políticas antisemitas. A partir de ese momento, los editoriales de La Nación se sumarían a las campañas contra la inmigración de los judíos alemanes en España.
El caso de Acción Española (1931-1937, AE), especie de laboratorio doctrinal que se erigió alrededor de importantes personalidades políticas, militares e intelectuales de la derecha radical española, es paradigmático de todas aquellas plataformas propagandísticas que, en sus ansias por la restauración monárquica con tintes autoritarios, no tuvieron ningún tipo de miramiento a la hora de colaborar o impulsar movimientos fascistas en España como los que tenían lugar en Italia o Alemania. El seguimiento en sus páginas a la actualidad política de estos países, así como la presencia de colaboraciones extranjeras provenientes del fascismo italiano o de la extrema derecha francesa (Action française) no dejan lugar a dudas de las intenciones de esta revista. Cabe añadir que en sus páginas también escribieron una larga lista de colaboradores españoles que acreditan el proceso de alta fascistización de AE, todos ellos pertenecientes a las JONS —como Ledesma Ramos o Emiliano Aguado—, futuros falangistas del círculo intelectual de José Antonio o personajes de muy diferente espectro político que irán protagonizando las páginas de este volumen —como González-Ruano, Manuel Bueno, Eugenio Montes, José María de Areilza, Bermúdez Cañete, Luis de Galinsoga, Vicente Gay, Wenceslao González Oliveros, José María Pemán, José Pemartín y Juan Pujol—.
En su interés por la situación política internacional —encargada, en primer lugar, a Hurtado de Zaldívar, seudónimo de Pedro Mourlane Michelena, y después al militar monárquico Jorge Vigón—, AE no eludiría los éxitos del nuevo totalitarismo que se estaba gestando en el centro mismo de Europa. Si bien el catolicismo de la mayoría de los miembros del grupo monárquico les hacía mirar con preocupación las relaciones convulsas entre el Vaticano y el izquierdismo laico de algunos jerarcas del NSDAP como Goebbels o Rosenberg, el carácter antiliberal y antirrepublicano de la revista avistaba en el nacionalsocialismo triunfante sobre Weimar el camino para defenestrar definitivamente el parlamentarismo español nacido el 14 de abril de 1931. De la misma manera que en un principio el ideario católico de AE no impidió alabar las primeras medidas nazis contra sindicatos y partidos políticos de izquierda, el debate que inició la revista a partir de varios artículos escritos por los médicos Antonio Vallejo-Nágera y Francisco Murillo Herrera sobre la eugenesia aplicada por la legislación nacionalsocialista tropezó, por el contrario, con la incompatibilidad de un pensamiento tradicionalista español que alargaría su confrontación con la ciencia racial nazi hasta en los periodos de mayor exaltación alemana durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Por último, los responsables de la sección internacional de AE, aunque sin el odio y la virulencia que destilaban los artículos de El Siglo Futuro y La Nación, no dejaron de comentar la política antisemita alemana con un discurso en ocasiones frívolo, que bebía, en todo caso, de la fuente estereotipada del judío como explotador y embaucador de gobiernos católicos.
CAPÍTULO 2
RADIOGRAFÍA DE UN IDEARIO
1. LOS VEINTICINCO PUNTOS DEL PROGRAMA DEL NSDAP
Contaba el escritor Edmundo González-Blanco, en su volumen dedicado al nacionalsocialismo, un suceso que le había ocurrido a Hitler en Stuttgart. El futuro Führer tenía un mitin electoral y había pensado llegar a la ciudad del sur de Alemania el domingo a las diez de la mañana, pero se equivocó de tren y llegó dos horas antes. Nadie le reconoció a pesar de su característico bigote y de su onda sobre la frente, porque en Stuttgart muchos acólitos del partido «se afeitan y se peinan del mismo modo, y esto hace que sea muy difícil distinguir al verdadero Hitler de sus parodias vivientes».[33] Valga la situación chaplinesca, real o no, para comentar que entre las «parodias vivientes», según alguno de sus contemporáneos, se incluía Ramiro Ledesma Ramos, que durante una época se peinó «el tupé a lo Hitler» o «llevaba un breve bigote, como Hitler, que entonces todavía se llamaba “a lo Charlot”».[34] La coincidencia de estilo que se observa en fotografías entre los dos personajes no debería ir más allá de la pura anécdota, aunque, como le ocurría también al líder fascista inglés, Oswald Mosley, muchos de los adscritos a esa ideología compartieran una estética, una oratoria y una gestualidad muy propias de una clase política nacida de la posguerra, producto del nuevo fenómeno de masas y ancladas en la sobreactuación del cine mudo.
