Sobre la India
La India es una de las sociedades más antiguas y complejas del mundo, y yo estaba algo asustada ante la extensa documentación e investigación que necesitaría realizar si iba a constituir el entorno de Abrazos de seda. Sin embargo, puesto que mi héroe, Ian Cameron, era un oficial del ejército indio, crucé los dedos y me tiré de cabeza.
La mayoría de los norteamericanos pensamos en la India colonial tal como era en la primera mitad del siglo XX. Pero esa es solo una pequeña parte de la historia, porque la larga relación de Gran Bretaña con el subcontinente indio atravesó muchas fases. Comenzó el último día del año 1600, cuando la reina Isabel I firmó un documento que concedía a la Compañía de las Indias Orientales derechos exclusivos de comercio con las Indias Orientales.
La Compañía se formó con puros propósitos comerciales, pero para el momento de su disolución, doscientos cincuenta años más tarde, se había convertido en la mayor corporación que había visto el mundo. No solo contaba con su propio ejército y armada, sino que era responsable de casi una quinta parte de la población mundial.
A partir de 1833 la Compañía dejó de dedicarse al comercio para convertirse en una corporación que administraba la India en nombre del Imperio británico. La Compañía y el gobierno de Gran Bretaña estaban tan entrelazados que las tropas de la reina servían codo con codo con unidades del ejército indio, mucho más grande. Por cierto, en esta época la autoridad británica se conocía como el Sirkar; el término «Raj» no se utilizó hasta mucho más tarde.
Grandes partes del subcontinente no llegaron a estar nunca bajo el control británico. Más de quinientos estados de todos los tamaños, desde algunos diminutos hasta otros enormes, siguieron gobernados por príncipes nativos, una situación que no cambió hasta la declaración de independencia en 1947. Los principados disfrutaban de diversos grados de independencia. En 1841 el más fuerte de estos territorios representaba una auténtica amenaza para el poder británico.
El Sirkar tenía que recelar no solo de los poderosos príncipes nativos y las tribus que guerreaban en la frontera, sino también de Rusia, porque nada habría gustado más a los zares que añadir la India al creciente Imperio ruso. El conflicto encubierto entre los agentes rusos y los británicos en Asia central se llegó a conocer como el «gran juego» y definió los parámetros de la guerra fría del siglo XX.
Hasta finales del primer cuarto del siglo XIX administradores y soldados mantenían estrechos lazos con los nativos y apenas existía el atroz racismo que ensombreció más adelante el período colonial. De hecho, puesto que en la India había pocas mujeres europeas, la Compañía animaba a sus empleados a tomar esposas o amantes nativas. La mezcla de razas no era un estigma, y muchos hombres distinguidos, como el primer ministro lord Liverpool y el mariscal de campo lord Roberts, tenían antepasados indios.
Un paradigma de la situación racial fue la unidad de caballería, un cuerpo de élite del ejército indio conocido como Skinner’s Horse. Fue fundado por James Skinner, hijo de un oficial británico y una mujer de Rajput. A finales del siglo XIX, la herencia mixta de Skinner le habría impedido servir en el regimiento que él mismo había creado.
A medida que mejoraron los medios de transporte, más europeos acudieron a la India, y la afluencia de mujeres, misioneros y moralistas cambió el ambiente. Los oficiales británicos pasaban menos tiempo con sus hombres y las fronteras sociales se endurecieron, contribuyendo a la tristemente famosa rebelión de los cipayos en 1857. El motín marcó el final de la Compañía de las Indias Orientales, puesto que el Parlamento decidió que la India era demasiado importante para dejarla en manos de una corporación privada. La corona asumió el gobierno directo del territorio, incluidas algunas instituciones de la Compañía como la muy respetada administración británica y el ejército indio.
Quisiera añadir una nota en cuanto al idioma. La mayoría de las lenguas de Pakistán y el norte de la India están muy emparentadas y se derivan del persa que hablaban los primeros invasores. La lengua franca del ejército era una forma de urdu, mientras que la élite hablaba persa. Hoy en día el hindi y el urdu son básicamente el mismo idioma escrito de manera diferente, y a veces el conjunto de ambos se denomina indostaní.
Los príncipes nativos, la primera guerra afgana y tempranos episodios que ayudaron a precipitar la rebelión de los cipayos diecisiete años más tarde: para un autor el material era de una riqueza que casi daba vergüenza. Aunque el tema central de Abrazos de seda es el idilio entre Ian y Laura, he intentado también hacer justicia al fascinante entorno de la historia. Espero que disfruten de su viaje imaginario a la India tanto como yo disfruté escribiendo acerca de ella.
Todo tiene su momento, y cada cosa
su tiempo bajo el cielo:
Su tiempo el nacer,
y su tiempo el morir;
su tiempo el plantar,
y su tiempo el arrancar lo plantado.
Su tiempo el matar,
y su tiempo el sanar;
su tiempo el destruir,
y su tiempo el edificar.
Su tiempo el llorar,
y su tiempo el reír;
su tiempo el lamentarse,
y su tiempo el danzar.
