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En los Cotswolds se estaba viviendo un agosto que parecía más propio de los trópicos que de Inglaterra. Agatha Raisin entró con su coche en el aparcamiento de Merstow Green, en Evesham, y una vez apagados el motor y el aire acondicionado, se preparó para la bochornosa calima de fuera.
Como tantos otros, Agatha aún pensaba que el calentamiento global no era más que una sarta de mentiras inventada por los ecoterroristas, pero esta larga sucesión de días de calor extremo seguidos de tormentas nocturnas resultaba muy inquietante.
Bajó del coche con un gruñido y fue hasta la máquina de tíquets. ¡Menudo día para teñirse el pelo! Dejó el papelito en el salpicadero y se miró en el retrovisor entornando los ojos. Todavía tenía el cabello castaño, a pesar de los mechones violeta.
La verdad es que se había deprimido un poco desde su «último caso» —así los llamaba ella, que se veía como una especie de Hércules Poirot o Jane Marple—, y encima esta semana se había descubierto un montón de canas horribles. Regordeta, de mediana edad, con bonitas piernas, cara redonda y unos ojillos de oso que observaban el mundo con avidez y suspicacia, Agatha siempre había estado orgullosa de su tupida y lustrosa melena castaña, pero con el baño de color casero sólo había conseguido teñírsela de color violeta. «Vaya a ver al señor John», le había aconsejado la señora Bloxby, la esposa del vicario. «Tiene la peluquería en la calle principal de Evesham. Por lo visto es un mago de los tintes.» Así que había pedido hora y se había venido hasta Evesham, a poco más de quince kilómetros de su pueblo, Carsely.
Dicen las malas lenguas que aquí sólo hay espárragos y desempleo. Pero, efectivamente, los visitantes que se acercan a esta plácida ciudad a orillas del río Avon —en el valle de Evesham, el Jardín de Inglaterra, célebre por sus huertos y viveros, y claro está, por sus espárragos— atraídos por sus edificios históricos es probable que se vayan con la impresión de que ha entrado en decadencia. La población aumenta sin cesar, pero los comercios cierran uno detrás de otro. Los artistas locales se hartan de pintar escenas del antiguo Evesham en los tablones que tapian los escaparates de los locales vacíos. A veces uno tiene la impresión de que en Evesham sólo hay galerías y tiendas de segunda mano. Además de mujeres inmensas, rebosantes de fertilidad, que empujan carritos de bebé. Todas van vestidas con mallas y blusas amplias. ¡Cualquiera diría que mallas, carritos y bebés van en el mismo paquete! Agatha estaba convencida de que muchas tiendas de moda acababan cerrando porque hacía siglos que los dueños no pisaban la calle y desconocían la talla media de la población femenina de Evesham: por eso su ropa sólo llegaba hasta la 44 en lugar de hasta la 50.
Agatha hizo el trayecto sin detenerse a contemplar las imponentes iglesias antiguas que despuntaban a ambos lados de la calle principal. No le interesaba la historia, o al menos no tanto como a su vecino James Lacey, el amor de su vida, que se había ido de viaje dejando su cottage vacío y a Agatha deprimida y llena de canas.
La peluquería se llamaba simplemente Mr. John. La señora Bloxby había insistido en que pidiera hora con el señor John en persona.
Y ahí estaba el rótulo, reluciendo bajo un sol de justicia: un MR. JOHN en letras de latón con filigranas colgado sobre la puerta de una fachada discreta.
Agatha entró. Ni rastro de aire acondicionado, ¡faltaría más! Esto era Inglaterra y en verano hacía fresco; al menos así había sido hasta hace bien poco, de modo que nadie tenía previsto instalarse aire acondicionado todavía.
La recepcionista marcó su nombre en la agenda y pidió a una chica flacucha y con acné que la acompañara al salón. Agatha ya se estaba arrepintiendo de haber ido. Se sentó con desgana en una sala del fondo y la chica fue a buscar al señor John.
