CAPÍTULO I
Ric-Ric, fugitivo y anarquista, se pierde en los Pirineos, donde descubre una naturaleza salvaje y una humanidad cruel
En 1888 todos los que querían atravesar aquella muralla de picos llamada Pirineos lo hacían por un estrecho valle en cuyo centro había una solitaria población llamada la Vella. Los habitantes de la Vella eran buenos y humildes, pero entre ellos también habitaba otro tipo de individuos: los que preferían el lucro a la ley, los que cruzaban por caminos de montaña para evitar fronteras y aranceles, a los que todo el mundo llamaba muscats por el color violeta oscuro de su barretina.
La barretina morada los identificaba. Algunas de aquellas gorras oscuras medían ocho palmos. Si era necesario, la utilizaban como cuerda o cinturón; o como zurrón, cuando no tenían sacos. Rellena de grava, se convertía en una porra silenciosa. Pero sobre todo era un código. Si alguien la llevaba doblada hacia atrás, quería decir que vendía trigo. Doblada hacia la izquierda, que vendía utensilios; y a la derecha, armas. Un nudo significaba que el dueño de la gorra había matado a un hombre; dos nudos, a dos hombres o más. Una barretina en la que hubieran atado una ramita de romero era una advertencia: «Peligro, la Guardia Civil ronda por aquí». Los muscats compartían intereses y supersticiones, y, como sucede con los pescadores, consideraban que en sus viajes transfronterizos debían evitar la presencia de mujeres, que daban mala suerte. Bebían cantidades inverosímiles de vincaud, un vino mezclado con hierbas que servían muy caliente, y cuando el vincaud se les subía a los ojos podían matar a un hombre con la misma indiferencia con la que decapitaban a un conejo. No eran buenas personas.
Los muscats llevaban paquetes de contrabando de veinticinco kilos atados a la espalda. Con aquella carga, montaña arriba, era imposible hacer el trayecto entre España y Francia sin pasar una noche fuera, en un refugio. Por eso todos los muscats de la Vella conocían la casa de Cassian. O, como decían en su idioma, el ostal de Cassian.
En 1888, mil años después de que naciera Filomeno, en las cumbres de los Pirineos orientales vivía un hombre que aseguraba ser descendiente directo del gran guerrero. Se llamaba Cassian, y de su primitivo antepasado había heredado la altura imponente, la barba roja y las cejas aún más rojas. Como había perdido el pelo rojo, era de esos hombres que lucen la calvicie como un atributo. Para compensarla se había dejado crecer unas largas patillas que empalmaban con un bigote casi naranja que destacaba sobre el mentón pelado. Gobernaba su ostal como si fuera un reino oculto en lo más alto de la montaña, en medio de un pequeño prado de hierbajos pisoteados por los muscats. La degradación del entorno anunciaba la presencia humana: el ostal estaba rodeado de residuos; herraduras viejas y baratijas oxidadas, huesos de ganado muerto medio enterrados y detritos de todo tipo.
El edificio era un rectángulo con el tejado de pizarra negra. Dentro, había una pared atravesada por una barra pringosa de madera sin pulir, sostenida por barriles viejos, de la que colgaban unos faldones de arpillera. La barra estaba cubierta de agujeritos en los que reposaban cadáveres de moscas que habían sufrido una agonía horrible, sumergidas en charcos de la bebida del valle: el vincaud. Al fondo estaba la chimenea. Una boca enorme y ahumada, con tres ganchos de hierro ennegrecido de los que colgaban grandes ollas, bárbaras y panzudas.
Los muscats no tenían amigos. Y, aun así, a veces Cassian hacía confidencias a alguno de sus huéspedes.
—¿Sabes una cosa? —le decía—. Soy descendiente de Filomeno, el gran guerrero franco, y algún día encontraré el Poder, que se oculta muy cerca de aquí, en alguna parte.

Ric-Ric irrumpió en el ostal de Cassian una tarde de otoño de aquel 1888. Entró con aquellos ojitos y aquellas cejas negras; entró con aquel pelo largo, como de Jesús en la cruz, y a nadie, ni a Cassian ni a los muscats, se le pasó por la cabeza que aquel hombre tan pequeño iba a cambiar su existencia. A nadie se le pasó por la cabeza que incluso iba a transformar los Pirineos y el mundo entero. Nadie pensó algo así. Y con razón. Menudo cuadro. Nunca habían visto a nadie tan poco preparado para la montaña. Zapatos de ciudad, un abrigo negro desgastado y raído, y un bombín tan negro como la barba y el bigote. Era un individuo rechoncho, ancho de tórax, con los brazos y las piernas un poco cortos pero fuertes. Era todo él algo desaliñado, algo ridículo: con un ojo miraba como un zorro, y con el otro como una gallina. Entró y se sentó delante de la chimenea temblando de frío y abrazándose como si su cuerpo fuera una cáscara.
Cassian le informó de que aquello no era un hotel, sino un escondite; un lugar clandestino en el que solo recalaban los contrabandistas. Si quería pasar la noche allí tendría que pagar tres reales. Pero el hombrecillo no tenía ni uno. Entonces un viejo muscat alzó la voz:
—Seguro que es un confidente.
Y otro, que masticaba trozos de un gran queso, le preguntó:
—¿Quién te envía? ¿La policía española o la francesa?
Cassian preguntó a todo el mundo:
—¿Qué hago?
Y los muscats, con la naturalidad de quien pregunta por una dirección en la calle, le contestaron:
—Garganta, garganta.
