El viejo en el mar

Domenico Starnone

Fragmento

cap

1

Caminaba hacia la playa, había dormido mal a causa del fuerte viento. Con qué facilidad se estropea el tiempo y, con el tiempo, una rodilla, la espalda, todo. El mar hacía mucho ruido, el cielo posaba sobre el agua pequeños retazos de azul perseguidos por negros nubarrones. Con la izquierda me sujetaba el sombrero a la cabeza, llevaba al hombro la silla plegable y una bolsa en bandolera; con la derecha me aferraba a la barandilla de la escalera de madera que atraviesa la duna. Iba pensando en mis cosas cuando de pronto todo se detuvo: el viento, el mar, los arbustos, los latidos del corazón y los pestañeos, las herrumbrosas vibraciones del alambre espino que rodea las propiedades privadas tanto a la derecha como a la izquierda. Sentí confusión, quizás volvía a encontrarme mal, y en ese instante de quietud desorientada lo único que se movía era una figurilla de contornos dorados: no un cuerpo, no una pirueta de polvo, no un centelleo de luz, sino una presencia que corrió por la madera del peldaño y se ocultó en la arena un poco más allá. Pensé: sé exactamente lo que es, puede incluso que conozca su nombre aunque todavía no lo tenga.

Después, el viento volvió a soplar, el mar a abalanzarse sobre la orilla con sus franjas de espuma, el alambre de espino a vibrar, los arbustos a doblarse como para secarme el sudor. Me vino un acceso de tos y no se me iba más. Bajé jadeando el resto de los escalones hasta la playa, y me detuve a unos metros del margen de arena ennegrecida por el agua. Traté de abrir la silla que, como de costumbre, no quería abrirse; para usar las dos manos me quité el sombrero que el viento quería arrancarme de la cabeza, lo clavé al suelo poniéndole encima las sandalias, me desprendí de la bolsa. Doblado en dos, resoplando dolor y ansia, conseguí al fin colocar la silla de cara al mar y al viento. Pero mientras recuperaba el sombrero, la silla se cayó, y en ese momento de rabiosa contrariedad volvió a ocurrir: vi la centelleante figurilla dorada escabullirse por la arena seca esquivando hábilmente las intrusas lenguas de agua.

En ese punto cometí una estupidez. Tal vez porque la sorpresa antes me había aniquilado, quise reaccionar y eché a correr para atrapar a aquel minúsculo capricho viviente de alambre de cobre, como si de veras pudiese correr, como si de veras pudiese atraparlo. La cabeza debilitada tenía la culpa de todo. Me lancé dando una zancada que imaginé poderosa pero, en realidad, la pierna derecha apenas se levantó —la mitad de la mitad de lo que yo quería—, y no hablemos de la izquierda. Siguieron tres o cuatro saltos inconsistentes; después, en cuanto noté la pesadez del cuerpo y la agilidad con la que, en cambio, la figurilla se alejaba hacia la bruma matutina, hacia la franja del muelle, hacia una mujer joven acompañada de un niño que quizás juntaba conchas, me sentí ridículo. El corazón palpitaba en desorden, el pelo demasiado largo me cegaba, regresé a la silla, a la bolsa, al sombrero. Me pareció que de mi pecho habían aspirado el último chorro de vida con un tubo de goma como si fuese la gasolina de un depósito.

Tienes que calmarte, me dije. Me masajeé el dedo gordo del pie derecho; hace un tiempo que me duele, la uña se ha ennegrecido, se me está cayendo. Luego me permití soltar un largo suspiro, saqué el cuaderno de la bolsa, me encasqueté bien el sombrero y escribí sobre lo que me había pasado, sin fijarme más en el mar, en los granitos de arena que, impulsados por el viento cálido, me esmerilaban los tobillos.

2

Estuve así no sé cuánto rato. Llegó un momento en que debí de dormirme, apenas me dio tiempo a agarrar el cuaderno y el lápiz antes de que se los llevara el mar.

Me fastidian estos sueños imprevistos de anciano. ¿Cuánto habré dormido, un minuto, diez? El viento ha amainado, ahora apenas sopla una brisa, el cielo se ha vuelto blancuzco, sobre el mar se extiende una franja de metal resplandeciente. Hojeo el cuaderno sucio de arena, leo una línea y me salto diez. He intentado unir los dos momentos de hace tal vez una hora, los he dispuesto en la página junto con el cordón de las dunas, los arbustos, la playa, las medusas gordas y palidísimas que, empujadas por olas ligeras, dan tumbos de acá para allá en la rompiente. En estos casos, me ayuda a marcar el tiempo. En primer lugar, saqué a la figurilla de la arena, la hice desaparecer; después busqué una coherencia para su segunda aparición, para la persecución por la línea entre la playa seca y la mojada. Pero la cabeza y la mano se encontraban flojas, no he conseguido decir realmente cómo fue la cosa. Por otra parte, sé y no sé cómo fue realmente la cosa, lo único seguro es que la figurilla me asustó, me dejó exhausto. Quizás debería partir de esta zona del sé y no sé —un lugar donde figurilla no es más que un paliativo contra el miedo— y tratar de escribir. Pero cómo cuesta, hacen falta energía y confianza, no esta dudosa fatiga que se difumina en sueño súbito.