Agatha se miraba con hastío en el espejo. Se veía vieja y ajada. De pronto apareció otra cara en el espejo.
—Buenas tardes, señora Raisin, soy el señor John —dijo una voz agradable justo detrás de ella...
Agatha parpadeó. El señor John era alto y muy pero que muy guapo. Tenía una espesa mata de pelo rubio, ojos azules —de un azul intenso, tornasolado, como el ala de un martín pescador— y la piel ligeramente bronceada.
—A ver qué tenemos aquí —dijo.
—Tenemos un pelo violeta —soltó Agatha, que se sentía poca cosa delante de alguien tan atractivo.
—Eso tiene fácil remedio. ¿Le arreglo el peinado también?
Agatha, que lo llevaba más largo que de costumbre, se encogió de hombros. De perdidos al río, pensó.
—¿Por qué no?
—Usted no es de por aquí, ¿me equivoco?
El señor John agitó el tinte con manos fuertes y bien cuidadas.
—No, soy de Londres. —Agatha no tenía ninguna intención de hablarle de su infancia en una barriada de Birmingham—. Tenía una empresa de relaciones públicas, pero la vendí, cogí la jubilación anticipada y me instalé en Carsely.
—Bonito pueblo.
—Sí, un sitio muy agradable.
—¿Y a su marido le gusta?
—Mi marido falleció.
Las manos del peluquero se quedaron suspendidas sobre la cabeza de Agatha.
—Raisin. ¿Raisin? Ese apellido me suena.
—Es muy posible. Lo asesinaron.
—Ah, sí, ya me acuerdo. Debió de ser horrible para usted.
—Ya lo he superado. Hacía años que no veía a mi marido.
—Bueno, una mujer atractiva como usted no estará soltera mucho tiempo.
—Sé que no lo hace con mala intención, y seguro que todas sus aburridas clientas se lo agradecen —soltó Agatha con irritación—, pero yo sé muy bien cuál es mi aspecto.
—Cómo se nota que nunca se ha puesto en mis manos. Cuando termine con usted, tendrá que quitarse de encima a los moscones.
Agatha se rió.
—Está muy seguro de sus habilidades.
—Motivos no me faltan.
—Entonces, si es tan bueno, ¿qué hace en Evesham?
—¿Y por qué no? Me gusta Evesham. La gente es agradable. Aquí soy el rey. En Londres estaría perdido entre tanta competencia. Bien, ya está lista. Pondré el temporizador en marcha. Sharon, tráele un café y unas revistas a la señora Raisin.
Una mujer se sentó en la silla de al lado.
—¿Preparada para un nuevo tinte, Maggie? —la saludó el señor John.
—Si lo crees conveniente... —dijo ella mirándolo embelesada.
—¿Le gustó a tu marido el peinado?
—A él no le gusta nada de mí —dijo Maggie con tono quejumbroso—. Sólo oigo malas palabras de la mañana a la noche. Te lo prometo, John, si no fuera por ti, que siempre me animas, me mataría.
—Vamos, mujer. Te sentirás mejor en cuanto haya terminado contigo.
Mientras esperaba a que el tinte hiciera efecto, Agatha escuchaba las conversaciones que las otras clientas mantenían con John y sus ayudantes, sorprendida por el desparpajo con que éstas les contaban sus intimidades.
Ella miraba disimuladamente al señor John: su cuerpo atlético, ese pelo rubio y, sobre todo, aquellos ojos azules, azulísimos.
Agatha se sentía viva por primera vez en semanas.
El temporizador pitó y la acompañaron a un lavacabezas para quitarle los restos del tinte. Luego volvió con el señor John, que empezó a ponerle rulos.
—Creía que sería sólo peinar con secador.
—Voy a hacerle un recogido... Agatha. Su nombre es Agatha, ¿verdad?