Cassian sacó un arma de debajo del mostrador. Hacía años, un carlista camino del exilio le había pagado la estancia con aquel revólver. Era una buena arma, un Lefaucheux modelo 1863. En la culata ponía: «Fábrica de Oviedo». Cassian cargó las seis balas en el tambor y a punta de pistola obligó a Ric-Ric a salir con él del ostal.
Dieron doscientos pasos, Ric-Ric con el cañón del Lefaucheux clavado en los riñones, hasta que llegaron al borde de una garganta. Allí, en la cima del mundo, era más fácil matar, porque allí arriba el olvido sustituía la violencia: despeñaban a un hombre, y la naturaleza simplemente se lo tragaba como si nunca hubiera existido. Solían lanzar a las víctimas a gargantas, que no eran exactamente barrancos, sino grietas abismales. Los muscats decían que las gargantas de los Pirineos estaban tan llenas de cadáveres que cualquier día los huesos desbordarían las profundidades.
Cassian hizo que Ric-Ric se detuviera delante de una de aquellas gargantas, un agujero que se abría en el suelo como un pozo, pero con una boca que no era redonda, sino estrecha y alargada como la sonrisa de un demonio. No se veía el fondo. Cuando Ric-Ric estuvo entre la garganta y el arma, Cassian volvió a insistir:
—Paga los tres reales y dejaré que te marches.
Ric-Ric cayó de rodillas, sollozando, y confesó: huía de la ley porque era un revolucionario ácrata. Cuando lo llevaban a comisaría, lo golpeaban con una barra de hierro. «Ríete, ríete —le decían—, a ver si ahora te ríes». Y él, medio loco, siempre contestaba: «Ric, ric!», «Me río, me río». De ahí le venía el nombre. Pero aquel año de 1888 Barcelona era sede de una Exposición Universal. La autoridad quería limpiar la ciudad de chusma, había más policía que nunca, y él, harto de palizas, había escapado de la urbe. Pero ya no podía alejarse más: al otro lado de la frontera también había polis y jueces. Acabó con un patético:
—No me entregues a los reaccionarios, compañero.
Cassian tenía buen criterio para juzgar a los hombres y se dijo que, si aquel individuo era un revolucionario, debía de serlo de tercera o cuarta categoría: no, definitivamente Ric-Ric no era más que un desvergonzado que había llegado a su ostal por pura casualidad, porque en la montaña, como en el mar, hay náufragos. No lo lanzó por la garganta. Enfundó el arma y lo llevó a otro sitio, no muy alejado del ostal: el pie de una montaña.
Cassian y Ric-Ric entraron en una especie de pasadizo de roca, un caminito estrecho entre dos paredes de piedra. Al fondo se abría una grieta en la roca. Entraron. Dentro, el espacio adquiría las proporciones de una celda de monasterio. Las paredes eran de roca rugosa de color plomo. Oían el viento silbando con relinchos de asno. Dentro hacía más frío que fuera.
Cassian hizo un gesto con la mano abarcando aquel espacio diminuto como si fuera un imperio.
—Te traeré un pico y una pala para que lo amplíes —le dijo—. T’i seràs força ben, en la tià cauna.
Cauna significa cueva.
Ric-Ric miró a su alrededor. Era difícil saber qué pensaba. Solo objetó:
—¿Y no podrías traerme también un sofá, compañero?
Cassian se partió de risa. Lo dejó allí y, al volver solo, los muscats pensaron que Ric-Ric había dejado de existir, garganta abajo.
—No lo he lanzado a la garganta —dijo Cassian—. No era un confidente.
Le preguntaron cómo podía estar tan seguro.
—Porque la policía nunca mandaría a un espía sin un real en el bolsillo —y añadió—: A partir de ahora será el criado de la casa.
Todos los muscats entendieron lo que aquello significaba. El valle se regía por los ostals. En aquel valle la gente no tenía casas; eran las casas las que tenían gente. A un individuo nunca le preguntaban de qué familia era, sino a qué ostal pertenecía. Las casas poderosas tenían un criado. Y los criados de aquel valle estaban especialmente adscritos y sometidos a los dueños de los ostals. Los trabajos más duros y penosos eran para ellos. A cambio cobraban un sueldo, por exiguo que fuera, les cedían una habitación con una cama y un orinal, y, de hecho, a pesar de aquella vida sumisa, eran un miembro más de la familia.
Pero la montaña degradaba todo lo que regía en el valle. Cuanto más arriba vivían, más se difuminaba y se corrompía la ley de los hombres. Y cuando Cassian anunció que Ric-Ric sería el criado del ostal, lo que quería decir era que le atribuirían todas las obligaciones de un criado, pero no los privilegios: no viviría bajo el mismo techo y no sería de la familia, porque los muscats no eran una familia, eran otra cosa. Los muscats asintieron, satisfechos, porque siempre habían pensado que Cassian iba justo de servicio. Y dijeron lo que cualquier hombre del valle habría dicho de un criado:
—Si huye, te lo traeremos de vuelta.

Cassian lo ayudó a habilitar aquella cripta natural, la cauna. Ric-Ric amplió la entrada y el interior, y construyó una puerta que parecía la barca de un náufrago. Incluso podía cerrarla con un pestillo de corral, grande y oxidado. Al abrir la puerta, las bisagras gemían, como si hubieran pisado a un ratón, y se entraba en una cueva de cinco pasos de largo por seis de ancho. Había un colchón pelado, relleno de paja. Al lado, una estufa de hierro muy vieja. El humo se canalizaba por un largo tubo en forma de codo. En resumen, se había construido una vivienda troglodita.