Su tiempo el lanzar piedras,
y su tiempo el recogerlas;
su tiempo el abrazarse,
y su tiempo el separarse.
Su tiempo el buscar,
y su tiempo el perder;
su tiempo el guardar,
y su tiempo el tirar.
Su tiempo el rasgar,
y su tiempo el coser;
su tiempo el callar,
y su tiempo el hablar.
Su tiempo el amar,
y su tiempo el odiar;
su tiempo la guerra,
y su tiempo la paz.
Eclesiastés 3:1-8
Prólogo
Puerto de Bombay, septiembre de 1841
Ian Cameron no necesitaba su ojo bueno para reconocer Bombay; podría haber identificado la India solo por el olor. A medida que la goleta entraba poco a poco en el puerto le fueron asaltando los aromas de las especias y flores y el ligero hedor subyacente de la descomposición. Recibió asimismo la embestida de los vibrantes colores. Los brillantes dorados y escarlatas eran impactantes después de los suaves tonos del mar Arábigo.
El barco dio una sacudida en el valle de una ola e Ian se agarró a la borda con la mano izquierda. Ante las bruscas imágenes y sonidos de los muelles echaba de menos la quietud del desierto de Asia central, que había atravesado cuando lo rescataron de Bokhara. Estaba tan concentrado en sobrevivir que no había sabido apreciar cómo los tonos sutiles del desierto le habían ido reintroduciendo poco a poco en el mundo de los vivos.
Durante las semanas que pasó con su hermana Juliet y su cuñado Ross necesitó hacer un esfuerzo inmenso para no perder el control, para hacer chistes irónicos y fingir que no le pasaba nada que no pudiera curarse con tiempo y unas cuantas comidas decentes. Pero a pesar de sus esfuerzos no creía haber sido del todo convincente. Sintió un alivio casi vergonzoso cuando le llegó el momento de volver solo a su regimiento en la India.
Se frotó con aire ausente el parche negro que le cubría el ojo derecho. Luego se pasó los dedos por el pelo castaño. Le dolía la cabeza, pero menos de lo habitual. Tal vez porque por fin estaba en la tierra que había sido su hogar durante la mayor parte de su vida adulta. Durante los últimos dos años infernales lo único que deseaba era volver a la India, volver con su prometida.
Georgina. La rubia y elegante Georgina, la chica británica más solicitada de todo el norte de la India. Ian se dio cuenta de que se le aceleraba el corazón, tanto de ansiedad como de emoción. Respiró hondo hasta que se le pasó el miedo. Más que la India, más que a sus amigos del regimiento, necesitaba ver a Georgina, tenerla de nuevo entre sus brazos. Entonces todo iría bien.
Se aferró a la borda de teca hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Y rezó a Dios para que todo fuera bien.
1
Estación de Baipur, norte de la India central
Pesadillas otra vez. Laura se despertó jadeando y se incorporó en la cama manoteando y sacudiendo la mosquitera de muselina que la rodeaba. Enterró temblando la cara entre las manos.
Cuando se calmó un poco el miedo se reprochó haberse agitado tanto cuando sus pesadillas eran muy viejas amigas. Comenzaron cuando tenía seis años, la primera vez que fue testigo de la violencia que podía existir entre un hombre y una mujer.
Con el tiempo nuevas escenas se habían ido añadiendo a las pesadillas. La peor era la tragedia que había destruido su infancia, aunque las imágenes no se limitaban a los años vividos como Larissa Alexandrovna Karelian. De hecho, el evento más humillante sucedió después de que se convirtiera en Laura Stephenson.
Hoy en día las pesadillas no eran frecuentes y por lo general solo las tenía ante la perspectiva de un cambio inminente. Pero por desgracia las imágenes no habían perdido ni un ápice de sus vívidas emociones: miedo, repugnancia y vergüenza. Pasión, desastre, muerte.
Laura se apartó cansinamente el pelo rojizo de la frente húmeda. Era una mujer de veinticuatro años generalmente equilibrada, serena y compuesta en extremo, pero en sus pesadillas era siempre una niña frenética y aterrada, y por más que hubiera madurado eso no había cambiado en nada. Tal vez debería conformarse y dar las gracias porque los malos sueños solo acudían a ella dos o tres veces al año.
Parecía absurdo tener pesadillas cuando ella misma estaba encantada ante el cambio que se avecinaba. Al día siguiente se marcharía con su padrastro a realizar un recorrido por el distrito, que era la parte más gratificante de la rutina anual. Sin embargo la perspectiva había despertado a sus demonios interiores que habían lanzado uno de sus periódicos asaltos.
El aire había refrescado, la temperatura era agradable y en la terraza los móviles tintineaban suavemente bajo la brisa. Laura alzó la mosquitera y se levantó descalza. Sin hacer caso a los posibles escorpiones se acercó a la ventana, desde donde se veían, hacia el este, las primeras luces del amanecer. Bien. Aquello significaba que no tenía que dormirse de nuevo.
Como muchos británicos en la India, su padrastro y ella tenían la costumbre de pasear a caballo muy temprano, antes de que se asentara el calor del día. El hombre no tardaría en levantarse y desayunarían juntos té con tostadas. Después del paseo él atendería a sus deberes como recaudador del distrito y ella se encargaría de los múltiples detalles necesarios para cerrar la casa y preparar el viaje. Sería un día ajetreado y predecible.
