Rabos de lagartija

Juan Marsé

Fragmento

Chispa en el recuerdo

Venga, chaval. Desembucha.

Mis padres me engendraron hace muchos años, pero en este momento no tendré más de tres o cuatro meses. Todo está ocurriendo como en un sueño congelado en la placenta de la memoria, en un tiempo suspendido que engendró la caraba de mascaradas públicas e infortunios privados, atropellos y desventuras, calabozos y hierros.

—¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato? —la voz intempestiva y ronca del hombre se abate de nuevo sobre mi hermano David, los dos enfrente de casa. Hace apenas media hora ha caído sobre el barrio una tormenta atronadora y sombría, y ahora, cuando la mañana vuelve a brillar esplendorosa y el aire y la luz se erizan acariciando la piel y los ojos, David se siente otra vez tan delicado y aparente que no le habría importado recibir el imperioso mandato de la autoridad vestido de Shirley Temple con sus tirabuzones rubios, sus hoyuelos en los mofletes y su vocecita de niña viciosilla:

—¿Mande?
—Digo que lo sueltes ya, si es que tienes algo que contarme sobre tu madre… —secretamente encelada, la voz se traba en su propia ronquera y su delirio, pero las palabras suenan sin acritud, en un tono tan poco apremiante e insidioso que, al oírlas, un chico menos maliciado que David Bartra habría tomado como un guiño que buscara su complicidad, y no como un desafío.

—¿Me está provocando, sahib?
—¿Qué es lo que sabes? —insiste el visitante—. Sea lo que sea, me interesa. Te escucho.

Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo ante mis ojos. El hombre sigue plantado frente a la puerta de casa con su trinchera gris plegada al hombro, golpea calmosamente el extremo del cigarrillo sobre la uña del pulgar, y espera. Pero David percibe la combustión interna del rostro apagado, y, antes incluso de recibir la orden, ha visto reflejada fugazmente en sus ojos líquidos y pesarosos la imagen femenina que le conturba; así que ahora guarda silencio, mirándose hacia adentro sin decir lo que también él está viendo, y por un instante, ambos, niño y policía, evocan a mamá esperando el tranvía en el mismo lugar y en idéntica postura, apoyada en la misma farola de la Travesera con el libro abierto en las manos, el mismo ardiente sol en los cabellos y la misma ensoñación en los ojos. Muy bella en su espera ensimismada, nuestra pelirroja no tiene la mirada ni el pensamiento puestos en la página del libro, sino en el humo azul del cigarrillo que sostiene entre los dedos, o tal vez más allá del humo, en algún repliegue funesto de la luz, un sombrajo de mal presagio que sólo ella percibe en medio de la radiante mañana de julio.

—¿Y?

Mientras confía en que mi hermano se decida a hablar, el inspector Galván ahueca la mano con parsimonia protegiendo la llama de un mechero que, medio oculto detrás de los dedos largos y nervudos, David intuye dorado y de superficie acanalada. Luego, el pitillo encendido en los labios, repite la orden con aparente indolencia y deja las manos yertas a la altura del ombligo, como prestas a sofocar alguna previsible punzada en el hígado o un puntual ardor de estómago. Vistas así, sumisas y pálidas, no parecen unas manos que hayan empuñado jamás una pistola, o que sean capaces de atizar puñetazos en los morros de alguien amarrado a una silla, aunque sí parece que tengan la presteza solícita y atenta como para haber sujetado a la pelirroja por la espalda tan oportunamente, evitando que cayera desfallecida sobre la acera. ¡Una mujer fumando en la vía pública!, gruñe con mirada severa un transeúnte, y el inspector le indica con la mano que se calme y circule, usted, circule. Pero no me engaña su rebuscada mansedumbre, piensa David: son las manos de un tipo sin entrañas, un pedazo de cabrón. Te vigilo, guripa, te tengo controlado, no sabes con quién te estás jugando los cuartos.

—¿A qué esperas?
—Primero enséñeme usted la placa.
—Me conoces. Soy la persona que atendió a tu madre cuando se cayó en la calle.

—¿En serio?
—Venga, no te hagas el listo.

Son las primeras escaramuzas de un funesto combate del que ambos saldrán maltrechos, y que en realidad no fue inicialmente concertado por ninguno de los dos, sino por una simple cartulina guardada en los archivos del rencor y la delación. Pero ésa es otra historia.

—Ah, sí —admite David—. La seguía usted tan de cerca que se dio de morros con ella. Por eso pudo cogerla por los sobacos antes de que cayera junto al bordillo. Vaya chamba, ¿verdad, usted?

—Me encontraba allí por un casual.
—Y una mierda.
—No me hagas perder el tiempo, muchacho. Me has parado para contarme algo importante de la señora Bartra. Adelante, te escucho.