Un peluquero menos atractivo habría recibido uno de sus bufidos —¡ella era la señora Raisin!—, pero esta vez Agatha sólo asintió.
—Le encantará.
—Nunca me he hecho un peinado así. Siempre he llevado el pelo corto.
Él chasqueó la lengua.
—Sólo las mujeres que no se dan la importancia que se merecen llevan siempre el pelo corto. Una mujer con la nuca al aire es una mujer con la autoestima baja. A ver qué le parece: si no le gusta cómo le queda, le deshago el peinado y le corto el pelo.
Agatha dio su aprobación con reticencia. Estaba sudando, ¿cómo lo hacía el señor John para estar así de fresco? Después de pasarse horas bajo el secador, o al menos eso le pareció, la sentaron de nuevo con él.
Sin más preámbulos, el peluquero se puso manos a la obra. Agatha observaba con emoción cómo iba emergiendo su nuevo aspecto. Su pelo volvía a ser castaño y reluciente, pero ahora lo llevaba recogido en un moño francés, con mechones enmarcándole la cara, de manera que parecía más delgada. Se olvidó del calor. Sonrió al señor John sinceramente agradecida.
Durante el camino de vuelta, no podía dejar de mirar su reflejo en los escaparates de la calle principal. Estaba encantada. Pero entonces se dio cuenta de que no había pedido hora para el mes siguiente. ¡Cómo se notaba que iba poco a la peluquería! En realidad sólo se cortaba el pelo en Londres cuando veía que lo llevaba demasiado largo.
Al llegar a casa abrió todas las puertas y ventanas para que entrara un poco de aire fresco. Sus dos gatos salieron disparados al jardín y se tumbaron en la hierba para aletargarse bajo el sol.
Miró su teléfono mudo. Era triste, pero nunca sonaba. Su amigo, el sargento Bill Wong, estaba de vacaciones; sir Charles Fraith, que se había implicado mucho en un par de casos, andaba por el extranjero; sólo Dios sabía por dónde andaba James Lacey; y Roy Silver, su antiguo empleado, ya ni siquiera se tomaba la molestia de llamarla de vez en cuando.
Se acordó de que esa noche se reunía la Asociación de Damas de Carsely. Era una buena ocasión para presumir de peinado.
Las reuniones de la asociación se celebraban en la vicaría, pero la señora Bloxby había sacado unas cuantas sillas y mesas al jardín para que no se asaran de calor.
El peinado de Agatha recibió muchos elogios.
—¿Dónde se lo ha hecho? —preguntó la señora Friendly, una mujer rolliza y jovial que normalmente hacía honor a su amigable apellido. Se había mudado al pueblo hacía relativamente poco y servía de antídoto a otra recién llegada, la señora Darry, que mordisqueaba un trozo de pastel con la concentración de un conejo.
—En la peluquería Mr. John, en Evesham —dijo Agatha.
Para su sorpresa, la señora Friendly frunció el ceño como un niño dolido.
—Yo nunca iría allí —dijo en voz baja.
—¿Por qué?
Agatha miró con descaro el pelo castaño apagado de la señora Friendly, los mechones grasientos que enmarcaban su cara sudorosa.
—Por nada, una oye cosas —murmuró la señora Friendly.
—¿Sobre el señor John?
—Sí.
—¿Qué cosas?
—Tengo que hablar con la señora Bloxby —dijo la señora Friendly, y se alejó.
Agatha se la quedó mirando y luego se encogió de hombros. Se le acercó la señorita Simms, la madre soltera de Carsely y secretaria de la asociación.
—Está espléndida, señora Raisin. —Hacía mucho que Agatha había renunciado a seguir pidiendo que la llamaran por su nombre de pila. A todas parecía gustarles la anticuada formalidad de los apellidos. La señorita Simms llevaba unos pantalones muy cortos, una camiseta sin mangas y sus habituales tacones de aguja—. ¿Dónde se lo han hecho?