Pero por un momento, antes de encender la lámpara, Laura saboreó las melodiosas notas de los móviles y los otros sonidos y olores de la noche. La brisa le acariciaba el rostro y la oscuridad voluptuosa la llamaba. La pasión era la naturaleza de la India y a veces, demasiado a menudo, Laura ansiaba rendirse a ella. Se pasó sin pensar las manos por el cuerpo, recorriendo los pechos y las caderas mientras sentía el cálido palpitar de la piel bajo el fino camisón de muselina.
Luego, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, se sonrojó y le dio la espalda a la peligrosa sensualidad de la noche.
Estaba en la cocina seleccionando víveres cuando entró el criado personal de su padre para anunciar que el magistrado de la unión había ido a visitarla. Laura arrugó la nariz, porque lo que menos le hace falta a una mujer que está haciendo el equipaje es una visita.
—Gracias, Padam. Dile al señor Walford que voy ahora mismo.
Echó a andar por el pasillo cubierto que unía el edificio de la cocina con el bungalow y fue a su dormitorio a mirarse al espejo. Como esperaba después de horas de trajinar, parecía que la hubieran arrastrado por los matorrales. Tenía el pelo revuelto, con mechones disparados en todas direcciones desde el moño. Aquello no le importaba mucho, pero sí el hecho de tener el vestido empapado de sudor y pegado a la piel, porque lo último que le hacía falta a Emery Walford era la más mínima provocación. Llamó a su doncella y se puso un vestido suelto de muselina blanca antes de ir a recibir a su invitado.
La terraza, a la sombra de los enrejados cubiertos de enredaderas, era el lugar más agradable de la casa. En cuanto Laura apareció el magistrado se puso en pie. Era un joven apuesto de un metro ochenta.
—Buenas tardes, Laura. Ya sé que debes de estar ocupada, pero quería despedirme antes de que te marcharas. —Tragó saliva y añadió, con muy poca imaginación—: Hoy hace mucho calor.
—Pero pronto empezará el fresco, durante seis gloriosos meses. —Laura le hizo un gesto para que se sentara. Ella eligió una silla de mimbre a una distancia segura. A pesar de todo, le incomodaba notar su ansiedad. Desde que Laura tenía catorce años los hombres la habían deseado. Incluso con los ojos cerrados advertía la presión caliente y silenciosa del hambre masculina.
Solo Dios sabía por qué tantos hombres la deseaban, porque no era una belleza y desde luego ella no les animaba en absoluto. A pesar de todo, el deseo casi siempre estaba allí. La admiración de la mayoría de los varones era caballerosa y no suponía un problema, pero el patente anhelo de Emery resultaba embarazoso. Era una lástima, porque a Laura le agradaba su inteligencia y su seriedad. Habrían sido buenos amigos si él no la deseara de manera tan obvia.
No tardaron en servirles pastelillos jelabi y té.
—¿No sería mejor esperar a que pasara el calor antes de emprender el viaje? —preguntó el joven magistrado—. Esta temperatura es enervante.
—Pero acampar es muy estimulante —replicó ella con una sonrisa—. Llevamos semanas pensando en ello. Mi padre dice que el recorrido por el distrito es la parte más importante de su trabajo.
Emery, con la vista baja, removió el té para disolver el azúcar.
—Yo… os echaremos de menos aquí en el puesto a ti y a tu padre.
—Volveremos antes de que os deis cuenta —respondió ella enseguida.
—No volveréis casi hasta Navidad. —Emery vaciló, como intentando hacer acopio de valor para decir algo importante.
—Ahora que se acerca la época de la caza del jabalí estarás muy ocupado —comentó Laura, cambiando hábilmente de tema—. Mi padre dice que le has comprado un magnífico caballo nuevo a un comerciante afgano.
Emery se animó y se puso a describir su nueva montura, un tema que duró mientras se tomaban el té con pastas. Laura asentía en los momentos adecuados, pero estaba distraída con la incómoda certeza de que más tarde o más temprano, y a pesar de todos sus intentos por mantenerle a raya, Emery le pediría que se casara con él. La oferta no era muy halagadora, porque por lo menos la mitad de los solteros británicos que había conocido en la India se le habían declarado. Había tal escasez de chicas europeas que hasta la más fea y antipática recibía unas cuantas proposiciones.
Pero aunque la oferta parecía inevitable, Laura prefería posponerla todo lo posible, porque su negativa crearía cierta tensión. Los pocos británicos que vivían en Baipur se veían mucho unos a otros, y había que evitar cualquier cosa que provocara tirantez.
Y lo que era peor, tal vez tuviera la tentación de aceptar, porque Emery era guapo y simpático. En más de una ocasión Laura se había sorprendido pensando que no se parecía en nada a Edward, así que quizá no sería arriesgado casarse con él. Resultaría placentero notar en torno a ella sus brazos fuertes, sentir sus labios y sus manos…
Cada vez que sus pensamientos llegaban a este punto, sus especulaciones se ahogaban en una ola de pánico. El problema no era Emery, sino ella, y el matrimonio era del todo imposible.