—No sé si es importante. Pero sé que a usted le interesa… —A ver, de qué se trata. Venga.
—No me atosigue, oiga, que tengo un bosque de jilgueros metido en el oído… Pero bueno, le cuento. Resulta que mi madre ha sabido que papá estuvo remontando el río Nilo en compañía del teniente Harry Faversham, fue la semana pasada, iban los dos disfrazados de nativos de la tribu Shangali. Como usted ya debe saber, lo saben los polis de todo el mundo, los Shangali no pueden hablar, son mudos porque les cortaron la lengua por orden del Califa, y por eso llevan una marca de fuego en la frente. Bueno, pues con sus plumas blancas en la cartera y muertos de sed ahora mismo mi padre y el teniente Faversham ya deben estar cruzando el desierto para unirse al ejército angloegipcio del general Kitchener, que avanza imparable hacia Jartum…

—Ya vale, chico. Acabarás por hincharme las pelotas.
—Si no me cree, pues deténgame ahora mismo. —David junta los puños y baja la vista, pero sin dejar de vigilar las manos amodorradas del poli, hay que andarse con ojo—. ¡Ande, póngame las esposas!

En uno de los puños que se ofrecen burlones, el izquierdo, se retuerce el rabo cercenado de una lagartija. ¿Cuánta vida te queda, colín? Cinco minutos antes, el rabo serpenteaba sobre una piedra lisa al fondo del barranco y David lo contemplaba incrédulo y fascinado.

—Bueno, ¿qué me querías contar de tu madre? —insiste el inspector.

—Mire, ¿le digo la verdad? Yo sólo quería ver de cerca la jeta de un guripa —sonríe David, mientras rumía que la primera vez que la pelirroja sintió en la parada del tranvía el amago de una furtiva caricia en estas manos que la sujetaron por los sobacos, aquella primera vez que notó su aliento tabacoso en la nuca y sintió muy cerca esta boca dura y estos ojos fríos, naturalmente no podía saber que el fulano la seguía y ni siquiera sospechar que era un guripa—. Sólo quería eso, en serio, ver si pone cara de pipiolo cuando se traga una trola. ¿Le molesta, bwana?

El inspector le mira en silencio, moviendo la cabeza con aire conmiserativo.

—¿Cuánto va a durar la broma, mocoso? ¿No crees que ya va siendo hora de que espabiles un poco? Tendré que hablar seriamente con tu madre.

—Está durmiendo. Pero ya puede usted llamar al timbre, si quiere —desliza el rabo de lagartija en el bolsillo del pantalón y añade—: Alá nos proteja, sahib. Esta lagartija es venenosa. Yo me las piro.

—De modo que no tenías la menor intención de contarme nada, pillastre.

—No, señor. ¿Qué se había figurado? Lo único que quería es ganar tiempo, que mi madre pudiera dormir un poco más. Sólo un poco más.

Acaso no sería éste el primer encuentro ni el primer desafío, pero sé que tuvo lugar cerca de casa y a mediados del verano, probablemente unos días antes de aquella tarde en que había de caer otro fuerte chaparrón y David se presentó ante mamá llevando en brazos un perro de pelo negrísimo, flaco y sucio a más no poder, un chucho reviejo y más bien asquerosito.

—¡Virgen santa! —dice la pelirroja—, ¿de dónde vienes con este pobre animal? No pensarás quedártelo.

—Está enfermo y nadie lo quiere. Era del señor Augé y ahora es nuestro.

—¿Cómo que es nuestro?
—Te cuento. —David abraza al perro con entusiasmo, pensando lo que va a decir—. Ya sabes que al señor Augé lo fueron a buscar a su casa, y como el hombre vivía solo, y no sabía a quién dejárselo, le dijo a la portera que si yo iba por allí…

—¡Lo que nos faltaba! ¿Tú sabes el trabajo que nos va a dar? —se lamenta ella con la mano posada sobre la barriga, verificando tal vez mi enroscado sueño prenatal, protegiéndolo ante la proximidad piojosa de este despellejado saco de huesos.

Su mirada lastimera se cruza con la del perro, ciertamente muy viejo y casi ciego y matado de reuma, admite David, pero muy bueno y obediente, ya verás, madre, lo vas a querer mucho.

—Sí, para eso estoy.

Despatarrado en el suelo entre los pies de David, tembloroso, el chucho suelta un hondo y largo suspiro que va derivando en resoplido y que, en el tramo final, deviene ronquido para acabar finalmente en una especie de maullido.

—¿Lo oyes? —dice David—. El señor Augé decía que este perro, en otra vida, había sido un gato. Que tiene alma de gato.

—Lo que veo es que el pobre no puede con su alma, sea de gato o lo que sea.

—No hables tan alto que te puede oír. ¡Lo entiende todo! —¡Ay, hijo mío, qué poco conocimiento! —Mientras se afana frotando la pelambre del perro con una toalla, en la mirada con la que envuelve a mi hermano hay esa ternura que el destino no quiso que me alcanzara a mí, pero en mi sueño sí percibo la pequeña mariposa de luz que aletea en su voz—: ¿No podrías pararte a pensar un poco, cariño, antes de hacer las cosas?

Lo mismo digo yo, hermano.

Contigo no hablo, sietemesino, masculla David volviéndose de cara a la pared con la cabeza gacha.

¿Es que no tienes cerebelo? ¿Por qué no piensas un poco con la cabocia antes de traerle a la pelirroja una nueva preocupación, con lo atrafagada que siempre va? ¡Pues vaya un regalito que nos endilga el querido primogénito, precisamente la víspera del cumpleaños de papá…!