—En Mr. John, en Evesham.
—Ah, yo fui una vez para que me peinaran. Era dama de honor en la boda de mi hermana Glad. Me hizo un peinado precioso, pero él no me cayó bien.
—¿Por qué?
—Se lo tenía muy creído. Se le caía la baba con las clientas más ricas.
Agatha se encogió de hombros.
—En realidad no importa mucho cómo sea un peluquero, ¿no?
—A mí sí. Quiero decir, no me hace gracia que me toque alguien que no me gusta.
Se dio aviso del inicio de la reunión. La asociación iba a dar uno de sus conciertos en Ancombe. A Agatha le cayó el alma a los pies. Los conciertos de la Asociación de Damas representaban una verdadera tortura para ella: eran unas veladas interminables, llenas de canciones estridentes y actuaciones lamentables.
La señora Darry, con su cara de hurón, abrió la boca para hablar: le centelleaban los ojos. Vestía blusa, americana y falda de tweed, pero no parecía notar el calor.
—¿Por qué la señora Raisin nunca se ofrece voluntaria para nada?
—¿Y por qué no se ofrece usted? —le espetó Agatha.
—Porque yo me encargo del té.
—No tengo talento —dijo Agatha.
La señora Darry soltó una risotada.
—Tampoco lo tienen las demás, pero eso no les impide colaborar.
—A ver, por favor, ha sido un comentario muy desagradable —se quejó la señora Bloxby.
La señorita Simms, que se había ofrecido a hacer su imitación de Cher, fulminó a la señora Darry con la mirada.
—Foca celosa —dijo.
—Me están entrando ganas de dejar que se preparen el té ustedes solas —dijo la señora Darry.
Se hizo el silencio.
—Ya lo haré yo —dijo Agatha.
—Buena idea —dijo la señorita Simms.
La señora Darry se puso en pie.
—En ese caso, viendo que no necesitan mis servicios, me voy a casa.
Y salió muy ofendida del jardín.
Agatha se mordió el labio. Con aquel calor, lo último que le apetecía era preparar la merienda para las mujeres de la asociación.
El abatimiento de estas últimas semanas, que había desaparecido después de la visita a la peluquería, volvió a instalarse sobre ella como una nube oscura. Ésta es tu vida, Agatha Raisin: atrapada en un pueblo de los Cotswolds, sin un ápice de aventura, sin nada que hacer aparte de preparar el té a esta pandilla de mujeres aburridas, pensó.
Acabada la reunión, volvió a casa con andar cansino. No corría ni una pizca de aire. Abrió todas las ventanas. Miró el teléfono mudo. ¿Habría llamado alguien mientras estaba fuera? Marcó el número del buzón de voz.
«Tiene un mensaje. ¿Quiere escucharlo?», pronunció una voz de dicción clara y pausada.
—Pues claro que quiero, zorra estúpida —gruñó Agatha.
Siguió un silencio.
«No he entendido bien. ¿Quiere escuchar su mensaje?», repitió la voz con delicadeza.
—Sí.
Sonó un clic.
«¿Qué tal estás, Aggie? ¿Te apetece quedar para cenar mañana?», dijo sir Charles Fraith, con ese timbre tan bien modulado.
Agatha se animó. Aunque se habían distanciado un poco después de la noche que habían pasado juntos en Chipre —una noche de sexo a la que Charles había dado muy poca importancia—, le apetecía mucho salir a cenar y exhibir su nuevo peinado.
Marcó su número y le salió el buzón de voz. Le dejó el mensaje de que pasara a recogerla a las ocho de la tarde del día siguiente.
Su desánimo volvió a evaporarse. Subió a la planta de arriba, se dio un baño y se acostó. Quería mantener el peinado intacto, pero al apoyarse en la almohada las horquillas se le clavaban en la cabeza. Al final tuvo que levantarse y quitárselas todas antes de acostarse de nuevo. Se pasó toda la noche dando vueltas en la cama por el agobiante calor. Hacia las dos de la madrugada se oyeron truenos y rompió a llover, pero el ambiente no refrescó.