La aproximación de Ledesma Ramos al movimiento hitleriano es contemporánea a su consagración definitiva como teórico del nacionalsindicalismo con la aparición de La Conquista del Estado y la fundación de las JONS. Y es el estadio final, no obstante, de la evolución ideológica de este zamorano, que se había iniciado con un temprano interés por la filosofía, muy especialmente por la alemana y la centroeuropea, y que abarcaba desde la impronta de la voluntad nietzscheana en su primeriza novela publicada, El sello de la muerte, hasta las lecturas del germanófilo Ortega y Gasset, Kant, Fichte, Spengler o Heidegger. Aquel bagaje cultural, político y filosófico se traduciría en colaboraciones en la Revista de Occidente y La Gaceta Literaria. En este sentido, la formación autodidacta de Ledesma se asemejaba a las lecturas que el propio Hitler había realizado a lo largo de su vida, si atendemos a los volúmenes registrados en su biblioteca.[35] Por otro lado, en 1930, época en la que su pensamiento estaba evolucionando a la sombra de los fascismos, tuvo lugar su estancia en Heidelberg, durante la cual traduciría filosofía alemana. No resulta descabellado pensar que, en aquellas circunstancias de recesión económica y de auge de los populismos políticos, un joven tan inquieto como Ledesma tuviera contactos con miembros del Partido Nazi en un año en el que el mundo —prensa española incluida— observó con asombro cómo, en las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930, el NSDAP pasaba de tener 12 a 107 escaños.[36]
Lo que es evidente es que meses después de su paso por Alemania salía a la calle La Conquista del Estado. El primer artículo en profundidad sobre el NSDAP no se hizo esperar. Una semana después de ese bautizo nacionalsindicalista, en el segundo número del semanario, Ledesma se adentraba en el fenómeno nazi al que definía, de inicio, como un partido de «revancha, exaltación nacionalista y propaganda antisemita». A continuación, sin más preámbulos, copiaba para sus lectores los veinticinco puntos del programa original, que consideraba la clave del éxito electoral más reciente, advirtiendo, sin embargo, que «no hay que esperar una fidelidad exagerada a sus artículos». Ledesma Ramos señalaba, además, cuatro aspectos que iban en consonancia, sin expresarlo en ningún momento, con su interpretación de la actualidad política de un país como España, al que le faltaba escasamente un mes para convertirse en republicano. En primer lugar, destacaba la organización del «gran ejército nacionalsocialista», compuesto por los miembros de las SA y SS. Ledesma veía en ellos, más que un instrumento para una hipotética situación bélica, una formación eficaz para la «movilización revolucionaria». El hecho de que comenzara primero por estos grupos paramilitares, que utilizaban la acción directa para enfrentarse a sus oponentes y desestabilizar el régimen democrático weimariano, constataba la importancia que tendría para el pensamiento del Ledesma de aquel momento y de su obra posterior el concepto de la violencia de Georges Sorel.
En segundo lugar, le llamaba la atención la eficacia con la que el NSDAP agitaba «las cuestiones sociales con una intrepidez y una precisión notables». Ledesma admiraba que el partido hitleriano sacase rédito a un contexto de crisis económica manipulando las emociones de las masas y culpando sobre todo a los judíos de la depresión bursátil del país. Si bien Ledesma se distanció de Onésimo Redondo en cuanto a la responsabilidad de la conspiración judaica en los males de España, veremos cómo gran parte de la prensa y de la intelectualidad que hemos generalizado con el apelativo «antiliberal» emuló las tácticas nazis en busca de su propio chivo expiatorio, entrelazando en una misma persona al comunista, al judío y al masón. Los dos últimos apartados que abordaba el futuro líder nacionalsindicalista en cuanto a la primera toma de contacto con el programa nazi eran el modelo de Estado y el programa económico que llevarían a cabo una vez alcanzado el poder. El fundador de La Conquista del Estado situaba al NSDAP en una «tendencia postliberal» que le hacía decantarse lógicamente por la desaparición de las instituciones parlamentarias y la instauración de una indefinida «dictadura» en la que destacarían «las decisiones de la personalidad responsable». Menos entusiasta se mostraba Ledesma al comentar las políticas económicas del NSDAP. Las razones que daba para afirmar que se trataba de «uno de los sectores más confusos del nacionalsocialismo» no quedaban muy definidas. Parecía observar cierta incoherencia en los planteamientos e influencias entre las que se encontraban las del propio marxismo. Aun así, Ledesma resaltaba al final la figura del economista Gottfried Feder como encargado, a partir de su «manifiesto» de 1919 (Das Manifest zur Brechung der Zinsknechtschaft des Geldes), de la lucha contra el sistema de préstamos e intereses, en manos del capitalismo judío, que llevaba a la ruina a millones de personas de la nación alemana.[37]
Desde el campo católico, la revista Razón y Fe también daba a conocer a sus lectores la ideología de aquel partido que había sacado tan buenos resultados en septiembre de 1930. En un artículo del jesuita Joaquín Azpiazu se transcribían de forma íntegra los veinticinco puntos del programa nacionalsocialista al que se calificaba como «extremadamente nacionalista y extremadamente socialista», muestra inicial de la postura que adoptarían los intelectuales católicos hacia cualquier movimiento que exhalara tendencias revolucionarias destinadas a romper el orden y el equilibrio político-económico de la sociedad.[38]
2. EL MEIN KAMPF, LA BIBLIA NACIONALSOCIALISTA