Eres un mamón, y no dejaré que te metas en mis cosas.

—¿Qué estás refunfuñando, David? —dice mamá sacando una vieja manta del armario—. Vuélvete, que yo te vea.

—Decía que bien podría quedarse con nosotros, por lo menos hasta que el señor Augé vuelva a su casa.

—El señor Augé no volverá a su casa en mucho tiempo, si es que vuelve.

—¿Entonces qué?, ¿lo dejamos en la calle y que se muera, pobre perrito?

—¿Vas a ponerte a llorar? Que te conozco. De momento coge la toalla, lo secas bien y que se eche aquí. Después veremos.

—Estamos muy cansados —dice David recostándose junto al perro y besándole el hocico—. Hemos caminado mucho, hasta casi reventar. ¿Podemos cerrar la ventana, a ver si dormimos un rato sobre la manta? ¿Podemos…?

Hace apenas un minuto todavía flotaba enroscado en el vientre materno, pero ya mis ojos, desde esa tiniebla esponjosa, presentían la luz del mundo y sus reiterados espejismos: lo que veo y lo que no veo, son ya la misma cosa. Ahora, alguien ha cerrado ventanas y celosías una vez más, la prima Lucía me ha traído el vaso de leche y la medicina y me ha arropado, y los recuerdos se balancean sobre el abismo tanteando algún asidero, una voz que me guíe de nuevo. Todo se halla en penumbra en la memoria que guardo de aquella casa, y todo me habla de sentimientos quebrantados y de emociones sofocadas, de un tiempo en que los silencios en torno a la mesa ocultaban graves trastornos de familia, oscuros sucesos, amarguras del corazón. No hay palabras, pero se oyen voces.

¡Zapastra!

¡Casumlolla!
¡Trinxeraire!
¡Lucía, cázame guerripa!
¡Nombre y apellidos!
¡Víctor Bartra Lángara! ¡Diligencias!
¡Achtung!
—¡Rayos y centellas, madre! ¿Es verdad lo que dicen, que consiguió escapar tirándose de cabeza al barranco?

—No ocurrió como piensas, David.
—¿Y que lo arañó una zarza y le quedó en la cara una cicatriz como un relámpago?

—Pues no —dice la pelirroja—. Tu padre se dejó ir por la ladera resbalando de culo. La mala suerte quiso que pillara un cristal afilado, seguramente la esquirla de una botella rota, y le rajó la nalga como si fuera una sandía. Eso fue lo que ocurrió. Ni más ni menos.

Rojas y ásperas, las manos de mamá remueven retales de colores en una caja de cartón y David retiene los aromas. Almidón y lejía y sosa y una luz algodonosa en los cristales de la ventana. La casa que nunca habité es más real y tangible que este mordisqueado lápiz mío que traza garabatos sobre el papel. Incrédulo y algo decepcionado, David inquiere:

—¿En serio? ¿Así escapó, de culo?
—Como lo oyes, hijo.
—Bueno, pero dejó a sus perseguidores con un palmo de narices. Les dio esquinazo. Y le echó valor al asunto, a que sí.

—Le echó una botella enterita de coñac. Eso es lo que tu padre le echó al asunto.

David no vio la tan comentada fuga nocturna, pero él menos que nadie quería faltar a la verdad, en este episodio cuando menos, y por eso me la contó años después con pelos y señales. Nuestro padre iba descalzo y con los faldones de la camisa fuera del pantalón, ya que apenas tuvo tiempo de vestirse al saltar de la cama, pero no fue el canguelo ante la llegada de la bofia ni el coñac ingerido lo que le hizo resbalar de culo por la escarpada ladera del torrente con los zapatos en una mano y en la otra la botella de Fundador, aunque ciertamente la situación se parecía bastante a otras muchas que el vecindario había tenido ocasión de presenciar: el tarambana, el cantamañanas de Víctor Bartra corriendo a deshora en busca de sus amigotes de farra con el consiguiente disgusto de su mujer, conforme, podía hacer pensar en eso, pero no iba borracho ni cagado de miedo. Desapareció brincando en ese tránsito borroso de la noche al amanecer, en la parte trasera de la casa que años atrás no era trasera, sino vistosa fachada y humilde jardín, tenías que verle corriendo descalzo ladera abajo, primero sorteando pedruscos atrapados por raíces de higuera y muñones resecos de encina y enseguida dejándose ir de culo hasta el fondo del barranco envuelto en una nube de polvo rojo, y quedarse allí de pie conteniendo su furia y su despecho, pero entero y alerta y rápido como una centella, según mi hermano David, más bien como un espantapájaros o un pato mareado, según mamá, con el pantalón desgarrado y el culo ensangrentado al aire.

—Y por supuesto con la botella intacta y a salvo, faltaría más. Así es como tu querido padre se marchó de casa. Un triste espectáculo, hijo.

Pero si he de proceder por orden, si ese tumulto de voces me da un respiro, la historia que me propongo contar empieza de verdad cuando el inspector Galván llama a la puerta de casa un día que yo no estoy en casa.