Pero Ric-Ric solo pisaba la cauna por la noche. El día lo pasaba en el ostal, sometido a un régimen laboral extenuante. Le tocaban las labores más duras e ingratas: arañarse las manos cortando leña, dar de comer a los conejos enjaulados, abastecer la casa de agua limpia del arroyo más cercano helándose los dedos con el asa de los cubos, fregar el suelo con una escoba de brezo… También hacía de camarero: tenía que servir bebida, pan, queso, garbanzos y tocino a los muscats, que lo trataban en función de la idea que se tenía en el valle de la palabra criado. Lo llamaban con un largo silbido, como si fuera un perro, y cuando lo tenían al lado utilizaban su camisa como servilleta.
La guardiana de la casa era una oca horrible, vieja y chillona, y más calva que Cassian. Aquella oca tenía su historia. Según había llegado a oídos de Ric-Ric, al principio había seis ocas. Las otras cinco decidieron que aquella sería la de rango inferior, así que adquirieron la costumbre de picotearle la cabeza. De ahí la calvicie. Cada vez que se agachaba para comerse un gusano o un grano, las ocas de alrededor la castigaban con el pico. Para robarle el gusano o el grano y para recordarle que era la última oca. Al final el pobre animal ya no tenía pelo ni piel en la parte superior de la cabeza, solo el hueso al aire, blanco y redondo como una bola de billar, y cubierto de una costra de sangre reseca.
Lo paradójico fue que la desgracia de aquella oca le salvó la vida. Cada vez que Cassian necesitaba carne para la olla y manteca para la despensa, su hacha elegía a la oca más gorda y lustrosa. Y cuando solo le quedó la oca calva, decidió indultarla, porque sus carnes ya estaban demasiado secas para cocinarlas y porque ladraba tan fuerte, tan indignada, que hacía de guardiana con más celo que cualquier perro. El caso es que la Oca Calva se quedó sin enemigas, solitaria pero triunfante. Entraba y salía del edificio como si fuera la reina de los Pirineos: balanceaba su cuerpo redondeado, con la cabeza muy recta, el cuello largo como un periscopio y la mirada presuntuosa. Odiaba a Ric-Ric, quizá porque en aquel hombre tan sometido a Cassian como un animal de corral veía un símil de sus antiguas congéneres. Siempre lo perseguía y lo pellizcaba con el pico, justo detrás de las rodillas.
Pero lo peor eran los utensilios que Ric-Ric tenía que manipular a diario, la sensación de que mil hombres los habían utilizado antes que él. Todo lo que tocaban sus dedos era viejo y estaba desgastado. Los mangos de martillos y hachas eran maderas centenarias; los dientes de las sierras eran romos y planos, casi como muelas. Quizá fuera así porque todo objeto que llegara a aquellas alturas debía hacer un trayecto largo, tortuoso y esporádico, y la escasez de suministros obligaba a remendar y a reconstruir. Todo el ostal apestaba a una insana mezcla de sudor acumulado, tabaco, vincaud rancio y sobre todo esparto mohoso. Un olor a establo humano. Había telarañas en todas las vigas y en todos los rincones, grandes como velas triangulares y manchadas de hollín. El aire vetusto y decrépito de la casa se contagiaba a la naturaleza circundante. Alrededor del edificio se extendía una hierba siempre amarilla, siempre enferma y cansada de vivir. La única excepción en aquel paisaje triste y decaído eran las setas. Unas setas gigantes que llenaban el paisaje y a las que nadie prestaba más atención o interés que a la hierba.
Aquellas setas.
Los muscats estaban tan acostumbrados a ellas que sus ojos pasaban por encima sin verlas. Pero Ric-Ric era un hombre de ciudad, nunca había visto setas de dimensiones tan extraordinarias. Cada mañana, cuando recorría el corto trayecto entre el ostal y la cauna, veía docenas de hongos descomunales. Los más pequeños eran del tamaño de un taburete y podía sentarse en ellos, mientras que los altos le llegaban al pecho. Setas gigantes, de color yema de huevo, de color alga o de mil tonos de ocre. El tronco era un cilindro perfecto, sano y robusto, que crecía recto y firme. La medida de los sombreros, esféricos, era muy variada. Algunos eran grandes como ruedas de carro. Las setas aparecían aquí y allá, esparcidas sin orden. Les daba igual un terreno que otro. Aquí una, más allá un par, y al fondo, en aquellos árboles, más de una docena, agrupadas, exhibiendo una arrogancia inmóvil.
Ric-Ric tardó muy poco en hartarse de su régimen laboral. Un día estaba agachado, fregando el suelo, cuando la Oca Calva se plantó delante de él abriendo las alas y soltando cagadas líquidas. «¡Cra, cra, cra!», graznó. Aquello lo indignó.
—¡Compañero! —dijo dirigiéndose a Cassian—. No seas cómplice del capitalismo explotador. En el fondo tú también eres una víctima, porque no sabes nada del Ideal. Deja que te explique los principios del anarquismo internacionalista.
Y Ric-Ric se lanzó a una abrupta disertación. Describió una futura Arcadia feliz en la que se habrían abolido todas las jerarquías, en la que el Hombre Nuevo habría superado los conflictos y gozaría de una Nueva Era libertaria. Cassian lo escuchaba con la boca abierta, tan abierta que el cigarrillo le colgaba del labio inferior. Dejó que Ric-Ric se explicara y después le dijo en tono amistoso y conmovido:
—Cuánta razón tienes, Ric-Ric. Aquí, perdido entre montañas incultas, no tenía acceso a tan nobles utopías. Me has abierto los ojos. Es más, tus palabras son una auténtica revelación. Acércate, amigo mío, que quiero abrazarte fraternalmente.