Dos meses después del artículo de Ledesma sobre el nacionalsocialismo, entre los números 9 y 12 de La Conquista del Estado correspondientes a mayo de 1931, se anunciaba la próxima edición de «libros políticos del mayor interés». Entre estos se encontraba, ya en prensa, «MI BATALLA (El movimiento Nacional-Socialista) por el genial caudillo ADOLFO HITLER [sic]». Aquella primera traducción al español del Mein Kampf, que junto con los veinticinco puntos del programa del NSDAP constituían la base ideológica del movimiento hitleriano, tuvo que posponerse debido a que el periodista Bermúdez Cañete, encargado de la traducción, fue enviado en noviembre de 1932 como corresponsal a la capital alemana por el diario católico El Debate. La primera edición en español, en versión reducida y autorizada por la editorial del NSDAP, Franz Eher, sería publicada en Barcelona por la Casa Editorial Araluce en 1935. La traducción estaba a cargo del diplomático boliviano Federico Nielsen-Reyes, que había empezado su carrera como secretario de la Embajada boliviana en Berlín donde organizó la participación de su país en los Juegos Olímpicos de 1936 celebrados en la capital alemana.[39] La segunda edición conocida comenzaría a distribuirse en 1937 en la ciudad de Ávila, en un momento en el cual la coyuntura bélica facilitaba la difusión del mensaje nacionalsocialista por la España nacional. Un año después, durante la primera etapa jonsista de la revista Destino en Burgos, Luis Legaz Lacambra, buen conocedor de la Alemania nazi y en especial, por su profesión, del derecho nacionalsocialista, empezaba un artículo haciendo referencia al Mein Kampf «del que ahora acaba de aparecer una nueva edición castellana». Desconocemos si dicha edición llegó a publicarse, pero la alusión al libro de Hitler tenía intenciones críticas. Así como «habrá incluso pocos españoles que ignoren este libro», Legaz lamentaba que, a diferencia del conocimiento que se tenía de «Mi lucha», existían todavía muchos «camisas azules» que no solo desconocían los libros del fundador de las JONS (Ledesma Ramos), sino también «los mismos discursos y artículos de JOSÉ ANTONIO [sic]».[40]
La equiparación que realizaba Legaz entre la obra de Ledesma y la de Adolf Hitler, como parte de los fundamentos teóricos europeos del Nuevo Orden que comenzarían a edificarse a partir de 1939, fue establecida por Mainer, desde un plano filosófico-formativo, cuando se refería a El sello de la muerte «como una especie de temprano Mein Kampf en forma de nivola unamuniana».[41] Si bien la edad y las circunstancias vitales en las que redactaron sus respectivas obras eran distintas, la novela juvenil de Ledesma y la «lucha» hitleriana eran coetáneas; Ledesma la escribió entre abril y julio de 1923 con un epílogo fechado en la primavera de 1924 y Hitler, por su parte, confeccionó su autobiografía durante los meses que estuvo en prisión por su fallido putsch (golpe de Estado) muniqués entre 1923 y 1924. Y lo más significativo es que ambas compartían el mismo clima de desazón, desengaño y frustración que trajo consigo el final de la Primera Guerra Mundial. En medio de la nostalgia de un mundo periclitado, anclado en una crisis espiritual y de valores, los dos narradores-protagonistas —un «yo» ficticio con elementos autobiográficos, en el caso de Ledesma— buscaban reafirmarse en su confrontación con una sociedad que siempre se les mostraba hostil, con el objetivo de superar todos los embates que les presentaba la vida. Antonio de Castro, protagonista de El sello de la muerte y alter ego del joven Ledesma, aseguraba que sus confesiones «no son memorias, sino los antecedentes formativos de un carácter».[42] En este sentido, Mainer destacaría con gran acierto la trascendencia capital en la configuración del fascismo, y de la propia «novela fascista», de un proceso de aprendizaje y, posteriormente, de «conversión» irracional, visionaria y reveladora:
Por todo esto, el fascismo se presenta casi siempre como un descubrimiento o revelación de la autenticidad perdida: la recuperación de un valor asociado a la dinámica de un grupo. Y la novela fascista se configura como la historia de una conversión que viene a establecer la verdad eficaz tras siglos de confusión doctrinaria. En tal sentido, el más ejemplar de sus modelos es la confesión de Mein Kampf de Hitler (1925). Su enemigo es la tibieza que distingue a las dubitativas conciencias liberales; su ideal, la vitalidad que afirma o niega sin consideración racial alguna.[43]
De la misma forma que el concepto de la «voluntad de poder» de Nietzsche (Der Wille zur Macht) —la «vitalidad» o energía a la que se refería Mainer— se tergiversaría en la formación autodidacta de Hitler, la alargada sombra del filósofo alemán recorrió también el esquema de la bildungsroman (novela de aprendizaje) ledesmaniana. Antonio de Castro reconocía que había tenido una sensación de abandono en su vida hasta que la voluntad apareció como único recurso con el que luchar contra todo lo abominable del mundo y la humanidad. Ledesma volvería a reencontrarse con el Mein Kampf cuando una de las principales piezas ideológicas de su proyecto (La Conquista del Estado) comenzó a publicar extractos del libro de Hitler. A esta campaña por dar a conocer el mensaje primigenio del nacionalsocialismo, provocada por el éxito electoral del NSDAP en septiembre de 1930, se sumó el semanario Libertad, dirigido por Onésimo Redondo. El futuro «Caudillo de Castilla» conformaría el último vértice, junto con Giménez Caballero y Ledesma Ramos, de esta particular tríada de iniciadores-teóricos-políticos del fascismo hispánico. En consonancia con lo que estaba realizando La Conquista del Estado, Redondo y compañeros como Carlos Fernández Cuenca comenzaron a evidenciar su interés por aquel nuevo movimiento político a través de la difusión-traducción de discursos del propio Hitler o de referencias al ideario del Mein Kampf.[44]