Vivimos en lo alto de la ciudad, en un callejón sin salida y casi al borde de un barranco, pero nuestra casa tiene dos puertas, una de ellas se abre al callejón y al día, y la otra a la noche y al barranco, un tajo no muy profundo de tierra rojiza y paredes escarpadas y porosas que se desmoronan dócilmente nada más acercarte a ellas. Ignoro si en esta ocasión el inspector toca el timbre de la puerta de día o golpea la puerta de noche con la vieja aldaba, una delicada mano de niña empuñando con firmeza una bola de hierro oxidada, pero mi hermano David, que está convencido de que las dos puertas cumplen funciones distintas pero complementarias —por decirlo a su manera: una sirve para ocultarse en casa de día, la otra para escapar de noche—, lo que seguramente oye ese mediodía con sol y rachas de lluvia intermitentes son los golpes de la aldaba, y es lógico porque la visita llega esta vez en horas de restricción de la luz, y sin corriente ya me dirás cómo iba a sonar el timbre. En cualquier caso, tú de ningún modo podías oírlo, porque no estabas aquí ni allá ni en ninguna parte, monicaco, aún no habías salido del cascarón.

Vale, de acuerdo, tú lo has vivido, pero yo lo he imaginado. No creas que me llevas mucha ventaja en el camino de la verdad, hermano.

Siempre te llevaré ventaja, gusanito.

Yo voy por un atajo.

No quiero discutir contigo. Me confundes. Ya no sé dónde estoy.

En el cuarto de mamá, por ejemplo, cosiendo vestiditos para muñecas o probándote blusas y toreritas ante el espejo, mirándote de frente y de perfil y seguramente también de culo, y hace mucho calor, es el verano de la bomba de Hiroshima, y por eso, al sonar los golpes en la puerta, le dices a Chispa cuidado, cuando yo abra apártate a un lado, que podría entrar el resplandor atomicio y te quedarías ciego y achicharrado en el acto.

En todo caso, y volviendo a la puerta de noche, en esta ocasión es fácil adivinar de quién se trata, así que lo mejor es tomarse un tiempo antes de abrir, y David lo hace escudado en su postura predilecta: cimbreante y vestido de niña, con un precioso jersey de angorina de color rosa, faldita azul celeste plisada, calcetines blancos hasta debajo de las gordezuelas y risueñas rodillas y bolso de plexiglás rojo colgado al hombro. Luce también gafas de sol de montura blanca plastificada, unas gafotas de feria, y una boina roja, ladeada sobre la ceja, que le tapa los rizos de color de miel.

—Si viene usted buscando al sahib, no está en casa. Plantado en el umbral, con sus hombros robustos un poco encogidos bajo la trinchera, el sombrero mojado en la mano y los zapatos enfangados, el inspector Galván lo mira sin pestañear. Sus ojos son claros, pero su mirada es sombría. No es como otros polis, eso David debe admitirlo, no es uno de esos que esconden la mirada tras unas gafas negras incluso en días nublados, no parece importarle que la gente vea sus ojos y lea en ellos alguna emoción, ya sea un resentimiento o la más absoluta indiferencia, que solía ser lo más frecuente. Tampoco enseña la placa ni menciona ninguna orden de registro, y ni siquiera intenta cruzar el umbral.

—Tu madre que haga el favor de salir un momento. —Y con la voz más áspera, pero sin elevar el tono, añade—: Payaso.

—La memsahib tampoco está.
—¿Tardará en volver?
—¿Trae usted una orden de registro?
—No vengo a eso. Repito. ¿Tardará la señora Bartra en volver?

Uno de los bolsillos de su trinchera gris, abultado y fondón, soporta más peso que el otro. Pero ahí no suelen llevar la pistola, piensa David, mientras sus ojos tras las gafotas taladran la tela impermeable y el forro del bolsillo: una petaca llena de coñac, un poco de calderilla entre briznas de tabaco y pelusilla, las llaves de casa y el encendedor, un Dupont de pacotilla, agazapado detrás de un paquete de Lucky Strike muy sobado, seguro que el guripa compra cigarrillos por unidades y lo va rellenando…

Lo que cuento son hechos que reconstruyo rememorando confidencias e intenciones de mi hermano, y no pretendo que todo sea cierto, pero sí lo más próximo a la verdad.

—¿No me oyes? —insiste el inspector—. ¿Te dijo si volvería pronto?

—No sé, bwana. Yo no sé nada.

David baja la vista, presintiendo el carraspeo impaciente y las flemas desdeñosas anegando la siguiente pregunta:

—¿A qué estás jugando, chico? Será mejor que me digas adónde ha ido tu madre.

—Sí, claro. —Mantiene los ojos bajos y no añade más. Se estira un poco la falda, se toca la boina, acomoda la correa del bolso al hombro y finalmente prosigue—: Si tanto le interesa, le cuento. Ha ido a la Maternidad, a la consulta del médico, pero luego tenía muchas cosas que hacer… Visitar a la abuela Tecla, que sufrió una embolia y tiene paralís en este lado de la cara, y pasar por la farmacia, y después iba a comprarse unas medias de nylon y un vestido de noche, y me ha dicho que si le quedaba tiempo quería ver una torre con jardín que está en venta allá por Tres Torres, no crea usted que vamos a vivir realquilados aquí toda la vida, en este barrio de mierda donde tanto se nos critica. ¿Conoce usted Tres Torres? Un barrio de señores, el mejor de Barcelona, allí nació mi madre y los padres de mi madre, que murieron en un bombardeo. Seguramente la semana que viene nos mudamos, así que ya lo sabe, cuando vuelva por aquí ya nos habremos dado el piro. Es lo más seguro.