Cuando lo tuvo cerca, Cassian le pegó dos bofetadas, una en cada mejilla. Dos bofetadas sonoras, como si alguien furioso golpeara una estera empapada contra una pared.
¡Ric-Ric! Aquel idiota aspiraba a convertir el mundo en un lugar en el que nadie mandara sobre nadie. ¡Y se lo explicaba a él! Al descendiente de Filomeno, que dedicaba su vida a buscar la fuente del Poder.
—En las tabernas de Barcelona puede que embaucaras a alguien con esta palabrería barata —dijo Cassian—. A mí no. Si en lugar de pretender liberar a toda la humanidad pensaras en liberar a un individuo concreto, tú mismo, ahora no estarías de rodillas.
Ric-Ric protestó y Cassian dejó el Lefaucheux en el mostrador con un golpe seco.
—Te lo demostraré. Lo único que tienes que hacer es dispararme. Y ya no serás un criado, sino el dueño del ostal.
Cassian cogió a Ric-Ric de la muñeca con un gesto brusco, lo obligó a empuñar la culata y se puso el cañón del revólver en el pecho.
—No te preocupes por los muscats. No te harán nada. Admiran a los hombres indómitos y decididos. Venga.
Pero Ric-Ric retiró la mano y con voz temblorosa alegó que aquello sería un crimen por el capital, no contra el capital. Cassian lo interrumpió con desprecio y le dirigió las siguientes palabras:
—¿Lo ves? No tienes estas ideas porque estás oprimido. Estás oprimido porque tienes estas ideas.

La leyenda de Filomeno contaba que el Poder se ocultaba en la cueva más alta. En el fondo de la cueva había una semilla.
Aunque era otoño y aún no hacía mucho frío, en la cauna de Ric-Ric nunca se entraba en calor. Por las noches la estufa quemaba troncos y troncos como si fuera una locomotora. Pero la roca estaba impregnada de una humedad rancia y obstinada. Además, cada cinco o seis noches recibía una visita.
A veces, a la hora más oscura, lo despertaba una presencia turbadora: Cassian, con un quinqué en la mano, amorrado a la pared interior de la cueva. Buscaba algo con la actitud solitaria de los fantasmas. El candil hacía que Ric-Ric parpadeara y se tapara la cara con una mano, como si le dañara los ojos. Se medio incorporaba en el colchón y entonces, entre las tinieblas y la luz parpadeante del quinqué, Cassian lo miraba como si el intruso fuera él.
—¿Has encontrado algo? —le preguntaba—. Semillas, unas semillas pequeñas. ¿Las has encontrado?
Cassian señalaba con un dedo el centro de la pared. Y con una voz inexpresiva le ordenaba:
—Pica. Aquí. Levántate de la cama y excava un poco más, vago del demonio.

CAPÍTULO II
Ric-Ric despierta accidentalmente a un monstruo dormido desde tiempos inmemoriales
Los primeros copos de nieve cayeron a mediados de octubre, aún tímidos como exploradores en territorio enemigo. El ostal de Cassian ensuciaba aquella nieve tan pura: los muscats la pisaban y convertían los alrededores de la casa en un lodazal negro y licuado.
Un día que Ric-Ric fue al arroyo, el cubo se le resbaló de los dedos y cayó al agua. Echó a correr para intentar pescarlo. El cubo chocó y rebotó contra los pedruscos que sobresalían, redondeados como huevos, hasta que encalló en un codo del cauce. El incidente no habría tenido mayor importancia si no hubiera sido porque el cubo embarrancó justo delante de un caminito oculto por la vegetación que Ric-Ric aún no conocía. Se adentró en él.
El camino descendía, en algunos tramos abruptamente. Los muscats le habían contado que aquellas bajadas empinadas y llenas de piedras se llamaban canchales. Aquellas rocosas faldas de montaña eran sorprendentes. Y aún sorprendía más constatar que incluso allí crecían aquellas setas, que emergían entre grandes bloques y en un terreno inclinado. La mayoría eran tan grandes, y tan altas, que si se sentaba en ellas las piernas le colgaban en el vacío, como un niño en la trona.
Cuando llevaba un rato caminando se dijo que un hombre con zapatos de ciudad, y con la punta abierta como la boca de un cocodrilo, no debía perderse por senderos pirenaicos. Estaba a punto de dar media vuelta cuando lo vio: un hilo de humo que se elevaba por encima de una fila compacta de árboles. Siguiendo el humo fue a parar a una pequeña llanura. Y en medio de la llanura había una casa.
Era una casa como la que dibujaría un niño. Planta cuadrada, dos ventanas, una a cada lado de la puerta, un tejado a dos aguas muy pronunciadas y una chimenea de piedra. El humo de una chimenea humana puede ser de muchos tipos. El ostal de Cassian, por ejemplo, emitía un humo clandestino, abyecto. Pero este era un humo benéfico: una columnita blanca y nítida que ascendía al cielo recta como un cirio. El edificio estaba rodeado de un precioso murete de piedra seca, de pizarra, como el tejado. El muro no llegaba ni a la cintura de un adulto, así que no era un obstáculo, sino un límite, una manera de proclamar: hasta el muro, el mundo forma parte de la naturaleza indomable de los Pirineos, pero a partir del muro el espacio es propiedad irrenunciable de los hombres. Y para afianzar este principio, detrás del murete se extendía la prueba más rotunda de colonización humana: un huerto. Lo cultivaba un viejo. El hombre levantó el torso y le dijo algo con voz ruda. Era una invitación a cruzar el cercado, casi una orden. Ric-Ric obedeció, reticente. Pero al momento el viejo lo invitó a entrar en su ostal, a beber vincaud y a comer queso de cabra. El viejo se llamaba así: Viejo.