Cuando se levantó por la mañana, descubrió que tenía el pelo hecho un desastre, húmedo y despeinado de tanto sudar y moverse.
Esperó a que abriera la peluquería Mr. John y llamó para ver si le podían dar hora ese mismo día.
—Lo siento, señora Raisin —dijo la recepcionista en un tono bastante engreído—. El señor John tiene todas las horas reservadas.
—Pásemelo.
—Perdón, ¿cómo ha dicho?
—He dicho que me lo pase... ¡ya!
—Ah, muy bien.
—¡Agatha! —El señor John la saludó como si se conocieran de toda la vida.
—Tengo una cena y el peinado está hecho una ruina. ¿Podría hacerme un hueco?
—Me encantaría ayudarla. Déjeme ver. Dame la agenda, Josie.
Se oyó el leve crujido de las hojas y al poco rato él volvió al teléfono.
—Como ayer le lavamos el pelo, podría ponerle unos rulos y arreglarle el recogido... Pero tendría que ser a las cinco en punto.
Agatha pensó rápidamente. Sí, tendría tiempo de sobra para volver a casa y arreglarse para quedar con Charles.
—Perfecto. Ahí estaré —dijo.
Subió al dormitorio y abrió de par en par las puertas del armario. ¿Qué iba a ponerse? Todavía tenía aquel vestido negro corto que no había vuelto a llevar desde Chipre. A Charles le había gustado. Se lo probó. Le quedaba holgado. Era extraño, pensó Agatha, que la amargura consiguiera lo que las dietas y el ejercicio no habían logrado. Había adelgazado.
Decidió acercarse en coche a Mircester y comprarse algo nuevo.
El volante le quemaba las manos. Ya estaba fuera del pueblo, acelerando por la Fosse Way, cuando el aire acondicionado empezó a funcionar.
Mircester relucía bajo la luz cegadora. Encontró aparcamiento sin dificultad. Por lo visto mucha gente había optado por no salir de casa. Agatha se puso las gafas de sol y entornó los ojos al cielo. Ni una sola nube. Fue directa a Harris Street, junto a la plaza principal, donde se concentraban todas las tiendas caras.
Entró en una tras otra. En todas hacía un calor asfixiante, hasta que decidió no probarse ni un vestido más. Tal vez debía conformarse con uno de sus viejos vestidos. Le quedaría un poco ancho, pero así estaría más cómoda, porque seguro que el restaurante no tendría aire acondicionado.
Agatha ya había decidido olvidarse del asunto cuando, al pasar por delante de una callejuela que salía de Harris Street y daba a la abadía, reparó en que el mercado semanal estaba montado y en plena algarabía. Compraría algo para la ensalada. De camino a los puestos de verdura se fijó en varios tenderetes repletos de ropa de colores alegres. Le llamó la atención un vestido de algodón de color escarlata con flores de loto blancas. Tenía un estilo elegante y natural. Agatha lo toqueteó. Un vendedor indio apareció junto a ella.
—Bonito vestido —dijo.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Agatha sin estar muy convencida.
—Catorce libras.
Eso aún le hizo dudar más. Era muy barato. Seguro que se arrugaba o se descosía a la mínima. Había ido a Mircester dispuesta a gastarse unas doscientas libras.
—Haremos una cosa —dijo el hombre con desgana—, se lo dejo en doce.
—De acuerdo, me lo quedo.
El vendedor metió el vestido en una bolsa de plástico roñosa.
—Qué calor hace, ¿verdad? —dijo Agatha dándole el dinero.
—Ahora no me salga con que yo debo de estar acostumbrado —dijo él con malas pulgas—. Nací en Birmingham.
Agatha casi suelta un «Yo también», pero se calló. Se avergonzaba de sus orígenes.