—Me das pena, muchacho —gruñe el inspector, que ha girado la cabeza a un lado mientras David estaba perorando, como si la sarta de disparates le salpicara el rostro. Mete los dedos en el bolsillo de la trinchera y acaricia la petaca de coñac, pero no la saca—. ¿Cuánto hace que tu padre no te pone la mano encima?

—¿Qué pasa, me va a interrogar a fondo? —Apoya una mano en el quicio de la puerta y la otra, más airosa, en la cadera algo encabritada, impertinente—. Pues si tanto le interesa, le diré que no veo a mi padre desde la noche que saltó al barranco y escapó al territorio de los Kubanga.

—Levanta la cabeza y mírame a los ojos —dice el inspector. —A la jungla. No me diga usted que no lo sabía.
—¿De qué puñeta me estás hablando?
—De La Jungla en Armas. Allí es donde está.

El hombre deja escapar un suspiro y se pone el sombrero. Parece que se va, pero no. Llevas la mentira en la sangre, chico. David alza la rodilla izquierda para subirse el calcetín, luego la rodilla derecha, haciendo equilibrios sobre un solo pie. Enseguida, moviendo la mano con premeditada delicadeza y muy despacio, la lleva de nuevo a la cintura como si fuera una mariposa, y baja la vista otra vez. El inspector lo mira severamente.

—Quítate esas gafas y levanta la cabeza. Quiero verte los ojos cuando me hablas.

—Bwana esperar sentado. En este ojo tengo un orzuelo como un melón.

—Compadezco a tu madre. Seguro que se pasa el día suspirando porque tu padre vuelva y se ocupe de ti como es debido…

—¿Usted cree?
—Y de paso rezando para que el señor Bartra deje de beber y de meterse en líos, dondequiera que ahora esté. Quiero decir —añade el inspector con una voz que no parece la suya, más placentera—, deseando que esta situación acabe. Que tu padre vuelva pronto. Que se ocupe de vosotros.

—No sé, bwana. En casa no se habla de eso.
—¿Me vas a decir que no habláis nunca de él? ¿Acaso no le echáis de menos?

—No hablamos de eso. A la pelirroja no le gusta.

—¿Cómo te atreves a llamarla así, a tu propia madre?
—A ella no le importa. —David esboza una sonrisa y arquea la cadera—. Es como un piropo. Mi papaíto siempre la llamaba así.

Oye un débil gemido y aparta la vista un momento. El culo ensangrentado de papá y su mano con el pañuelo apretado a la herida pasan ante sus ojos.

El inspector guarda silencio unos segundos.
—Entonces, ¿seguro que no tienes nada que decirme? Sabrás por lo menos dónde trabajaba tu padre.

—En la intrépida brigada matarratas.
—No seas majadero.
—¡Que me muera si miento! —dice David—. ¡Mataba ratas en los cines!

—Me refiero a antes de eso. Antes de ser funcionario del Servicio Municipal de Higiene.

—Antes no sé, bwana. Creo que era anestesista. Yo era muy pequeño. ¿Sabía usted que las ratas podrían invadir los cines y atacar a la gente? ¿Sabía que una pareja de ratas puede parir cada año veinticinco mil asquerosas crías?

—¿No habéis tenido noticias suyas, después de seis meses? —Sí, pero son noticias del año catapún, y no son buenas —entona David sofocando un bostezo forzado y un repentino escalofrío dentro del jersey de angorina, que le viene pequeño y deja ver el ombligo—. Hemos recibido una carta suya, resulta que no está donde creíamos… Le cuento. Él siempre dijo que emprendería un largo viaje al corazón de África, desde Jartum hasta el lago Victoria pasando por los Montes Azules, pero no, resulta que a última hora cambió de plan. Se está internando cada día más en la jungla de Mindanao, ¿sabe dónde para eso, bwana? En las Filipinas. Y dice que ha tenido que disfrazarse de Juramentado para apresar a Datu y a todos los que trafican con pellejos de cerdo y colmillos de elefante. Y aún hay más. Dice que es mentira que los Juramentados se mueran de miedo si los envuelven en una piel de cerdo. Mentira podrida.

La cabeza echada hacia atrás, como si las palabras de David apestaran, el inspector tiene los ojos entrecerrados y parece dormir.

—¿Eso es todo?

Bajo el arco delicado y altanero de las cejas, la mirada insumisa de David recela del aplomo y la parsimonia del poli.

—No, bwana. Los Juramentados son como los caballos, sólo se les puede matar con un tiro entre las cejas… ¿Usted sabe disparar así? Mi padre dice en su carta que antes de dejarse prender por la tribu de los pigmeos Kubanga se pegará un tiro con su rifle de repetición. La carta tiene fecha de hace cuatro meses, así que podría ser que ya la hubiese diñado. El párroco de Las Ánimas le dijo a mi madre que seguramente estaría ya en el infierno, porque allí es adonde van a parar los suicidas, eso le dijo el jodido cabrón de mierda de cura. Y no la hizo llorar porque la pelirroja es fuerte, pero no hay derecho.