Dentro lo esperaban un comedor de pequeñas dimensiones, una mujer y un niño. Las únicas mujeres que Ric-Ric había conocido apestaban a sardina. Aquella olía a jabón de romero. Era una mujer rubia que rondaba los cuarenta años. Tenía el pelo de un rubio oscuro, como la miel que lleva mucho tiempo en el bote de vidrio, y el cuerpo delgado y fibroso. Se llamaba Mailís. El niño se llamaba Alban. Y no era un niño normal: de la parte derecha del labio le caía un hilo de baba. En cuanto vio a Ric-Ric se abalanzó hacia él. Lo abrazó por la cintura, con la mejilla derecha muy pegada a su ombligo, como si le auscultara la barriga, y repetía como un autómata:
—T’aimi força, t’aimi, t’aimi.
T’aimi significa te quiero. Era un niño perturbado. Ric-Ric no tardó en darse cuenta de que ella era una mujer especial: en las estanterías, rústicas, había libros. La mayoría eran diccionarios de diferentes idiomas, gramáticas… ¡Libros! ¡En los Pirineos! Le resultaba tan extraño ver libros allí como en el fondo del mar.
Mailís lo señaló con un dedo índice imperativo, un dedo inflexible, y le dijo que solo se quedaría a cenar si antes dejaba que le lavaran y le cortaran aquel pelo tan sucio y encrespado. Ric-Ric entendió que aquel dedo simbolizaba su carácter: era maestra de escuela.
De repente, el niño miró a Ric-Ric con inquietud.
—¿Ont es lo mieu caval?
Mailís quiso explicarse. Un día el niño había montado un potro. Para Alban había sido una experiencia tan feliz que siempre reclamaba repetirla. Y entonces, después de comer, se produjo un pequeño milagro: la enfermedad del niño y la parte salvaje de Ric-Ric se entendieron. Se sentó con el niño en brazos y le dio palmaditas en la espalda con el amor rudo pero inexpugnable de los gorilas cuando abrazan a sus crías. Y así estuvieron un rato: Alban musitando «t’aimi, t’aimi», y Ric-Ric, ahora con el pelo limpio y corto, diciéndole al oído: «Cuando vuelva te traeré un caval, un caval…». Entonces Mailís llenó un barreño de agua caliente. Salió y se arrodilló en la hierba. Se remangó y sumergió los antebrazos en el agua humeante. Él la siguió, se sentó en el banco de piedra que recorría la fachada y la miró.
Mailís estaba arrodillada a cinco metros del banco de piedra, enmarcada por las cumbres pirenaicas. Una distancia púdica, suficiente para que ambos fingieran no prestar atención al otro. Pero entre él y ella solo había aire. Era la primera mujer que Ric-Ric veía desde que había llegado a los Pirineos. Miraba sobre todo sus brazos desnudos, muy blancos. Deseaba que se subiera un poco más las mangas, un poco más. Ella, aunque estaba de espaldas, sentía su interés. Y no le desagradaba. Para los hombres del valle, una mujer de cuarenta años ya era tan vieja como las montañas. Y de repente aparecía un extraño que la miraba con deseo. No, aquellos ojos no la molestaban. Se remangó y se mojó los brazos con el agua caliente. Enseguida notó el efecto: una inquietud detrás de ella. Cuando Mailís acabó las abluciones no se dijeron nada. Él parecía más turbado que ella. Se despidió a toda prisa.
Pero volvió. El otoño de aquel 1888 fue testigo de unas cuantas visitas más de Ric-Ric al ostal de Mailís. Cuando cruzaba la puerta, Alban saltaba sobre él para abrazarlo.
—¿Ont es lo mieu caval?
Ric-Ric le contestaba:
—Pronto, pronto te lo traeré.
Ella lo señalaba con su dedo de maestra de escuela, lo reñía porque llevaba el pelo largo, se lo lavaba y se lo cortaba. Después de cenar él se sentaba fuera, a fumar en el banco de piedra. Y ella, como siempre, se mojaba los brazos en el barreño de agua humeante. De espaldas a él, en el césped, enmarcada por los Pirineos.
Saltaba a la vista que era un individuo tosco, de ideas estrambóticas, pero también era cierto que a aquellas alturas del mundo no se podían elegir las visitas. Y tenía ocurrencias graciosas. Un día salió el tema del potro de Alban.
—¿Por qué no roban uno? —le dijo—. Al fin y al cabo, la propiedad privada es un robo.
Mailís y el Viejo se miraron desconcertados. Tardaron un rato en soltar una carcajada. Ric-Ric nunca aclaró que no era un chiste.

Durante los últimos días de otoño Ric-Ric pensó mucho en Mailís y en su enérgico dedo índice. Imaginaba que un día se atrevería a abrazarla por la cintura. Sin embargo, solo eran fantasías de alguien que vivía en una cueva inmunda, llena de botellas vacías del agreste vincaud del valle, robadas al ostal. Pero en aquellos días Ric-Ric mantuvo una conversación que lo precipitó todo.