Onésimo Redondo había aprendido alemán durante su estancia en Mannheim entre 1927 y 1928, mientras trabajaba como lector de español en la Handels-Hochschule. Además de sus estudios de Derecho y de su interés por aprender y dominar la lengua alemana, este daría muestras de sus otras dos grandes pasiones: el periodismo y la política. Su amistad con el director de El Debate, Ángel Herrera Oria, le proporcionó contactos con el partido católico por excelencia del panorama político alemán, Zentrum. No cabe duda de que la curiosidad periodística de Onésimo Redondo, al igual que le acontecería dos años más tarde a Ledesma, le hizo observar con sumo interés la apasionante situación política de su país de acogida. En relación con este aspecto, la pregunta que se han formulado historiadores y biógrafos de Onésimo Redondo se centra en si el antisemitismo que caracterizó y diferenció al vallisoletano de otros líderes del jonsismo-falangismo como Ledesma o José Antonio se había originado a raíz de su estancia alemana y, en consecuencia, por sus contactos con grupúsculos nazis. Recientemente, Tomasoni se ha decantado más por la postura de un Redondo observador político. Esta teoría, junto con la ausencia de textos de la época donde analizara la ideología nazi, confirmaría la dificultad de «entender hasta qué punto el nacionalsindicalismo vallisoletano pudo impregnarse de algunas ideas provenientes, en este caso, de Alemania».[45] En un periodo en el cual el NSDAP no había irrumpido con suficiente fuerza a escala nacional en Alemania, su escasa presencia y relevancia en Mannheim durante el lectorado de Redondo apoyaría la tesis de que el supuesto proceso de nazificación se ciñó, sin quitarle en todo caso la significación que representaría el antisemitismo en el Redondo de la década siguiente, a una mera postura contemplativa. Años más tarde, Penella de Silva recogía en sus memorias sobre su paso por el Tercer Reich una anécdota que vendría a corroborar lo anteriormente comentado respecto a las pocas probabilidades de que Redondo profundizara en dicha ideología. El periodista, que había vivido en 1931 en Mannheim, contaba cómo aquella ciudad con el «mayor porcentaje de judíos» de Alemania y poblada por una gran cantidad de obreros, «refractarios a la nazificación», fue de las únicas poblaciones que recibieron a Hitler, durante sus campañas electorales exprés en avión, tren y coche, con silbidos y abucheos. A partir de aquel momento, Hitler, proseguía Penella, «borró a Mannheim de su itinerario propagandístico. Nunca más volvió por aquella ciudad, ni como Hitler, ni como candidato a la presidencia, ni como Führer de la Gran Alemania».[46]
Mientras Ledesma y Redondo divulgaban fehacientemente extractos y capítulos del Mein Kampf a través de sus respectivas plataformas ideológicas, las plumas más reputadas de la prensa antiliberal, y en particular del ABC, expresaban su opinión sobre el ascenso fulgurante de aquel partido dirigido por un antiguo cabo de la Primera Guerra Mundial. El día en el que Hitler cumplía 43 años, el diario monárquico madrileño publicaba un artículo de Ramiro de Maeztu en el que el escritor intentaba elucidar el «milagro» nacionalsocialista. Lo interesante era observar cómo escritores conservadores se hacían eco en sus columnas periodísticas no tan solo del éxito de un movimiento revolucionario, sino también el modo en el que estos mismos intelectuales reaccionarios, orientados por la Guía del nacionalsocialismo, comenzaban a analizar los fundamentos ideológicos que sustentaban la estructura de aquel partido. Maeztu en un artículo de abril de 1932 comentaba que había leído la mitad de las ochocientas páginas que contenía Mi lucha. De inicio, la conclusión a la que llegaba coincidía con los comentarios que los propios contemporáneos de Hitler solían repetir cuando leían el libro. Hitler no era buen escritor, pero, añadía, «como no lo suelen ser los oradores». Maeztu establecía la imposibilidad de que en una misma persona se combinaran las facetas de escritor y de orador. La creación de un movimiento político como el NSDAP solo podía deberse a una personalidad como la de Hitler; alguien al que, para entenderle, «no basta con leerle. Habría que verle en la tribuna, al frente de los suyos». Por lo que se refería al contenido del Mein Kampf, Maeztu extraía las dos principales ideas que enmarcaban el nombre fundacional del partido. Por una parte, el carácter identitario alemán personificado en la «Patria» y, por otra, un socialismo patriótico que tendría como objetivo final que todos los trabajadores alemanes accedieran a un buen empleo. En cualquier caso, Maeztu no observaba como algo extraordinario aquella fusión de nacionalismo y socialismo que «antes andaban sueltos». Un año después, con Hitler en el poder, Maeztu, tras finalizar quizá las otras cuatrocientas páginas que le restaban, volvería a referirse al Mein Kampf en términos más favorables. En aquella ocasión, opinaba que no existía libro alguno «para apreciar mejor las realidades políticas del centro de Europa que el suyo»: una redacción carcelaria en Landsberg que Eugenio Montes, a raíz del aniversario del golpe de Estado en 1923, calificaba de acto romántico.[47]
Más allá de las ínfulas románticas del estilo nostálgico-reaccionario de Montes, un buen ejemplo de análisis político del libro como explicación de lo que estaba ocurriendo en el mundo en el año 1935 puede encontrarse en el reportaje que Andrés Révész, el periodista húngaro afincado en España durante la Gran Guerra, escribió para la revista dominical Blanco y Negro. Antes de profundizar en el Mein Kampf, el autor informaba a los lectores de una traducción castellana que «se ha publicado hace poco». Importa resaltar, de acuerdo con esta nueva mención a la primera edición en español de 1935, la presencia de un libro que cada vez se hacía más accesible a otras capas de la sociedad que no necesitaban acudir a los altavoces de las JONS o de FE para estar informadas de la ideología nacionalsocialista durante la República española. Ese era el principal cometido con el que Révész se aplicó concienzudamente en un artículo que, con todo, se iniciaba afirmando que «hay en el libro frases y conceptos que su autor no hubiera escrito desde que pesa sobre sus hombros la responsabilidad del Poder». Sin entrar en detalles de a qué se refería con aquellas «frases y conceptos», el periodista recapitulaba comentando que el contenido del libro respondía a la política nacional e internacional que estaba llevando a cabo Hitler en aquella época. Utilizando fragmentos del libro, Révész hacía un repaso de los componentes esenciales de la ideología que nutría al Gobierno nazi. Por encima de todos, sobresalían las ideas de «raza» y «sangre» que sustentaban al Estado y que constituían una superación de las fronteras artificiales. El periodista aludía así al conflicto señalado por los nazis de las poblaciones de etnia alemana de Austria y Checoslovaquia que, siguiendo los parámetros raciales, se fusionarían en un futuro cercano al Tercer Reich en 1938 y 1939, respectivamente. Por último, Révész sacaba a colación el lebensraum hacia el Este, otro de los temas controvertidos que se desprendía de las páginas del Mein Kampf y que tendría su funesta plasmación en las campañas bélicas nazis en territorio soviético. Un «espacio vital» que, según el Hitler de los años veinte, debía contar con el apoyo de Gran Bretaña. En 1945, Révész recordaría en su volumen Alemania no podía vencer que Hitler perdió la guerra por no haber escuchado lo que él mismo había escrito en Landsberg.[48]