—¿Has terminado?
—Sí, bwana.

El inspector saca del bolsillo abultado de su trinchera un libro forrado muy toscamente con papel de periódico.

—Cuando vuelva tu madre, le das esto de mi parte. Se le cayó la otra tarde en la parada del tranvía. Lo he forrado un poco como he podido, porque tiene un roto.

—Vaya chapuza —dice David cogiendo el libro con dos dedos, como si estuviera infectado—. ¿Y ha venido sólo para eso? Pues sí que.

Que si patatín y que si patatán. Que si la han visto llorar, que si es hipertensa y diabética y fuma como un hombre, que si ella y su hijo viven con dos reales al día… Bueno, será como dicen, pero oiga, nunca la verá usted quejarse, aunque está de la espalda peor que yo, y pálida no digamos, hay días que su carita está más amarilla que este limón y asín y todo usted no la verá nunca torcer el gesto. Hace milagros con la ropa vieja y una aguja.

Y que lo digas. La señora Bartra es una mujer muy animosa. Siempre tan atenta y amable, una bellísima persona, y además muy instruida.

Nombre y apellidos, venga.

Dicen que había sido maestra de escuela.

La costurera pelirroja es una mujer todavía joven y muy guapetona.

Una mujer sola que se las apaña ella sola, Rufina. Una de tantas, hoy en día.

¿Que si le gusta el café? ¡Vaya preguntas tiene aquí el señor policía! Quién lo pillara, ¿verdad, Puri? Pero hay que ver a qué precio está hoy en día el café-café. ¿O lo pregunta usted por un si acaso la pelirroja anda estraperlando? Porque no, oiga, eso no. Se oyen tantas mentiras…

Pero ese aire tan juvenil que se gasta, esa carita de niña, con la piel tan blanca y el pelo de zanahoria, no sé, no sé…

A mí no me pregunte usted. Yo no sé nada, la verdad.
¿La verdad? Este callejón de mala muerte es tan estrecho que la verdad no pasa por aquí ni con fórceps.

Pero qué chorradas dices, Rufina.

Una prima de ésta, la Emilia, está en la cárcel por dedicarse a la compra de objetos de procedencia dudosa. ¡Conque ya ve usted!

¿El marido de la señora Bartra? Un tarambana.

Cuando lo buscan…

Un sinvergüenza. Un malparido.
¡Ep, no fotis, tú, sin insultar!
… por algo será.

La última vez que lo vi, me engañó. Le dije qué, señor Bartra, cómo andamos, y él encendió un Ideales, se agarró aquí el paquete, con perdón, soltó un ¡Arriba España!, miróme de refilón el culo, y fuese.

Cuando una le vuelve la espalda, lo primero que hace este hombre es mirarte el culo.

Aquella noche se la pasó escondido en el barranco… Media legua, media legua, media legua.
… durmiendo con un ojo abierto, como los tigres.

Y dice otra:
Pues anda que su hijo. Todo el santo día callejeando y sin escuela, escondido en el barranco con una navaja en la mano o repartiendo fotografías de bodas y bautizos. También es de la piel del diablo, como su padre.

Sí, nada bueno se puede esperar de este muchacho.

Y luego, como si un ventarrón caliente las hubiera sofocado, las voces se cobijan en el callejón y a la hora de la siesta se repliegan y bisbisean en portales umbríos y en rellanos de escalera, y más tarde se cuecen entre tufos de farinetas y coles hervidas y fritangas de Dios sabe qué, y al caer la noche emiten un silbido de serpiente, como el silbido que anida permanentemente en el atormentado oído de David. Y la mano yerta del hombre en la solapa, dejando entrever su autoridad, concitando las voces y el miedo:

Pregúnteme a mí, señor. A mi marido no, que no sabe nada. El mío tampoco. Y no es un desafecto, que conste. Mayormente, que es un poco sordo.

El mío es de la Devota Cofradía de Portantes del Santo Cristo.

Pues el mío tiene la Gran Cruz de la Orden del Mérito Aeronáutico. Es totalmente afecto al régimen, créame usted.

El mío tiene un poquito de sarna. Son malos tiempos, oiga. ¡Nombre y apellidos! ¡Quiero nombre y apellidos!

Miró, Zabala, Benito; Raich, Rosalench, Franco; Sospedra, Escolá, Martín, César y Bravo.

En casa todos vamos a misa cada domingo, faltaría más, dice otra.

Lo único malo que tiene mi marido es que escupe mucho. Se pasa el día escupiendo gargajos, todo le da asco.

Una noche, el marido de la costurera dijo que salía a comprar una gaseosa, y nunca más se le ha vuelto a ver.

¡Pero qué gaseosa ni qué leches, Paca! ¡Santa inocencia!

Y otra voz machaca:

Es un borrachín y un bocazas, mismamente un charlatán de feria.