En cuanto llegó a casa se probó el vestido. Era muy bonito. Y con su cadena de oro gruesa, incluso parecería caro.
Y ahora, a la peluquería.
En Evesham hacía aún más calor que en Mircester. Agatha pensó con nostalgia en su antiguo y sencillo peinado, que podía lavarse y arreglarse sola.
Pero ahí estaba el señor John, más elegante y apuesto que nunca.
—¿Tiene una cita? —le preguntó.
—Sí.
—¿Alguien especial?
Agatha no se pudo resistir y soltó:
—Pues, a decir verdad, es con un baronet.
—Vaya, qué categoría. ¿Qué baronet?
—Sir Charles Fraith.
—¿Y cómo lo conoció?
Agatha estaba a punto de decir «en un caso», pero luego pensó que daría la impresión de que alguien como ella no podía conocer a nadie con un título nobiliario, así que contestó, sin darle importancia:
—Es de mi círculo de amigos.
Y espero que eso te calle la boca, pensó.
—Qué lástima —dijo él.
—¿Qué es una lástima?
—Le parecerá muy descarado por mi parte, pero estaba pensando en pedirle una cita.
—¿Por qué? —preguntó Agatha sorprendida.
—Es una mujer muy atractiva.
Y rica, pensó Agatha con cinismo. Pero el señor John era tan apuesto... con esos intensos ojos azules y esa mata de pelo rubio. Si James volvía y los encontraba saliendo juntos, tal vez le entrarían celos y tal vez por fin le escucharía decir con esa voz ronca: «Sabes que siempre te he querido, Agatha.»
—En fin, lo siento —dijo el señor John, y clavó una horquilla en la coronilla de Agatha justo cuando sus sueños explotaban como una pompa de jabón.
—Quizá alguna noche... —dijo Agatha con cautela—. Déjeme pensarlo.
Pero la invitación le había sentado de maravilla. El señor John era un mago de los tintes y sabía peinar con elegancia.
Agatha salió y fue a buscar el coche. Lo había dejado en una zona amarilla.
—Fíjese dónde han aparcado —le siseó una voz al oído.
Agatha se dio la vuelta. Era una mujer regordeta y desaliñada que miraba con furia tras unas enormes gafas gruesas. Agatha se encogió de hombros y abrió la puerta del coche.
—¡¿Es suyo?! ¿Es que no sabe que está prohibido aparcar ahí?
Agatha se encaró con ella.
—No obstruyo el tráfico ni estorbo a nadie —dijo controlando su tono de voz—. Tampoco soy responsable de la descabellada distribución de los aparcamientos en Evesham ni del estúpido sistema de sentido único. Pero usted, con el calor que hace, ¿no tiene nada mejor que hacer que meterse con los conductores? Váyase a casa, siéntese a tomar un té, ponga los pies en alto ¡y deje de incordiar!
Y haciendo oídos sordos al torrente de insultos, se subió al coche y se fue.
Charles llegó puntualmente a las ocho. Le dio un casto beso en la mejilla.
—Me gusta tu peinado, Aggie. Y el vestido. De hecho, esta tarde he comprado uno igual para mi tía en el mercadillo de Mircester. No hacía más que quejarse de que no tenía nada elegante que ponerse.
—Pues yo éste lo compré en Harrods; el del mercadillo debe de ser una imitación barata —mintió Agatha, que ya no se sentía tan contenta con su aspecto—. ¿Dónde vamos a cenar?
—Había pensado que podíamos ir al Little Chef.
Little Chef es una cadena de restaurantes fiables pero no precisamente elegantes.
—No me vas a llevar a cenar a un Little Chef. Eres un tacaño, Charles.
—Me gusta la comida —dijo él a la defensiva—. Aunque supongo que tú prefieres alguna bazofia extranjera. Bueno, anda, sírveme un whisky y pensaré en otro sitio.