Estas pequeñas irrupciones antes eran más frecuentes. Nina, cuando todavía me quería, las llamaba sueños con los ojos abiertos o distracciones. Laura, sin embargo, las definió enseguida como locuras: te ha dado la locura, decía, expresión que empleaba también con el gato cuando correteaba por la casa como un poseso. Nora se ponía nerviosa, me apremiaba: vayamos al médico, a veces me preocupas, estás mal de la cabeza. Pero siempre quise quedarme con esos bajones; para bien o para mal, parecían arrebatos del mundo real reservados solo para mí. De joven me daba muchos aires, me decía: no temas equivocarte, diferénciate usando lo mejor y lo peor, sé yo, sepárate de ellos, que te importe una mierda cualquier nosotros, y date prisa, fanfarrón, sáltate los límites, vamos a ver hasta dónde eres capaz de llegar, ten la valentía de jugarte el cuello. Y en ciertos casos me llevé alguna magulladura. Pero con el paso de los años llega la desgana, el cuerpo se vuelve menos receptivo, menos audaz, la realidad misma parece haberse entumecido. ¿Quién se esperaba esta mañana semejante ocurrencia? Aquella figurilla en fuga tenía algo de terremoteado, me pilló por sorpresa. Por no hablar del malestar: me sentí como mi nieta Licia, de catorce meses, que palidece cuando su madre se ausenta; no llora pero quiere que la tenga en brazos, se estira y me ordena que la lleve a explorar los cuartos, uno tras otro, para comprobar si está, y cuando mi hija regresa, la pequeña la ignora un rato; después disfruta lanzando grititos, la besa en la boca, entusiasmada, con los pocos dientes que tiene, le muerde un dedo, una rodilla. Así que será mejor pasar de estas incongruencias de lo habitual; estoy maltrecho, noto un vacío justo aquí, en la nuca, no tengo a nadie a quien besar o morder. Mejor —me dije sacándole punta al lápiz—, mejor escribir sobre los pescadores, unas pocas líneas, sobre las manchas oscuras de sus huellas en la arena, el modo en que colocan las cañas y vigilan los sedales, el placer cruel de aferrar la vida al anzuelo. Mejor tratar de darle un sentido al hombre gordo con camisa floreada y bermudas que de vez en cuando aparece entre los lentiscos y busca tesoros sepultados en la arena sobrevolándola con un rudimentario detector de metales. Mejor ocuparme de la mujer —la reconozco pese a la distancia— sumida en quién sabe qué pensamientos que, con la cabeza gacha, viene probablemente del bar que hay a pocos pasos del muelle.

3

Esta señora es, en general, más madrugadora que yo. Sobre las siete y media, cuando voy a desayunar, ella —rondará los sesenta, tiene unos andares atractivos, el pelo teñido de rubio, los rasgos agradables reverdecidos con discreción— avanza en dirección al bar sumergida en el agua fría hasta los muslos para tonificarlos, o camina con paso distraído por la orilla, chorreando pues acaba de salir del agua. Pero hay veces que ya me la encuentro en la barra, donde toma un capuchino que le prepara un joven tunecino muy simpático, y él ahora le toca el collar para decirle lo bien que le queda, ahora le roza una mano. Siempre me han gustado los seres humanos que juegan entre sí mezclando deseos inocuos por pura diversión. El muchacho y la mujer son hermosos de ver, me tomo un café en la mesa y recorro otra vez los dos kilómetros que me devuelven a mi silla a pocos pasos del agua.

Pero esta mañana, por culpa de lo que ha ocurrido, no he ido al bar. Y ahora veo desde mi silla a la mujer que vuelve de desayunar, avanzando sin prisa por la orilla. Se detiene a mi altura y dice con familiaridad, como si entre nosotros existiera una vieja costumbre:

—¿Ha visto?

Me levanto, miro hacia donde señala, hay una larguísima línea negra que bordea la orilla. Me inclino con las manos en las rodillas, las piernas separadas, para observar de qué se trata. Son minúsculos insectos apretados entre sí como cuentas de un collar. Muchos han muerto, otros agitan sus alas amarillentas sin poder alzar el vuelo. Me incorporo otra vez y digo:

—Los habrá arrollado una ola.

—¿Todos en fila?

—A lo mejor bailaban, estaban celebrando su décimo día de vida.

Ríe algo insegura y pregunta:

—¿Por qué precisamente el décimo?

—Era por decir algo, no creo que vivan más de dos semanas.

—¿Tan poco?

—O tanto, depende del punto de vista.