Chuleta y calavera, dice la señora Carmela. Una joya.

Algo muy gordo debió pasarle a este hombre la última vez que vino. De la noche a la mañana ya no fue el mismo.

Últimamente iba como un perdulario, con los pantalones caídos y su buena merluza. Pero a la Trini bien que le gusta…

¿A mí? Pero qué dices, monada. A mí me gustan los hombres bien afeitados y marcando paquete, oye.

¡No digas eso, Trini, que te podrían excomulgar!

Por si le interesa a usted, un día mi marido le vio con una cogorza de las de aquí te espero.

Pues yo juraría que su mujer ya no le espera…
¡Ay, Rufina, qué dura de oído, hija!
… mayormente cuando la pobre estuvo a punto de abortar y el penco ese no dio señales de vida.

¡Menudo era! Veía pasar una escoba con faldas y allá que se iba. ¿Verdad, Trini, bonita?

¿A mí me lo preguntas, reina?, dice la más joven cuando un golpe de viento levanta su falda estampada. Tiene las manos ocupadas en la labor de punto y no hace nada por bajarse la falda, que sigue ondulando en torno a los muslos cortos y lechosos.

Niña, la falda.

Qué pasa.

Pues a mí me gusta, opina otra que se une al corro. Se veía un hombre muy aparente, un tipazo.

Que te la bajes, prenda.

Para qué, si las putas no tenemos piernas. ¿No lo sabía usted, bonita? No tenemos culo ni alma ni nada que valga un pepino, se lo dijo un cura a mi compañera el otro día que se fue a confesar.

Dicen que estuvo escondido toda la noche y todo el día siguiente, no muy lejos de aquí, media legua arriba en el torrente, tirado entre las raíces de una higuera seca.

Su mujer no quiso llevarle ropa ni comida. Ni verlo quiso. Que se joda el cabrón, dicen que dijo.

De eso nada, Felisa. Usted atiéndame a mí si quiere saber la verdad. Esta desgraciada vecina nuestra, la pelirroja que le decimos, cuyo marido tanto le interesa a usted, y usted sabrá por qué, nosotras no queremos saber nada de política, aunque a mí personalmente me gusta colaborar con la autoridad siempre que puedo, que conste, y además voy a misa; esta buena mujer, la costurera, decía, no será una santa, porque santos hoy en día ya sólo se ven en los altares, pero le puedo jurar que no es rencorosa ni se siente engañada por su marido, y además he de decir que tampoco es una pelandusca ni una estraperlista ni una roja de aquellas que todos hemos conocido, vaya, que no, que es una señora y se le nota de lejos, las cosas como sean, a ver si me entiende usted…

A mi marido no le interesa la política. Lo que le gusta es coleccionar sellos.

Una pobre mujer que se mata a trabajar. Una persona muy fina y muy educada, que siempre sabe estar en su lugar.

Tiene en el portal de su casa una mata de margaritas que es un primor.

Se ve que no es de por aquí, de verdad, tiene algo esta mujer. ¿Parientes? Una hermana en Vallcarca, pero no se hablan. Esta hermana vivía antes en un pueblecito que se llama La Carroña, en la provincia de Tarragona. ¿Y de la parte de su marido, dice?, bueno su suegra ha muerto en un asilo no hace mucho, había tenido una embolia y ya no conocía a nadie. El suegro también falleció hace un año. Vivían en Mataró, el suegro era pescatero…

Pescador, Rufina. Vas a confundir aquí al señor policía.

El pescador nunca quiso saber nada de su hijo, el señor Bartra. Ya sabe usted, familias rotas, cuentas pendientes, etcétera.

Mujeres engañadas. Hijos muertos. Maridos que nunca volverán a casa. Putas sin piernas y sin alma. Esto es lo que hay, señor.

¿La señora Bartra? De tres meses estará, digo yo.

De cuatro por lo menos, Aurelia.

Y aún dicen:
No me gusta mencionarlo, pero la pelirroja apechugó con dos abortos. Mismamente dos o tres, que yo sepa.

¡Cotilla eres, Consuelo!

Amaba a su hombre. Ahí está la cosa.

Qué tontas somos las mujeres, ¿verdad, usted?

Pues yo, de casa a la iglesia y de la iglesia a casa, señor inspector.

Y qué más, qué más… Bueno, pues que esta señora vive realquilada. Y la de fatiguitas que está pasando. Ahora por lo menos, desde que el pendón de su marido se las piró, duerme tranquila. Y nosotros los vecinos, también. No hay mal que por bien no venga, ¿verdad, usted? Y que si esto y aquello y lo de más allá, y que si patatín y que si patatán.