Cuando terminó el té se levantó y tendió la mano.
—No quiero parecer grosera, Emery, pero tengo que volver al trabajo, porque si no nos vamos a encontrar en lo más profundo del país sin té, sin quinina o sin algo igualmente esencial.
—Si necesitáis cualquier cosa, mándame un mensaje y te la enviaré de inmediato. —El magistrado no le soltaba la mano—. Laura… tengo que decirte una cosa.
Pero antes de que pudiera proseguir apareció el padrastro de Laura como una tabla de salvación. Mientras Kenneth Stephenson subía los escalones de la terraza, su perceptiva mirada evaluó la situación y una chispa divertida apareció en sus ojos color azul claro.
—Buenos días, Emery. ¿Te marchabas?
El joven soltó la mano de Laura sonrojándose.
—Sí. Solo… solo pasaba para desearles a los dos un buen viaje. —Miró un instante a Laura con anhelo y de inmediato se dio la vuelta—. Espero que vuelvan muy pronto.
Mientras el joven se alejaba en su caballo, Laura ordenó otra bandeja de refrescos.
—Has llegado justo a tiempo, papá. Creo que Emery estaba a punto de declararse.
—Pues el chico tampoco está tan mal —replicó Kenneth Stephenson muy serio—. Es un poco inmaduro, pero será un excelente marido. Viene de buena familia, es de temperamento agradable y muy bueno en su trabajo. Llegará lejos.
—Cuanto más lejos mejor. Yo prefiero quedarme contigo. Eres mejor compañía.
Su padrastro sonrió con cierta nostalgia.
—Deberías buscarte un marido y formar tu propia familia.
Era una discusión antigua.
—Mi familia eres tú —replicó ella—. Me necesitas. Yo tengo que cuidarte y ver que comes como es debido.
Él jugueteó con uno de los crujientes jelabis.
—Yo no estaré contigo siempre, cariño.
Preocupada al oír su tono, Laura le miró a la cara. Era fácil pasar por alto los cambios sutiles en una persona a la que veía cada día. Ahora se dio cuenta sobresaltada de que se había quedado muy delgado, se le marcaban muchas arrugas en la piel bronceada y tenía el pelo más gris que castaño. Era mayor que la mayoría de los oficiales del distrito, y la vida en la India era ardua incluso para los que eran jóvenes y fuertes.
—Trabajas demasiado. Tal vez haya llegado el momento de jubilarte. Así podríamos volver a Inglaterra.
—¿Qué es lo que piensas de la India en realidad? —preguntó él—. Yo, por mí, me quedaría aquí para siempre, pero es una vida muy dura para una joven. A veces me pregunto si no estarás fingiendo ser feliz para que yo no me sienta culpable por haberte traído.
—Tú no me trajiste. Yo insistí en venir contigo, ¿te acuerdas? —Laura miró distraída el frondoso paisaje verde, pensando en qué decir—. No me arrepiento de vivir aquí. La tierra y la gente son fascinantes, y entiendo por qué los quieres tanto. Pero incluso después de cinco años se me hace extraño este país. No llegaré a entenderlo nunca.
—Para amar no hace falta entender —dijo él con afecto—. Tú tienes una parte rusa muy intensa que yo nunca comprenderé, pero no por eso te quiero menos.
—Yo no soy rusa. Soy una británica civilizada. —Para demostrarlo se sirvió más té y añadió una generosa cantidad de leche—. Lo que pasa es que nací en Rusia, pero nada más.
—Y viviste allí hasta los nueve años. Por mucho tiempo que pases en Inglaterra, eso no va a cambiar. —Kenneth sonrió—. Cuando me miras con esos rasgados ojos dorados eres la viva imagen de tu madre, y no había persona más rusa que Tatyana.
—Pero yo no me parezco a ella —respondió Laura incómoda—. Solo en lo físico.
Kenneth movió la cabeza, pero no dijo nada. La miró a los ojos.
—Si me ocurriera algo, prométeme que no me llorarás mucho tiempo, cariño, y que pensarás en serio en casarte.
Laura, alarmada, dejó la taza y se lo quedó mirando.
—Esta conversación es muy rara. ¿Me estás ocultando algo? ¿Te encuentras mal?
—No, no es eso. —Kenneth se encogió de hombros—. Es que una vez un sacerdote brahmán me sacó el horóscopo y me dijo que moriría poco después de cumplir los sesenta.
Y su cumpleaños había sido una semana antes. Laura se sintió como si la asaltara una ráfaga helada.
—¡Eso es una tontería, papá! ¿Cómo va a saber un pagano supersticioso cuándo te vas a morir?
—A lo mejor el sacerdote se equivocó. Claro, que tal vez tenía razón. Yo he visto muchas cosas en la India que son inexplicables en términos occidentales —contestó con calma Kenneth—. También he adquirido algo del fatalismo oriental, creo, porque la idea de la muerte no me asusta. He hecho un balance de mi vida y en general estoy satisfecho con lo que he hecho. —Suspiró—. Pero me preocupa lo que te pase a ti. Debería haber prestado más atención a los asuntos financieros, porque no tengo mucho que dejarte.