3. HITLER Y EL FÜHRERPRINZIP: LAS CUALIDADES DE UN LÍDER
Aunque la reflexión más meditada sobre la doctrina del caudillaje se produjo durante la Guerra Civil entre los teóricos del bando nacional en pleno debate sobre el modelo del Nuevo Estado y, muy en especial, durante el periodo 1939-1942, coincidente con la fase de mayor apogeo colaboracionista entre el primer franquismo y el Tercer Reich, es en esta época de descubrimiento del NSDAP cuando los primeros analistas del fenómeno nazi comenzaron a cavilar sobre el führerprinzip hitleriano y, en general, sobre el culto a la personalidad del líder fascista. Desde la prensa nacionalsindicalista, Ledesma presentaba a alguno de los «hombres del nacionalsocialismo» y ofrecía un breve esbozo biográfico de su líder:
En primer lugar, Hitler. Es su artífice innegable. Su energía y sus propagandas han dado al partido eficacia y cohesión. Nació en 1889, y tiene, por tanto, cuarenta y un años. Está, pues, en su plenitud física y tiene la adhesión ciega de sus partidarios. Es de padre austríaco y madre checa. Intervino en la guerra europea en los ejércitos alemanes y posee amplia capacidad de organizador. Es un orador sobresaliente y preciso que triunfa ante el pueblo de un modo rotundo. Si estuviese en el Reichstag, no cabe presumir hasta dónde llegaría la eficacia de sus intervenciones.[49]
En pocas líneas, el director de La Conquista del Estado dejaba constancia de las características que debía poseer el líder de los nuevos movimientos totalitarios. En primer lugar, destacaba la «sobresaliente» faceta oratoria del líder del NSDAP. Desde los años veinte, Ledesma se había sentido atraído por este tipo de oradores vocingleros surgidos a raíz del final de la Gran Guerra. En El sello de la muerte, por ejemplo, su alter ego, Antonio de Castro, se entusiasmaba con «los caudillos revolucionarios, demagógicos, o por aquellos que figuraban como enemigos del régimen monárquico». Su personaje asistía por primera vez a uno de esos «mítines extremistas» donde hablaría un tal Leandro Larruse (¿Alejandro Lerroux?) a quien el protagonista respetaba por «su fama de rebelde y de exaltador de multitudes». La descripción que hacía Ledesma-Antonio de Castro de las muchedumbres, el ambiente, la puesta en escena, las ovaciones con la llegada del protagonista y el inicio, de «absoluto silencio», hasta que al final «las masas, extasiadas, seguían oyéndole con enorme complacencia […] y lloraban de emoción» recordaba las impresiones que sintieron muchos de aquellos que escucharon por primera vez a Hitler. Pero lo que más llamaba la atención de aquella escena era la manera precisa y casi premonitoria con la que el joven Ledesma fotografiaba a aquellos nuevos políticos «revolucionarios» y «demagógicos» que dominaban el espacio escénico, el tempo del discurso y, sobre todo, utilizaban estrategias oratorias para manipular los sentimientos de las masas, haciendo que calaran en sus mentes mensajes populistas y demagógicos.[50]
En segundo lugar, Ledesma valoraba del Hitler de 1931 su fortaleza, «energía» y «plenitud física». Unas condiciones que, junto con la edad, coincidían plenamente con las del orador populista que había descrito en El sello de la muerte. Asimismo, esas características formaban parte de lo que Ledesma llamaba «hombre de acción». En un artículo posterior de La Conquista del Estado confrontaría a este «auténtico político» con el intelectual, personificado en la figura del abogado, que gracias al sistema liberal había podido dedicarse a la política y ocupar puestos directivos. La política, en su opinión, solo debía pertenecer al hombre de acción que se sumerge «en las realidades del mundo, en ellas mismas, y opera con el material humano tal y como éste es». Del mismo modo que caracterizaba a Hitler por su actividad y entrega, este hombre de acción no se retiraría antes de tomar una decisión ni se rendiría ante ningún obstáculo que se le presentara. En su identificación total con el pueblo, no le era necesario el programa político, «falaz instrumento de la más pura cepa abogadesca». De ahí que, cuando analizara previamente los veinticinco puntos del NSDAP, Ledesma advertiría que no había que esperar una gran fidelidad a sus artículos porque Hitler «no puede ser hombre de programas». El texto era, en definitiva, un torpedo directo a la línea de flotación de la República española, dirigida por incompetentes pseudointelectuales, cuyo sistema electoral permitía que el «hombre de acción» quedara «eliminado de los éxitos».[51]
En la breve descripción anterior sobre Hitler, el líder de las futuras JONS admiraría, después de las dotes oratorias y el carácter enérgico, su «capacidad de organizador» y liderazgo para cohesionar con eficacia el partido y a todos sus miembros. Detrás de todo ello se encontraba el concepto del führerprinzip, principio por el cual se defendía la absoluta obediencia a una autoridad. Ledesma ya había señalado líneas atrás que, respecto a la elaboración de las nuevas estructuras del Estado alemán, «en las propagandas de Hitler hay un notorio afán por exaltar las decisiones de la personalidad responsable. Frente a las decisiones de las mayorías, la decisión personal de un hombre. Del Dictador». Como Hitler, Ledesma creía fervientemente que, solo a través de las funciones directoras de un «caudillo» eminente, activo y capacitado para gobernar, los pueblos realizaban y cumplían su destino histórico.