Cassian le comunicó que iba a cerrar el ostal. Estaba a punto de llegar el invierno. Ya había tres palmos de nieve, y cuando el frío atacara de verdad, la nieve tendría dos metros de altura. Con los caminos cerrados, el mundo se paralizaba. A aquellas alturas, ni los ostals más tercos podían resistir. Así pues, sus habitantes, pocos, se resignaban a retirarse temporalmente. La mayoría bajaban al valle, a la población de la Vella, donde pedían refugio a otros ostals amigos y esperaban a que la vida resucitase con la primavera. Como cada año, Cassian tenía previsto cerrar su ostal y pasar al lado francés, donde tenía un negocio poco legal de vinos y vinagres. No volvería hasta que los caminos se abrieran y los muscats reanudaran la ruta del contrabando.
A Ric-Ric, que no sabía nada de los usos y costumbres de la montaña, le sorprendió muchísimo aquella evacuación general. O sea, que Mailís, el Viejo y Alban harían las maletas y se dirigirían a la Vella, donde pasarían los meses más fríos. Aquello significaba que no la vería en mucho tiempo. Y, así, decidió hacer la última visita a la casa de Mailís.
Llegó justo a tiempo. El comedor estaba lleno de paquetes y bultos, listos para ser cargados. Cuando Ric-Ric entró por la puerta, la encontró haciendo fardos con sábanas. No era necesario que se dijeran nada. Avanzó y ella retrocedió, indecisa, hasta chocar de espaldas contra la pared.
Ric-Ric estaba a punto de franquear el palmo de aire que separaba sus labios de los de ella cuando la puerta se abrió. Eran el Viejo y Alban, que volvían de la Vella con un carro alquilado que los trasladaría al valle. Ric-Ric, sorprendido, se separó de Mailís, lo que hizo que ella, aún turbada, recuperara el control de la situación. Habló para todos, aunque en realidad se dirigía a él:
—El señor Ric-Ric es muy poco amable con las damas, porque este otoño ha gozado de la hospitalidad de nuestro ostal pero aún no se ha dignado invitarme a visitar el suyo. Y eso que mañana nos marchamos al valle y no volveremos hasta la primavera.
Era una forma de ayudarlo a que acabase de concretar la cita. Pero Ric-Ric aún estaba demasiado confuso por la interrupción del niño y el viejo. Tuvo que hacerlo todo ella:
—Pero estoy segura de que mañana me invitará a desayunar si voy a visitarlo de buena mañana.

¡Una cita con Mailís! Cuando Ric-Ric volvió al ostal, Cassian estaba muy ocupado haciendo el inventario y el equipaje. El plan era este: al día siguiente Cassian se iría a Francia; Ric-Ric, como era criado, pasaría el invierno en su cueva, haciendo pequeñas incursiones de mantenimiento en el ostal. Solo debía procurar que la nieve no cubriera la puerta. Cassian le dejaba provisiones de sobra.
—¿D’acòrdi? Y, sobre todo, sigue picando la pared de la cueva —dicho esto, añadió—: Si encuentras incrustadas unas semillas diminutas, como granos de pimienta, guárdalas en un canuto. ¿Me oyes? Es muy importante. Guárdalas y no se lo digas a nadie.
Tras haber dicho estas palabras, Cassian se quedó mirando el fuego con melancolía. Ric-Ric le leía el pensamiento, su amargura: era descendiente de Filomeno y aún no había encontrado el Poder. ¿Dónde se ocultaba? ¿Dónde? Por la noche Cassian le ofreció una botella de vincaud.
—Venga, toma. Porque es la última noche y porque soy un buen amo. Y ahora lárgate a tu cauna.
—Gracias, compañero —le dijo Ric-Ric.
Lo que Cassian no sabía, pero la oca sí, era que durante el día Ric-Ric ya le había robado tres botellas, que se había tomado a escondidas. Aquella noche, cuando salió del ostal, estaba borracho. Y nevaba. Una cortina de nieve dulce y muda. Los copos de nieve eran tan ligeros que no caían rectos, como las gotas de lluvia, sino haciendo eses en el aire. Tenía frío. Se levantó las solapas del abrigo negro y se caló el bombín hasta las cejas. Miró el cielo: la luna parecía un queso podrido. Y se dijo que los Pirineos lo afeaban todo; que todo lo que lo rodeaba, fueran canchales de piedras angulosas o bosques blanqueados por aquella maldita nieve, estaba lleno de energías hostiles. Todo menos ella.
De camino a la cueva pensó en ella. El alcohol le había enturbiado la mente, pero recordaba a la perfección que Mailís iría al día siguiente, cuando saliera el sol. Había hecho bien citándose con ella en el ostal de Cassian en lugar de en su cauna, que era un pozo de inmundicias, de hollín y de mantas de piel de cabra manchadas con mil masturbaciones. Debía ser cauto: al día siguiente tendría que llegar al ostal antes que ella, esperarla y llevársela enseguida a dar un paseo por el bosque o por donde fuera. Porque la norma más sólida de los contrabandistas los urgía a evitar todo contacto con mujeres. La presencia de una mujer, una femna, como ellos las llamaban, provocaba aludes repentinos y detenciones imprevistas. Los muscats eran así: cuanto más irracional fuera una creencia, más creían en ella. Sí, para evitar conflictos y malentendidos tendría que madrugar. Y mucho.
Recorrió el último tramo del caminito que llevaba a la cueva. A ambos lados, pendientes nevadas, boscosas, con árboles jóvenes. Se detuvo en una curva y miró a la derecha. Era una subida de cuarenta y cinco grados salpicada de árboles delgados. Entre los arbolitos, más arriba, había cuatro de aquellas setas grandiosas, agrupadas. Las miró. Y sucedió.
El amor.