—Tú ya me has dejado todo lo que importa —contestó ella en voz baja—. No tienes que preocuparte. Sobreviviré muy bien yo sola.
—Ya sé que te sabes cuidar, pero la vida es más que pura supervivencia. Es también amistad, amor, compañerismo. Me preocupa que te pases sola el resto de tu vida y pierdas la ocasión de tener mucho más.
Laura se mordió el labio, sabiendo que su padrastro había adivinado su aversión al matrimonio. No era un tema que estuviera dispuesta a discutir, ni siquiera con él, porque nada la haría cambiar de opinión. Sin embargo sí estaba dispuesta a mentir un poco para dejarle tranquilo.
—La vida es impredecible, sobre todo en la India. Yo podría morirme veinte años antes que tú. —Laura se estremeció de manera exagerada—. Pero te prometo que si te pasara algo, yo me casaría. Una mujer necesita a un hombre, aunque solo sea para que mate a los bichos más grandes. Ya sabes que odio a los ciempiés.
Kenneth se echó a reír, con una expresión más tranquila.
—Cuando te cases ya verás que un marido sirve para otras cosas, además de matar bichos. Cuando ya no tengas que estar cuidando de mí, verás cómo disfrutas la compañía de los jóvenes de tu edad.
Tal vez, pero a pesar de todo no estaba dispuesta a casarse. Nunca jamás.
2
Estación de Cambay, norte de la India
En sus ansias de volver a su regimiento, Ian Cameron pasó solo dos días en Bombay. Después de ver a su banquero y su sastre, compró el mejor caballo que encontró, un rifle y un revólver antes de emprender el largo trayecto hasta Cambay. No se molestó en anunciar su llegada, porque él llegaría casi al mismo tiempo que cualquier mensaje.
Avanzó hacia el norte por las enormes llanuras verdes que atravesaban la India desde el mar Arábigo hasta la bahía de Bengala, pero apenas disfrutó de las conocidas escenas de gente alegre, vistosos templos y pacientes búfalos de agua. Durante los interminables meses de oscuridad en el Pozo Negro de Bokhara llegó a creer que si le liberaban, si pudiera ver el sol de nuevo, su vida volvería a la normalidad.
Pero la oscuridad de la prisión parecía haber entrado en su alma. Día y noche, sobre todo de noche, le asaltaba el temor de que las tinieblas estaban a punto de devorarle. Solo Georgina podría dispersar las sombras. Tenía tal necesidad de verla que cabalgaba a toda la velocidad de la que el caballo era capaz. No tenía interés en comer o descansar. De hecho prefería no dormir a causa de sus terribles pesadillas. Solía soñar con el Pozo Negro y despertaba casi asfixiado y sintiendo una soledad angustiosa.
Con menos frecuencia tenía unos sueños misteriosos e inexplicables. Soñaba con fuego, un furioso holocausto que ardía destruyéndolo todo a su paso. Se despertaba temblando de miedo, convencido de que tenía que hacer algo para apagar el fuego, aunque nunca recordaba qué era.
No, era mejor no dormir.
La carretera hacia el acantonamiento del regimiento 46 de la Infantería Nativa pasaba por un puente. Ian se detuvo en él y miró ávidamente la planicie. Nada parecía haber cambiado en los dos años de su ausencia. A lo lejos las tropas hacían la instrucción en el maidan, la plaza de armas. Sus pasos y giros levantaban una nube de polvo que flotaba al viento. Más cerca se alzaban los barracones, los depósitos de suministro y los bungalows, dispuestos con precisión militar a lo largo de una creciente cuadrícula de caminos.
Por fin se permitió fijarse en el espacioso bungalow del coronel Whitman. Ya había caído la tarde, de manera que Georgina estaría en casa, arreglándose para cenar. Si no… bueno, no andaría muy lejos. En una hora o dos estaría en sus brazos y por fin terminaría aquella larga pesadilla.
Bajó impaciente a las ajetreadas calles, donde soldados y civiles iban de un lado a otro atendiendo a sus asuntos. Le seguían miradas curiosas, y una o dos veces creyó oír su nombre pronunciado con tono incrédulo, pero no se detuvo. Ya tendría tiempo para eso más tarde.
Cuando llegó a su destino desmontó y ató al caballo. Subió los escalones de la casa de dos en dos. Habría sido más considerado ir a algún sitio para lavarse un poco ymandar un mensaje anunciando a Georgina su llegada. Pero su madre siempre decía que nadie se muere de una buena noticia, y él no quería esperar ni un momento más de lo necesario para ver a su novia.
A su llamada respondió el criado del coronel, Ahmed, que cumplía también las funciones de mayordomo. El hombre, sin inmutarse ante el deteriorado aspecto del visitante, preguntó con cortesía:
—¿En qué puedo ayudarle, sahib?
—¿No me reconoces, Ahmed? —Ian se quitó el salacot que llevaban todos los europeos para protegerse del intenso sol de la India.
El criado se quedó boquiabierto.
—¿Comandante Cameron?