Con ecos plenamente orteguianos, Onésimo Redondo también utilizaba el concepto «caudillo» en su semanario Libertad para explicar las razones del ostracismo de España debido a la falta de «conductores para el Pueblo» y de maestros pertenecientes a una «aristocracia patriótica» que no tuvieran como único objetivo ganar dinero. Lo dejaba bien claro cuando, en la segunda parte del artículo titulado «La falta de hombres», afirmaba que el destino de la mayoría de los pueblos civilizados había estado siempre en manos de «una selección de personas provistas de una cultura superior». A pesar de que en aquella ocasión no se refiriera a Hitler y a su partido, es indudable que Redondo hacía una defensa a ultranza de un gobierno dirigido por una élite, en la que el caudillismo y el culto a la personalidad del líder serían los cimientos sobre los que pivotarían el patriotismo y la regeneración nacional. Meses después, Redondo miraría con envidia el resurgimiento de Alemania. Este país era una muestra de «una nueva época en la historia política», en que la corriente nacional arrollaba todos aquellos elementos que le eran ajenos. El materialismo marxista tenía enfrente a un rival ideológico que le superaba en «fanatismo» y reafirmaba «el valor espiritual de la propia raza y su voluntad tradicional de proseguir con grandeza las rutas nacionales de civilización».[52] La exaltación de Redondo por los resultados que iban llegando de la convocatoria a las urnas de los últimos años de la República de Weimar tuvo su máximo apogeo con la sonada victoria del NSDAP en las elecciones del 31 de julio de 1932, en las cuales el partido de Hitler obtendría 230 escaños. Al día siguiente, Redondo destacaba el «triunfo racista» del movimiento nacionalista alemán por encima de todos los componentes del internacionalismo político. Al final del artículo se preguntaba si, con aquellos resultados tan rotundos, no era inevitable la llegada de la dictadura. Alemania, definitivamente, debía ponerse en manos de un gobierno «dictatorial, fascista» que traería no solo la paz, sino también la solución al rompecabezas en el que se había convertido el juego político weimariano.[53]
No obstante, la cuestión del caudillismo no sería un argumento exclusivo del fascismo periodístico, portavoz sin ambages de la instauración de un gobierno totalitario que, sustentado en la figura de un dictador, prometiera un Estado fuerte, garante del acervo nacional. Como veremos a continuación, muchos articulistas de la prensa conservadora no evitaron incorporar el peliagudo asunto en sus respectivas columnas a raíz, principalmente, de los acontecimientos que tenían lugar en Alemania. Incluso un semanario satírico como Gracia y Justicia lo utilizó en alguna de sus portadas, como en la que Azaña se hacía pasar por Napoleón después de haber aprobado la Ley de Defensa de la República que dotaría al Gobierno de poderes extrajudiciales contra quienes cometieran cualquier tipo de agresión al sistema republicano. La viñeta de un Azaña napoleónico que iba acompañada de la pregunta «¿dictador?» quedaría superada por la polémica que se originó cuando la revista sacó, en el verano del mismo año, un número con una portada en la que se veía al republicano caricaturizado con un uniforme de las SA. La provocación no quedaba ahí. Azaña, sin bigote, se miraba en el espejo y la imagen que le devolvía era la del mismo Hitler. El pie de foto reproducía la voz del político alcalaíno: «¡Caray, qué lástima lo del bigotillo! Porque si no fuera eso y que éste, como más joven, tiene todo el porvenir por delante, estaría yo clavado». El número 49 de Gracia y Justicia había salido el 6 de agosto de 1932, es decir, unos días después de la fulgurante victoria nazi en las elecciones y de ahí la alusión que hacía Azaña al «porvenir» del futuro Führer alemán. La revista fue suspendida por el Gobierno, no tanto por la controvertida portada como por el hecho de que tan solo cuatro días después se produjera la Sanjurjada militar. La revista volvía a salir en diciembre una vez acabados, como se informaba con sorna y cinismo, los «cien días de descanso democrático».[54]
En aquel ambiente de crispación en el que la incorrección política y el peligroso juego con los límites del humor suponían el cierre de una revista satírica, Manuel Bueno, uno de los miembros más olvidados de la generación del 98 —y posteriormente asesinado en Barcelona durante los primeros días de la Guerra Civil—, echaba más leña al fuego con un artículo en ABC donde anunciaba que la hora del fascismo había llegado. El gancho con el cual comenzaba su tesis era el general Pershing, veterano de la Gran Guerra que ante la relajación de costumbres y la anarquía gangsteril que campaban por Estados Unidos proponía, en la cuna de la democracia, una dirección única que controlara la situación. Bueno analizaba las palabras del militar norteamericano bajo el prisma del panorama político europeo, en el que tanto Italia como otros países —incluía a una Alemania en la que el caudillismo hitleriano arrasaba en las elecciones— se habían decantado por el autoritarismo. El periodista terminaba advirtiendo que probablemente había llegado «la hora de la mano de hierro en guante de seda».[55]