Andando el tiempo, mi hermano tendría ocasión de observar de cerca la jeta y el comportamiento de algunos fantoches de la Brigada Político-Social, y opinaba que casi todos ellos tienen la misma tosca manera de apabullarte, de plantarse frente a ti y de quedarse quietos igual que pesados armatostes, mirándote con pus en un ojo y el párpado gandul, siempre dejando pasar unos segundos antes de preguntarte nada, y que en esa manera de proceder precisamente el inspector Galván no se parecía a ningún otro; que él tenía una forma especial de quedarse parado largo rato en una esquina o en medio de la calle, o frente a un edificio o detrás de la vidriera de una taberna, un talante muy personal de permanecer quieto y erguido sobre las dos piernas, con su boca sin color muy prieta y sus ojos delgados y fríos, que seguro no alteraban su frialdad si veían algún espanto; allí estaba él mirando con aire taciturno cualquier cosa, lo mismo el escaparate de una floristería que la boca de una alcantarilla o la espalda de alguien alejándose, o un balcón o una ventana cerrada, no como si esperara verla abrirse y que apareciese alguien, sino como si en ese momento acabara de despedirse de ese alguien y se hubiese olvidado de decirle algo que seguro no le iba a gustar. Ya fuera mirando el vestíbulo del cine Delicias o del Iberia, el mercadillo de Camelias o una muchacha bonita que pasa, o interrogando a un grupo de vecinas chismosas en la calle, o simplemente observando a un perro vagabundo, parecía tan acostumbrado a permanecer así de pie, tan quieto y con los hombros un poco encogidos y tan ajeno al trasiego de la vida en torno, a la llovizna gris o al sol implacable, que a menudo parecía alguien llegado de fuera que se hubiera extraviado en el barrio, y que no le importara su extravío ni tuviera prisa por orientarse ni por nada. Su figura alta y de movimientos sinuosos, como retardados, sugería una malformación que en realidad no tenía, una suerte de reflexión muscular o de encantamiento, una disposición física a la inmovilidad.

Quién sabe si ese día también la siguió desde el momento en que ella salió de casa, o quizás ya la esperaba en la esquina de la calle Escorial para verla llegar con su capacho de palma y ponerse a la cola de la parada del 24, la terminal del tranvía. Para matar la espera, la pelirroja enciende un cigarrillo y abre un viejo y querido libro de tapa dura, una novela que yo conservo forrada en papel azul. Siempre le gustó leer y aprovecha para ello cualquier ocasión, cuántas veces David la ha visto de pie en la cocina frente al hornillo eléctrico con el libro abierto en una mano y en la otra la cuchara, removiendo el cocido y bisbiseando con los labios, atenta a la lectura y al condumio como si ambas cosas fueran un rito, y le gusta igualmente poner estampitas de colores muy vivos entre las hojas para saber en qué página está, y forrar los libros como le enseñaron en la escuela cuando era una niña. Ahora, bajo la sombra encendida de la buganvilla que se derrama sobre el muro, en la terminal del 24, ahí está con su hermoso pelo rojo recogido en un moño, su bonito vestido floreado y sus sandalias grises de goma, y el inspector Galván la sigue mirando parado en la esquina, la cabeza gacha y los ojos ocultos bajo el ala del sombrero, muy quieto y caviloso, como si nunca hubiera visto a una mujer leyendo un libro en la calle y fumando un cigarrillo, y encima embarazada. ¿O el hombre no hace otra cosa que cumplir con su trabajo, interesado únicamente en saber adónde va y con quién está citada, y si eso tiene que ver con papá dondequiera que esté? ¿Podría ser que sólo estuviera cumpliendo órdenes?

Lo cierto es que últimamente el guripa empieza a comportarse y a decir cosas que no parecen tener mucho que ver con sus funciones de sabueso. Una semana después de un encuentro nada casual en el mercadillo, al que la pelirroja suele acudir por razones de trabajo, David vuelve a toparse con él al salir del colmado y nuevamente se ve interrogado de forma chocante. Esta vez, luego de echar un vistazo al racionamiento que David lleva en la bolsa de la compra, el inspector quiere saber si mamá, aconsejada por el médico, ha renunciado definitivamente al café que tanto le gusta.

—¿Los polis preguntan estas cosas? —se extraña David—. Vaya, no lo sabía. Pues sí señor, le gusta el café-café. Y la nata, y los churritos calientes. Y a mí también. Ella dice que son antojos. Porque nos gusta a los tres, ¿sabe?

Ciertamente, el café le gusta mucho y su aroma invade con frecuencia el ámbito de sus sueños y sus lecturas, y ahora mismo cree percibirlo impregnando las páginas del libro que está leyendo, perfumando la habitación de la triste y desesperada Natasha. Cierra el libro y lo sujeta en el sobaco. Esta tarde es otra tarde y lleva una blusa malva recién planchada y una holgada falda marrón, zapatos planos y el paraguas colgado del brazo. Al subir al tranvía, el libro resbala del sobaco sin que ella lo advierta, rebota en el estribo y luego en el paraguas, y cae abierto y boca abajo sobre los mojados adoquines. El tranvía emprende la marcha y la rueda lo aparta del raíl suavemente, sin aplastarlo. El inspector diría después que él corrió para avisarla, pero es seguro que no hizo el menor esfuerzo, no merecía la pena correr por algo que, bien pensado, prefería devolverle en persona y en casa. Le veo inclinarse y recoger el libro, eso sí, le veo parado allí en medio de los raíles, la cabeza ligeramente inclinada y la espalda erguida, como reclamando una suerte de desagravio, mientras frota con la manga de la americana la página manchada y magullada, cuidadosamente, con esmero, un hombre que tal vez no había tenido un libro en las manos du

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