—En carne y hueso. Un poco más viejo y probablemente no más sabio, pero vivito y coleando. ¿Está la señorita Georgina?
—Está en el invernadero, sahib, pero…
Ian le interrumpió:
—No me anuncies. Quiero darle una sorpresa.
Entró en el salón del bungalow con el corazón acelerado, sabiendo que la salvación estaba a unos pasos de distancia.
El invernadero era una sección cerrada de la terraza que daba a los espectaculares parterres de la señora Whitman. Y allí, como el cofre de oro al final del arco iris, estaba Georgina. No le había oído entrar, de manera que Ian se detuvo en la puerta para saborear el momento. Georgina estaba en el sofá de mimbre, bordando.
Durante los meses de su cautiverio su imagen se había ido desvaneciendo en su mente. Ahora se asombró de haber podido olvidar sus delicados rasgos, el ángulo de su cabeza, el destello de sus tirabuzones, que brillaban como el oro. Con su vaporoso vestido rosa ofrecía una imagen dulce, limpia y femenina. Era todo lo que había deseado durante los negros meses de prisión.
Solo con verla notó que la cordura estaba al alcance de su mano.
—¿Georgina? —dijo con suavidad.
Ella alzó la vista y resolló. La labor se le cayó de las manos. Su expresión mostraba algo más que sorpresa. Era de horror.
De pronto Ian se dio cuenta de la imagen que debía de ofrecer: estaba en los huesos, cubierto de polvo, con un uniforme que le quedaba grande y un parche negro en el ojo estilo pirata. Había sido un idiota por acudir allí directamente. Lo más probable era que Georgina ni siquiera le hubiera reconocido.
—Sé que debo de parecer un bandido —admitió, en un intento de romper el hielo—, pero tampoco he podido cambiar tanto.
—¡Ian! —Georgina fue a levantarse, pero se desplomó en el sofá.
Maldiciéndose mil veces, Cameron se arrodilló junto a ella y la tumbó con los pies un poco más altos que la cabeza. Georgina estaba perfumada, era suave y redondeada, justo como debía ser una mujer.
Sus pestañas rubias parpadearon por fin. Abrió los ojos y se lo quedó mirando.
—Ian. —Le tocó la mejilla con mano insegura—. Cielo santo, eres tú de verdad.
Antes de poder contestar, Ian sintió como si le hubieran dado una puñalada en el estómago. La mano que Georgina había alzado era la izquierda, y en el dedo llevaba un anillo de oro.
Le tomó la mano y se la quedó mirando. Era una alianza, no podía ser otra cosa, y estaba acompañada de un anillo de diamantes que no era el anillo de compromiso que él le había regalado.
Se le nubló la vista. Se levantó, todavía sin creérselo del todo. Entonces se dio cuenta de que la redondez de Georgina se debía a su embarazo.
—Esperaba que la ausencia hiciera crecer la llama del corazón —dijo con una voz rasposa que él mismo no reconoció—, pero es evidente que para ti ha sido al contrario. ¿Conozco al afortunado?
—Gerry Phelps —balbuceó ella, llevándose una mano al cuello.
Por supuesto. El honorable Gerald Phelps, amigo y rival de Ian desde que eran cadetes en la academia militar de Addiscombe, y que había sido el más determinado de los otros pretendientes de Georgina. Ian hizo una mueca.
—Debería haberlo imaginado. Gerry siempre te deseó. ¿Por qué no le aceptaste a él desde el principio, en lugar de fingir estar enamorada de mí?
—No estaba fingiendo, Ian —exclamó ella con voz rota—. ¡Pero me dijeron que habías muerto! Me pasé llorando una semana.
—Y luego te enjugaste las lágrimas y te casaste con Gerry —replicó Ian con amargura, mirándole la abultada cintura—. Ya veo que no perdiste mucho tiempo sufriendo.
Georgina se echó a llorar. Las lágrimas no mermaban su belleza. Georgina siempre había sabido llorar de una manera muy bonita.
Mientras Ian la miraba, notó que algo se desgarraba en su interior, arrancando la máscara de normalidad que con tanto esfuerzo había mantenido desde que lo rescataron. Temiendo recurrir a la violencia con ella si se quedaba, dio media vuelta y se marchó. Georgina le llamó gimiendo, pero él no miró atrás. En cuanto Ahmed le devolvió el salacot, abrió la puerta con tal fuerza que sacudió las paredes del bungalow.
Y se encontró cara a cara con Gerald Phelps.
Gerry se detuvo bruscamente. Su expresión era una mezcla de alegría y culpa.
—¡Dios mío, Ian! ¡Es verdad que estás vivo! Me habían dicho que acababas de llegar, pero no me lo creía. ¡Ha pasado tanto tiempo! —Tendió la mano a su amigo, pero luego la dejó caer—. Todos creíamos que habías muerto.
—Eso acabo de descubrir. —Ian estuvo a punto de darle un puñetazo en la cara. A lo mejor así aliviaba un poco su furia desesperada. Pero si cedía a la violencia en su estado de ánimo, podía acabar matando a alguien. Gerry nunca había podido ganarle en una pelea—. Enhorabuena por tu boda. No sé si habrá ganado el mejor, pero lo único que cuenta es ganar, ¿no?