El lector español de las rotativas antiliberales de aquel año de 1932 se acostumbró, pues, a leer noticias que tenían que ver con las elecciones alemanas, así como conjeturas sobre qué ocurriría si finalmente el movimiento nacionalsocialista alcanzaba el poder —y, por extensión, lo que podría pasar en un hipotético caso similar en la también republicana España—. Días después del artículo de Manuel Bueno, aparecía en el mismo diario una columna del monárquico Álvaro Alcalá-Galiano en la que el marqués de Castel Bravo —que compartió el mismo destino funesto que Bueno en la Guerra Civil— relacionaba el ascenso de Hitler con el rotundo fracaso del socialismo utópico y de los partidos democráticos parlamentarios, no solo en Alemania, sino también en Inglaterra y en Australia. Alcalá-Galiano analizaba la existencia de Hitler desde un punto de vista pragmático. Ante la imposibilidad de que Alemania tuviera una dictadura militar, dada la coyuntura europea de sanciones y temores a reproducir el clima prebélico de 1914, Hitler se había convertido en una alternativa como «dictador civil» que electrizaba a «las muchedumbres entusiastas». Por consiguiente, la importancia del artículo residía no tanto en su exposición ideológica del nacionalsocialismo, sino en la constatación de que el auge del NSDAP era algo parangonable a lo que acontecía en el panorama internacional: algunos países (Portugal, Turquía, Grecia, Polonia, Hungría, Cuba, Chile, etc.) que al principio habían adoptado un sistema republicano comenzaban a inclinarse en ese momento por modelos alternativos, autoritarios y antidemocráticos.[56] En AE, uno de los inspiradores del falangismo literario, Pedro Mourlane Michelena (con su seudónimo Hurtado de Zaldívar), aseguraba que la probable llegada de Hitler al Gobierno significaría una revolución en la política europea como nunca se había dado en mucho tiempo. Así pues, el periodista se dejaba fascinar por la figura de «relieve apasionante» de un Hitler con once millones de votos que, incluso habiendo perdido las elecciones contra Hindenburg, confirmaban que «la marcha sobre Berlín ha dejado de ser quimérica». Más adelante, y a raíz de las elecciones en Prusia oriental y la segunda vuelta de las presidenciales, Mourlane Michelena seguiría insistiendo proféticamente en que Hitler representaba el «mañana» de Alemania.[57]
Estas últimas elecciones, celebradas el 10 de abril de 1932, vieron cómo el NSDAP aumentaba el número de votos en casi dos millones. En Informaciones, Vicente Gay (con su seudónimo Luis de Valencia), uno de los más fieles propagandistas del nacionalsocialismo en España durante los años treinta, comenzaba a demostrar interés por el NSDAP como partido perteneciente a un movimiento internacional contrarrevolucionario, católico y anticomunista. Desde La Vanguardia, José María Salaverría, miembro como Mourlane Michelena de la llamada Escuela Romana del Pirineo, concluía ante tales resultados que ya había llegado el momento de tomarse en serio a aquel hombre. Por lo tanto, no tenía sentido continuar en la senda del ridículo y el sarcasmo, como se había hecho con Mussolini cuando apareció en la escena política europea, «convirtiéndolo en un tipo de caricatura» con la única finalidad de mofarse de su «bigotito bajo la nariz respingona» o «sus ademanes de alpinista tirolés». Con todo, ante la resonancia mediática que estaba adquiriendo el personaje, al elitista Salaverría se le venía a la cabeza la figura totémica del canciller Otto von Bismarck: una «montaña de hierro» que aunaba en su persona todos los rasgos físicos y morales del aristocrático prusiano «nacido para mandar» y contra quien aquel austriaco «de origen obscuro, parlanchín y populachero» perdía en las comparaciones. Salaverría dejaba para el final una pregunta que se hicieron al principio muchos de los intelectuales de la órbita reaccionaria que se decantaban en aquel momento por un tipo de autoridad de corte tradicional y militarista, típica de los pronunciamientos diecinuevescos sin tintes revolucionarios: «¿Era éste el hombre [Hitler] representativo que necesitaba Alemania en este momento crítico?».[58]
Ramón de Rato, de quien hablaremos más adelante por su análisis sobre la juventud europea de entreguerras, sería uno de aquellos monárquico-católicos que aceptarían el reto lanzado por Salaverría. Hitler era una alternativa válida a corto plazo como paso previo a la restauración monárquica definitiva, «deseada por todos los partidos sin distinción de matices». Aquella reflexión, compartida por todos aquellos intelectuales situados en la órbita de La Nación, ABC o AE, era lanzada el día de reflexión de las elecciones que darían el mayor éxito electoral al NSDAP, con 230 escaños. Hitler había decidido tomarse su único día de descanso en la campaña electoral precisamente en la ciudad de Weimar. Rato lo comparaba a «un caudillo medieval recorriendo un país conquistado». Un país, continuaba, que independientemente de su victoria segura tenía bajo su control, porque «se puede decir que es el consejero secreto de Von Papen». Al final del artículo, Ramón de Rato dejaba otra de las habituales descripciones físicas que fueron apareciendo en la prensa española como carta de presentación del personaje, en la que, en este caso, recurría a uno de los tópicos caricaturescos de los medios de comunicación de izquierdas:
Es, físicamente, lo más opuesto al tipo clásico de la leyenda inmoral que le rodea, así como a los principales jefes del partido. […] Alto, de un metro ochenta, con el pelo moreno, caído sobre la frente, delgado, con un bigotito a lo Charlot, hoy tan popularizado como en su tiempo el de grandes guías del Káiser Guillermo II. Pasajeramente avejentado, aún tiene fuerzas para dar a su cara expresión de hombre reconcentrado, recordándonos por una asociación de ideas natural la mirada de Mussolini.[59]