Aquella noche, en aquella curva nevada, en el interior de Ric-Ric fructificó un sentimiento nuevo. Mientras miraba aquellas cuatro setas, en lo alto de una ladera, notó una alegría en el pecho. Una fuerza entusiasta, como un polluelo de águila que pugna por salir del huevo. Una alegría que le decía que ella, Mailís, le cambiaría la vida. Y se dijo que aquello, aquella euforia tan nítida, tan insólita, necesariamente debía ser el amor, y que el amor era una especie de revolución interior.
Entonces cayó en la cuenta de que la había invitado a desayunar y no tenía nada para desayunar. Enamorado, borracho, mirando aquellas setas altas y orgullosas, pensó: «Cortaré un buen trozo de seta y lo haré en la estufa, y será como si desayunáramos pastel». Solo a él se le podía ocurrir semejante tontería. Pero así fue y así empezó todo.
Empezó a subir, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas, agarrándose a las ramas de los árboles jóvenes, feliz de que a la euforia del vincaud se sumara la del amor. Mientras ascendía, el bombín y el abrigo negro contrastaban con aquella nieve tan blanca, plateada por la luna. Las cuatro setas emergían con orgullo vertical. Con cinco dedos expulsó la nieve del sombrero de una de ellas, un sombrero redondo y grande como una mesa de timbas. Aquel sombrero tenía la piel fina y fría, húmeda, con la superficie ligeramente abultada. Quería cortar un triángulo, como la porción de un pastel. La navaja, conducida por la mano de un hombre empachado de alcohol y de amor, hizo una incisión.
En aquel momento se oyó una especie de sonido gutural y ahogado, un mugido lejano. Ric-Ric miró a ambos lados. La noche no ocultaba ninguna vaca. Volvió a concentrarse en lo que tenía entre manos.
Toda la seta temblaba. El movimiento era tan intenso que la nieve de los alrededores volaba por los aires. La navaja, que se había quedado clavada en el sombrero de la seta, oscilaba formando un arco. Y más aún: una fuerza invisible extraía el tronco de la tierra. Al principio pensó en un pequeño terremoto. No: era la seta. De los laterales del tronco, con un ruido de hielo rompiéndose, se despegaron unas tiras de carne. Enseguida adquirieron la forma de miembros, brazos, muchos brazos, que acababan en cientos de pequeñas raíces que hacían de dedos, larguísimos, y que se retorcían como gusanos. Por debajo del tronco emergían manojos de raíces que empezaban a moverse como piernas.
Ric-Ric rodó pendiente abajo. Su cuerpo rebotaba contra los árboles y seguía cayendo, entre gritos y gemidos de miedo y de dolor, levantando una polvareda de nieve y ramas arrastradas. Aterrizó en el camino. Había dejado un surco en la nieve. Y arriba, al principio del surco, estaba la seta, convertida en una criatura que movía todas aquellas extremidades ramificadas, girándolas en todas las direcciones, como si aún no coordinara los movimientos. El cuerpo era un cilindro perfecto. Los brazos y las piernas eran marañas de raíces, cientos de raíces de todos los tamaños. La cabeza, aquel enorme disco, giraba sobre el eje del cuello. Ric-Ric, asustado, se dio cuenta de que la seta lo miraba. Porque aquello, fuera lo que fuese, tenía ojos. Al menos uno.
Un ojo sin párpado. Y ahora aquel ojo lo enfocaba. Un ojo con la forma y las dimensiones de una nuez, pero amarillo. La navaja seguía clavada justo en el punto donde debería estar el otro ojo. La herida supuraba un líquido ambarino. Durante unos segundos Ric-Ric se quedó donde estaba, a cuatro patas, hipnotizado por aquel ojo amarillo y brillante. Incluso vio, en el centro del globo ocular, una pupila negra que se dilataba. La criatura se mantenía recta, quieta, con los brazos abiertos y las piernas separadas, observándolo fijamente, entre los copos de nieve que caían, bajo la luna. Era enorme. Ahora que las piernas-raíces habían emergido de la tierra, debía de rozar los dos metros. La voluminosa cabeza en forma de lenteja oscilaba, insegura. Se miraron el uno al otro durante un tiempo indefinible. Ric-Ric de rodillas y el monstruo allá arriba, iluminado por los rayos lunares. El encantamiento no se deshizo hasta que la seta abrió la boca: por debajo del ojo se entreabrió una mandíbula vegetal, y un gemido inhumano se extendió por el bosque.
Ya tenía bastante. Ric-Ric se levantó y echó a correr, gritando horrorizado. ¡La cauna, la cauna! La cueva: entrar y cerrar la puerta tras de sí, no pensaba en nada más. Pero estaba tan borracho que tropezaba y se caía, se levantaba, daba tres o cuatro pasos y volvía a caerse. Nunca había tenido tanto miedo. Nevaba. La nieve le entraba en los ojos, como si quisiera cegarlo. Tropezó y fue a parar al suelo, largo como un tablón. Se arrodilló. Miró atrás.
La noche y la nevada le impedían ver más de veinte metros de aquel caminito pirenaico, que en la noche se fundía como un túnel. No veía nada, no oía nada: en el Pirineo las nevadas eran silenciosas como serpientes. De la boca le salían nubes de vaho. Y no, no veía la maldita seta, no estaba. «Estoy demasiado borracho —se dijo sujetándose la cabeza con las dos manos—, el vincaud trastorna, debe de ser eso». Llevaba tanto rato en aquella postura que se le habían congelado las rodillas. Y de repente oyó unos ruidos.
Más allá de la curva; una voz gutural que se acercaba. Gritos estridentes, ni humanos ni animales. Y por fin, entre las sombras de la luna, apareció aquello, el monstruo.