Sin esperar respuesta apartó a Gerry de un empujón y montó en su caballo. Luego se alejó al galope.
Gerry Phelps se lo quedó mirando antes de entrar en la casa en busca de su esposa. Georgina estaba apoyada contra el umbral de la puerta del invernadero, con las manos fuertemente entrelazadas, pálida como la cera. Gerry quiso acercarse para borrar la angustia de su rostro. Más que nada deseaba oírla decir que se alegraba de casarse con él, pero su expresión consternada le detuvo.
Marido y mujer se quedaron mirando, separados por algo más que la anchura de una sala. Entre ellos se interponía el fantasma de un hombre que no había muerto.
Ian recorrió medio kilómetro antes de darse cuenta de que no sabía adónde iba. Detuvo el caballo y se dejó caer sobre su cuello, incapaz de mantenerse erguido más tiempo. El agotamiento físico que hasta ahora había ignorado le batía el cuerpo y la mente como los martillos del infierno. Estaba jadeando. Pero mucho peor que el cansancio físico era el dolor emocional y una amarga certeza que no podía ni aceptar ni negar.
Desde que lo rescataron se había aferrado a la idea de que Georgina sería su salvación. Pero en lugar de eso había encontrado cenizas. La oscuridad de su alma se había desatado por fin y ni siquiera el sol cegador de la India podía disipar la negra bruma que se alzaba en oleadas de sofocante angustia.
Todavía le quedaba cordura suficiente para saber que se estaba desmoronando, y no tenía ni idea de cómo detener el proceso. Como un animal herido, ansiaba una guarida donde sufrir a solas, pero el club era demasiado público, no había hoteles y no iba a ser capaz de encontrar la casa de un amigo antes de explotar delante de todo el mundo.
Oyó a su espalda el ruido de cascos de caballo. Una voz gritó su nombre. Ian se puso rígido, preguntándose si Gerry Phelps sería tan estúpido como para haber ido tras él. El otro caballo se acercó a su derecha y se detuvo bruscamente. Una mano le tocó la muñeca.
El hecho de que se le hubieran acercado por su lado ciego rompió el último hilo de su autocontrol. Se giró en la silla lanzando el puño izquierdo en un golpe furioso, sin importarle a quién pudiera alcanzar.
Pero el intruso no era Gerald Phelps. Cuando su puño se estrelló contra el pecho del recién llegado Ian se dio cuenta de que estaba atacando a su hermano pequeño, David, que llevaba el uniforme de capitán del regimiento 46 de la Infantería Nativa.
David logró no caerse de la silla, aunque solo por los pelos. Durante un momento interminable se quedaron mirando, hasta que una sonrisa irónica asomó al rostro bronceado de David.
—No he olvidado que te debo diez libras, Ian, pero tampoco tienes que pegarme. Te habría pagado mucho antes si no hubieras conseguido que te mataran en el Turquestán.
—¡Por Dios, David! Pero ¿qué haces aquí? Cuando me marché de la India estabas en Ingenieros Bengalíes.
—Calcuta era un aburrimiento, así que me pasé al 46 tres meses después de que te marcharas a Bokhara. Pensé que la vida en el norte sería más emocionante.
Con una fiereza que desmentía sus palabras desenfadadas, David le agarró la mano. David, el tercero de los hermanos Cameron, era el más formal y el que tenía más sentido común. Era también una de las pocas personas cuya compañía Ian podía soportar de momento.
—¿Qué demonios te pasó en Bokhara? —preguntó, soltándole la mano.
Ian movió la cabeza, incapaz de contestar.
David le miró ceñudo el rostro demacrado.
—¿Dónde te hospedas?
—En ningún sitio. Acabo de llegar. Fui directamente a casa del coronel Whitman —añadió Ian con voz rota.
Se produjo un momento de silencio.
—Ya veo —contestó por fin David—. Ven conmigo. Mi casa está aquí cerca. El hombre que la comparte conmigo estará fuera un par de meses, así que hay sitio de sobra.
Ian dio media vuelta sin decir palabra y siguió a su hermano. Solo unos minutos más. Tenía que aguantar. Solo unos minutos más.
3
Ian despertó aturdido, se dio la vuelta y parpadeó. Entonces se acordó. Cambay. El desastroso encuentro con Georgina. Y por fin, gracias a Dios, David.
Cuando llegaron al bungalow su hermano le sugirió que descansara y le llevó a una de las habitaciones. Ian se desplomó boca abajo en la cama sin molestarse siquiera en quitarse la ropa. Estaba tan agotado que quedó inconsciente en unos segundos.
El sol rojizo de la tarde se filtraba por las contraventanas, pero ¿qué día era? A lo mejor había dormido veinticuatro horas, como cuando llegó a la fortaleza de Juliet después de la desesperada huida por el desierto de Kara-Kum. En ambas ocasiones más que dormir pareció haber entrado en coma.