Son las primeras palabras que intercambio con un ser humano desde que estoy aquí —aparte, naturalmente, de cuánto cuesta, póngame cien gramos, gracias, disculpe—, y noto que me sienta bien, la mujer es agradablemente expansiva. Paseamos un rato por el agua de la orilla, ella habla y habla. Habla del tiempo de octubre, cuando siente que la playa es toda para ella. Habla de ciertos vapores que se ven a lo lejos y que tal vez —esperemos— anuncian tormenta. Habla de cuánto aprecia este paseo mañanero, casa-bar/bar-casa, tres kilómetros de ida, tres de vuelta, luego se ducha y a veces se mete de nuevo en la cama, porque —ríe— por la noche, junto a su marido —ríe mucho, cada diez palabras—, la asalta la infelicidad y no logra dormir. Y sigue hablando así mucho rato, ironiza sobre la vida conyugal, me cuenta de un niño de siete años con el que se encariñó y que se llama Niní, la toma con su única hija que no quiso darle nietos y vive en Holanda. Hasta que cambia de registro y confiesa:

—Verá, yo le espío, quiero ser sincera, llevo unos días espiándole. Usted es un señor elegante incluso con un polo y pantalón corto.

—En realidad, renqueo un poco y tengo un dolor aquí, en la cadera, que no me deja dormir.

—Los achaques no cuentan, querido mío, cuenta el placer de vivir.

—El placer de vivir también renquea un poco.

—Aunque renquee, lo esencial es que exista.

—Tiene razón.

Me aparta con un gesto de la mano como si ahuyentara moscas, finge disgusto, cuando los hombres le dan la razón significa que está hablando demasiado. Y yo: que no, al contrario, hable cuanto quiera, escucho de buena gana. Ella asiente, se nota enseguida, dice, que soy de los que escuchan, algo poco común, nada que ver con Silvestro, hablar con él es como hablar con la pared. Seguimos así un rato, ella molesta, yo conciliador, luego dejo caer:

—Supongo que Silvestro es su marido.

—Ha acertado.

—Los maridos no cuentan, tienen los oídos gastados.

—Tal cual. Y no solo los oídos, todo. Ay, qué bonito encuentro este de hoy.

Estoy de acuerdo, le confieso que llevo días sin hablar con nadie, ni siquiera por el móvil. Elogio su sociabilidad, su buena disposición hacia los demás, su joven energía.

—¿Cuántos años calcula que tengo? —pregunta complacida.

—¿Cincuenta?

—Sesenta y uno. Se lo digo porque por principio no oculto mi edad. Basta con tener buena salud y la capacidad de apasionarse. ¿Tiene usted algo que le apasione? ¿A qué se dedica? Apuesto a que es juez, estoy segura de haberlo visto en la televisión.

No quiero decepcionarla:

—Juez del tribunal de apelaciones. Pero llevo jubilado unos doce años.

—¿Doce? ¿Qué dice?

—Tengo ochenta y dos años.

—Imposible.

Está tan contenta por mi aspecto y mi condición de magistrado televisivo jubilado que, cuando llegamos al comienzo de su sendero entre las dunas, se entretiene, le gustaría conocer más datos. Es el tipo de persona que se inventa a diario que es feliz, desenvuelta, algo atrevida, y trata de resultar verosímil. Revelarle que desde hace unos cincuenta años mi trabajo consiste en escribir relatos y novelas me incomodaría a mí, porque me avergüenzo un poco de haberme ganado la vida así, y seguramente también a ella, porque dudo que alguna vez haya leído nada. Por eso prefiero dejarla charlar un rato más, desea hablarme de sus pendientes, se los toca dejándolos oscilar en las orejas. El mes de mayo pasado perdió uno, me confiesa, justo por esa zona de ahí, y se llevó un disgusto tan grande que un amigo —un amigo un poco así, pero buena persona— se empleó a fondo y lo encontró. Pero ojo, no al cabo de un día, una semana o un mes; su amigo lo encontró apenas unos días antes —¿comprende?—, al cabo de nueve meses, nada menos.

—Nunca hay que desesperar —comento.

—Tal cual. Y cuando me lo entregó, ¿sabe que me eché a llorar?

—Imagino que el pendiente también habrá llorado.

—Ay, me está tomando el pelo.

—De ninguna manera. Las cosas se encariñan y se desesperan como nosotros cuando las perdemos.

—Silvestro jamás diría una frase así.

—A lo mejor porque es una tontería.

—O porque es una frase propia de una persona sensible.

No quiere dejarme marchar sin decirme que se llama Evelina —Nico, me presento yo— y que en la ciudad tiene una tienda donde vende no trapitos, subraya, sino trajes de las sastrerías más refinadas de Italia y Europa. Yo también me despido —adiós, Evelina, que tenga un buen día— y, con pesar, vuelvo a mi silla. Descubrir en el último momento que es propietaria de una boutique ha sido un regalo inesperado. Me habría gustado decirle con la dosis justa de melancolía: sabe usted, desde que era niño me fascinan los vestidos de mujer. En los próximos días, si no la molesto, me paso por su tienda; me gustaría quedarme en un rincón y contemplar los vestidos, a sus clientas, a usted.

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