El análisis de los éxitos electorales del NSDAP trajo aparejados los primeros planteamientos, en la prensa antiliberal, de conformar una estructura política de factura similar en la España republicana, que no abandonara, como estaban haciendo los partidos socialistas, «el estímulo de los valores nacionales, de las banderas patrias, de los sentimientos e intereses comunes».[60] En la búsqueda de ese modelo «alemán» adaptable a la idiosincrasia española, la elección de un político que liderara el proyecto se convirtió en parte del debate periodístico entre algunos miembros de la intelectualidad conservadora. Así pues, fue Maeztu en el mismo artículo citado del ABC quien propuso como Führer español al doctor José María Albiñana. Este neurólogo valenciano, fundador del autoritario PNE en abril de 1930 y del que se decía que tenía un «bigotet hitlerià»,[61] respondía con su personalidad histriónica y reaccionaria a la encarnación ideal del caudillo amante del orden y el respeto a la tradición. No obstante, su partido quedó arrinconado desde el principio del periodo republicano por otras opciones monárquicas y conservadoras que huían de la violencia callejera y de la demagogia revolucionaria de sus «Legionarios». A pesar de que el propio Giménez Caballero le había seleccionado como uno de los «pretendientes» a liderar el fascismo español por sus «cualidades demagógicas, agresivas, populacheras», la mayoría de los intelectuales antiliberales le ignoraron, así como también Ledesma Ramos, para quien la figura de Albiñana solo podía figurar «en una historia del pintoresquismo político y picaresco».[62]
Por todo ello, Albiñana se sintió eufórico cuando Ramiro de Maeztu mencionó su persona como equivalente español del hombre de moda en Europa. El dirigente del PNE no tardaría en contestarle con un artículo en La Nación, en el que confesaba que le abrumaba «el parangón», pero que agradecía «el altísimo honor de compararme con Hitler», viniendo de tan «ilustre escritor español». El infortunio, apuntaba Albiñana, consistía en que las clases adineradas, la banca, la nobleza o la industria de la España republicana nunca apoyarían económicamente a un Hitler español. Y si surgiera «ese hombre-ganga lo dejarían solo, para devorarlo después».[63] Esta última frase acabaría siendo premonitoria para el propio Albiñana. La República lo desterró en 1933 a la región de las Hurdes por sus continuas actividades para derrocar al régimen y reinstaurar una monarquía de corte autoritario. El semanario monárquico Renacer, dirigido por Mario Jiménez Laá, se convertiría durante el confinamiento del político en portavoz de sus ideas, organizando eventos como el mitin del Teatro de la Comedia para pedir la libertad de Albiñana y de otros presos políticos que cumplían condena en la Cárcel Modelo. Renacer sacó el día 19 de febrero de 1933 un número especial de aquel mitin refiriéndose a Albiñana como «el insigne caudillo del nacionalismo español». El amplio reportaje con la transcripción de todos los discursos venía acompañado de algunas fotos del encuentro, entre las que destacaba la imagen de un grupo de chicas y chicos con esvásticas en sus uniformes. Si la subida de Hitler al poder se había producido dos semanas antes, la presencia de símbolos nazis desconcertaba en un acto de propaganda monárquica donde «los pasillos de butacas y de localidades altas estaban ocupados por nacionalistas de ambos sexos, que lucían las camisas azules con cruz esvástica». Aquella aparente contradicción no era tal si se advierte que, en un principio, la mayoría de los monárquicos españoles veían el nazismo y a su Führer como coadyuvantes de la restauración de la casa real Hohenzollern en Alemania. En el caso español, Albiñana podría haber representado ese «caudillo» transitorio hacia la restitución de los derechos borbónicos, si no fuera porque un mes después el mismo semanario publicaría un artículo del cada vez más fascistizado doctor Albiñana donde afirmaba con rotundidez que su PNE «es de franca ideología fascista» y ofrecía en sustitución de una República de huelgas, criminalidad y persecución un «fascismo o nacionalismo patriótico, neutralizador victorioso de toda ingerencia [sic] internacional en la vida interior del país». Al final de aquella especie de «Manifiesto» antirrepublicano, su autor, desde su exilio hurdiano, recomendaba al «pueblo español» seguir el ejemplo de la Italia mussoliniana y «la Alemania de Hitler», mientras que una fotografía lo retrataba saludando brazo en alto.[64]
Solo había pasado un año desde que Maeztu sacara a colación el nombre de Albiñana como opción política para dirigir un caudillaje español. En ese tiempo, Hitler se había convertido en canciller alemán y el führer español se veía confinado a escribir su propio Mein Kampf en la comarca de las Hurdes.[65] Después de aquel conocido artículo, Ramiro de Maeztu se erigió, dentro del espectro monárquico, en uno de los más fervientes admiradores de Hitler en aquel tiempo. Su faceta de articulista se complementaba entonces con algunas conferencias, como la organizada por AE y titulada «Hitler, su triunfo y su programa», en la que abordó la ideología nacionalsocialista y la figura de su líder. En la búsqueda de la esencia del hitlerismo, Maeztu destacaba, en primer