Todavía estaba aturdido de cansancio, pero no creía poder dormir más, porque la niebla negra seguía atormentándole. Se puso a pensar en ello muy serio. «Niebla» era una palabra demasiado benigna. Las sombras eran como perros negros furiosos que le rodearan oscureciéndole la mente, chasqueando los dientes y babeando, dispuestos a matarle. ¿Como lobos, tal vez?
Habría sido mejor quedarse con lo de la niebla. Se levantó tembloroso y se acercó al lavabo. El espejo le devolvió la imagen de un rostro sucio, sin afeitar, capaz de asustar a cualquiera. Desde luego Georgina se había llevado un buen susto. Con los labios tensos abrió la puerta del salón. David estaba sentado a la mesa, escribiendo una carta.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
Su hermano alzó la vista.
—Menos de dos horas. No esperaba verte hasta mañana por la mañana.
No era de extrañar que Ian no se sintiera descansado.
—¿Por qué no te das un baño? —ofreció David—. Y luego, durante la cena, me cuentas lo que te ha pasado estos dos últimos años.
Era una buena sugerencia. Después de bañarse, afeitarse y ponerse ropa limpia, Ian comenzó a sentirse un ser humano. Por mutuo acuerdo nadie hizo preguntas hasta después de cenar. O más bien, hasta después de que David cenara, porque Ian solo probó unos bocados y luego se dedicó a mover la comida por el plato con el tenedor.
Por fin David hizo una señal para que recogieran la mesa.
—¿Te apetece un coñac?
Ian miró la botella.
—Creo que sí, aunque seguramente es un error. Después de pasarme dos años en países islámicos donde no había alcohol, una copa me va a tumbar de espaldas.
David sirvió dos y deslizó una de ellas por la reluciente superficie de la mesa.
—Aparte de cambiarme al 46, a mí no me ha pasado gran cosa en los últimos dos años. Pero ¿cómo te escapaste de Bokhara? Nos informaron de que te hicieron prisionero poco después de llegar a la ciudad y un año más tarde te ejecutaron.
Ian se encogió de hombros.
—El informe era cierto a medias. Me hicieron prisionero, pero no me ejecutaron. No del todo. Después de pasarme un año y medio en el agujero más asqueroso que se pueda uno imaginar, me rescataron Juliet y su desaparecido marido. Nos escapamos a Persia. Y aquí estoy.
David se detuvo con la copa a medio camino de los labios.
—¿Nuestra hermana Juliet? —exclamó incrédulo—. ¿Y Ross Carlisle?
Cuando Ian le contó los detalles, David lanzó un silbido de asombro.
—Menuda suerte tuvisteis.
—Desde luego. —Ian se puso a cortar un mango con la afiladísima daga persa que le había dado su hermana—. No se me va de la cabeza ni un instante.
—Así que Juliet y Ross están juntos de nuevo —comentó David pensativo—. Pero ¿por qué demonios se escapó Juliet en primer lugar? Nunca lo entendí. Ya sé que ha heredado más de lo que le tocaba de la impulsividad de los Cameron, pero eso de abandonar a Ross después de seis meses de matrimonio parecía una locura.
—No sé por qué se marchó. No me lo contó. Pero Ross está satisfecho con sus explicaciones, y eso es lo que importa. —Ian se detuvo un instante, recordando la cercanía que había visto entre su hermana y Ross. Se alegraba por ellos, pero el recuerdo hacía su situación aún más deprimente. Disgustado por estarse compadeciendo de sí mismo prosiguió—: Pronto volverán a Inglaterra. Juliet no solo se ha convertido en una esposa cariñosa y más o menos consciente de sus deberes, sino que está a punto de dar a Ross un heredero.
David sonrió.
—Muy propio de Juliet lo de no perder el tiempo.
—Georgina tampoco lo ha perdido.
Su hermano se puso serio.
—No seas tan duro con ella, Ian. Cuando llegó la noticia de que te habían ejecutado (y era un informe muy convincente, no un rumor), Georgina se quedó destrozada. Como yo soy tu hermano, se pasaba horas hablándome de ti cada vez que nos veíamos.
—Y luego se casó con el siguiente de la cola.
—Es de esas mujeres que necesitan un hombre.
Ian probó el primer sorbo de coñac. Tal como esperaba, fue como recibir un golpe. Pero lo agradeció. Con un poco de suerte pronto le dejaría inconsciente.
—Es muy galante por tu parte defenderla, pero con el debido respeto, en este momento no me interesa mucho ser justo.
David frunció el ceño. Le caía bien Georgina y no la culpaba por creer que su novio estaba muerto. Pero era verdad que se había casado con Phelps enseguida… y sus prisas habían creado una situación insostenible para Ian.
—Si te sirve de consuelo, todo el mundo lamentó mucho tu pérdida en Cambay, desde el coronel Whitman hasta el inferior de los criados.
—No, la verdad es que no me sirve de consuelo —replicó Ian secamente, mientras reducía el mango a un montón de pulpa jugosa y piel rojiza.
David se lo quedó mirando incómodo. Había crecido idolatrando a su hermano, sin la menor duda de que la fuerza y el buen talante de Ian no tenían parangón. Fue Ian quien le enseñó a montar como un beduino, a defenderse de otros chi