¡Oh, era inmenso! Corría sin control, arañando el aire con las manos, con unos miembros que acababan en raíces largas y ganchudas como picos de buitre. E iba hacia él. ¡Sí! ¡Hacia él! Impulsado por unas piernas larguísimas, fuertes, duras y a la vez contradictoriamente flexibles; unas piernas formadas por docenas de raíces, una especie de tentáculos que no eran ni blandos ni rígidos, o que eran rígidos y blandos a la vez, y que lo propulsaban con una fuerza enloquecida.
¡Levántate y corre, Ric-Ric! ¡Corre, corre! ¡Hazlo!
El monstruo se movía con una energía tan poderosa y al mismo tiempo tan desbocada que tropezaba, incapaz de coordinar aquella maraña de brazos y piernas, perdía la estabilidad y se caía con un estrépito de materia densa y dura. Media cabeza se hundía en la nieve como la punta de un balón de rugby, y todo el cuerpo se convulsionaba en una especie de ataque epiléptico violentísimo, esparciendo oleadas de nieve que formaban remolinos. Al momento volvía a ponerse de pie. Miraba a su alrededor, desorientado, hasta que el pequeño y maligno ojo amarillo localizaba la espalda de Ric-Ric, el abrigo negro y el sombrero, que destacaban en la blancura como un escarabajo, y reanudaba la persecución. De aquella boca salían unos chillidos horribles, agudos, como de bestia dolorida. ¡Corre, Ric-Ric! ¡Te va la vida en ello!
Llegó al arroyo de delante de la cueva. Pese a la borrachera, cruzó la pasarela sin dudar. La seta lo perseguía, cada vez más cerca, cada vez más cerca de su espalda. Y entonces, un golpe de suerte: cuando el monstruo estaba ya cruzando el arroyo, sus pies, aún poco hábiles, resbalaron en el tablón que hacía de puente. Cayó al agua con un largo grito de frustración.
El arroyo no era muy profundo, pero tenía la fuerza de una catarata. El agua lo arrastró entre olas de espuma blanca y lo empujó cruelmente contra las rocas que emergían. El arroyo se llevaba a aquella criatura. Ric-Ric a duras penas veía alguna parte de aquel cuerpo monstruoso emergiendo y volviendo a sumergirse, con chorros de agua entrándole por la boca abierta. Los infinitos dedos de las manos y los pies se agitaban en movimientos espasmódicos. Mojado, aquel cuerpo parecía de caucho; y las mil extremidades, asquerosas serpientes acuáticas. Sí, la corriente se lo llevaba. Al verlo, Ric-Ric se echó a reír, una risa nerviosa; una risa de hombre aliviado, de hombre salvado.
No.
La seta se aferró a una roca, una gran roca de la orilla. Docenas de manos se adhirieron a la piedra como telarañas de carne. «No, por favor», pensó Ric-Ric. Cuando vio que los tres codos de cada brazo se flexionaban, cuando entendió que la fuerza conjunta de aquellos brazos aberrantes era superior a la del arroyo, no esperó más. Corrió.
Recorrió el último tramo: un pasadizo entre dos paredes de roca que llevaba a su cauna. Al fondo ya aparecía la entrada de la cueva. Giró la cabeza: la seta ya había aprendido a mover las patas con más disciplina; ahora corría como un demonio, acortaba distancias a una velocidad aterradora.
¡No mires atrás, Ric-Ric, no mires! ¡A la cauna, a la cauna!
Entró como una exhalación. Tenía tanto miedo, e iba tan embalado, que no pudo frenar. Tropezó y fue a parar de cabeza contra la pared del fondo, la que cada noche picaba por orden de Cassian. Cayó hacia atrás y los huesos del cuello retumbaron contra el suelo con un ruido de piedra contra piedra. La puerta se había quedado abierta, mecida por el viento como un viejo balancín.
CAPÍTULO III
El déspota Cassian muere por un arrebato de Ric-Ric
Cuando se despertó, la seta seguía allí. Tras toda una noche inconsciente, Ric-Ric abrió los ojos y vio al monstruo, justo delante de él. Dentro de la cueva.
Cauna. La palabra encierra resonancias de refugio, de hogar humano previo a la sociedad de los hombres. Todos los fetos viven en una cauna caliente y feliz. Por eso el despertar de Ric-Ric fue tan cruel: ningún hombre se ha llevado nunca un susto tan horrible y abismal al abrir los ojos, porque cuando Ric-Ric recuperó la consciencia, la seta estaba dentro de su cueva fría y gris. Un monstruo rígido, con la mirada fija en él, con la navaja aún clavada en el ojo. Ya era de día, pero allí dentro los contornos de la seta se fundían con las oscuridades de la pared irregular de roca.
Ric-Ric soltó un grito breve, «¡Arj!», como de ardilla atrapada. Era imposible estar más indefenso: tendido, boca arriba y con la nuca pegada al suelo por su propia sangre, reseca. Y encerrado en una celda de piedra, con una criatura aberrante entre él y la puerta. «¡Arj!» Extendió un brazo instintivamente para coger el atizador de la estufa e interpuso aquella delgada barra de hierro entre él y la seta, como una espada. Hacía horas que el fuego de la estufa no crepitaba, apagado. El único ruido era la respiración de Ric-Ric, su jadeo exasperado: «¡Arj, arj!».
Solo lo consolaba una cosa: que la seta no había aprovechado su inconsciencia nocturna para asesinarlo. En realidad, se mantenía tan inmóvil que habría podido ser la obra de un taxidermista loco. Su perfil, los brazos y las piernas de raíces gruesas y delgadas, se
