Prólogo
Beckett
Agosto
Cuando entro, con el denso y opresivo calor del verano sobre la espalda, ella está sentada a la barra. La camisa se me adhiere a la piel y sus ojos a todo lo demás mientras un atisbo de sonrisa le asoma en las comisuras de la boca.
Piernas largas en pantalones cortos. Pelo negro liso hasta la cintura. Labios turgentes pintados de rojo. Se gira sobre el taburete en cuanto la puerta se cierra y me mira como si la hubiera hecho esperar. Una ceja se le enarca como si, además, eso la molestara.
—Lo siento —le digo mientras me acomodo en el taburete de al lado, sin saber muy bien por qué me disculpo ni por qué, para empezar, me he sentado ahí. Estoy atrapado a medio camino entre la acción y el deseo; la humedad del exterior se resiste a abandonarme.
Aletea las pestañas como si la situación fuera divertida y la presión de un calor espeso como el jarabe se arremolina en el espacio que nos separa.
—¿Por qué?
Ni… idea. Me froto el mentón con el talón de la mano y me pongo a mirar la carta de bebidas; un repentino e inexplicable rubor me arde en las mejillas. Jamás he creído tener el más mínimo encanto, pero estas cosas se me suelen dar un poco mejor.
Asiento señalando su vaso medio vacío.
—¿Qué bebes? —le pregunto.
Se muerde los labios para ocultar una sonrisa e inclina el vaso adelante y atrás.
—Tequila.
Debo de hacer una mueca de desagrado, porque se ríe alzando la barbilla, aunque sin apartar un ápice los ojos oscuros de mí.
—¿Qué? ¿No te gusta?
Niego con la cabeza. Ella deja el vaso sobre la barra, entre los dos, y empieza a darle vueltas y más vueltas en sus bonitas manos. Enarca una ceja.
—Puede que no hayas probado el adecuado.
—Puede —concedo. Detengo el movimiento de sus manos posando los dedos sobre los suyos y me llevo el vaso a los labios. Me aseguro de tocar con la boca la marca de carmín color cereza que ha dejado en el cristal.
Humo. Lima. Una pizca de sal.
Vuelvo a dejarlo en la barra y me lamo el labio inferior.
—No está mal —murmuro.
Me dirige una amplia sonrisa; sus ojos oscuros son como un pulgar que me rasca el perfil del mentón.
—Nada mal —repone ella.
Tiene una cicatriz en lo alto del muslo.
No sé si se da cuenta, pero se remueve cada vez que le paso el pulgar por encima y me clava la pierna en la cadera, justo por donde me tiene rodeado. La piel le huele a romero y limón; hundo la nariz en el hueco bajo la oreja, donde el aroma es más intenso, y arrastro la cara hasta depositar un beso en la línea suave de la garganta.
Ronronea.
No puedo dejar de deslizar las palmas por su piel, de sentir su suavidad. Cuando me enreda los dedos en el pelo, oprimo la cara contra su cuello con un gruñido. Se le escapa una carcajada contra mi clavícula.
Dos putas noches juntos y es que ni me reconozco, palabra. Evie es como una marea que me arrastra de los tobillos. Un poderoso mar de fondo. Una deliciosa fuerza mayor.
Deslizo de nuevo el pulgar sobre la cicatriz, más lento esta vez, y ella hunde la nariz en mi hombro.
—No suelo hacer estas cosas.
Lanzo una mirada a la mesa volcada en un rincón; a la cafetera, que, a saber cómo, se ha mantenido en pie a pesar de nuestra entusiasta entrada en el dormitorio. El plato de cerámica que contenía las cápsulas de leche no se ve por ninguna parte, pero las monodosis están esparcidas por la alfombra como estrellas caídas. Puntos blancos tachonando el azul marino.
Deslizo la palma de la mano por su espalda y extiendo los dedos para comprobar cuánta piel soy capaz de cubrir. Esta, cálida bajo mi tacto, es de un perfecto tostado oscuro, como la botella de whisky del anaquel superior sobre la que danza la luz de la tarde.
Me remuevo bajo su cuerpo y Evie gruñe cuando roza algo interesante con el muslo.
—¿Qué cosas? ¿Dejar casi arrasada una habitación de hotel?
La frente se le agita contra mi cuello por la risa y baja por los hombros hasta instalarse en el centro de mi pecho. Luego se alza sobre un brazo y apoya la barbilla en una palma.
—No. —Extiende la mano hacia mi oreja y, al tiempo que me quita una pluma del pelo, se queda mirando la almohada medio rasgada y colocada al desgaire bajo mi cabeza. Me sorprende que no arrancáramos las sábanas de la cama la segunda vez, cuando me arañó la espalda, me rodeó las caderas con sus largas piernas y me clavó los dientes en la clavícula. Emite un suspiro lento y grave mientras me busca la mirada; una sonrisita divertida le curva los labios cuando le enrosco un mechón de pelo con el dedo y tironeo. Hace unos veinte minutos lo agarraba con el puño entero y parece hacerle gracia que ahora me conforme con tan poco—. No suelo distraerme en los viajes de trabajo —explica.
Ni yo. No suelo distraerme lo más mínimo. Aunque lo mío sean los rollos de una noche, no tenía previsto hacer nada en este viaje. La Conferencia de Agricultores Orgánicos del Noreste no es el mejor escenario para la seducción. O no solía serlo.
El vaso compartido de tequila dio paso a otro chupito cara a cara. Y este dio paso a que Evie pidiera el resto de la botella. Y esta dio paso a que le lamiera una raya de sal del interior de la muñeca, su rodilla presionada contra la mía bajo la barra. Llegamos a trompicones al hotelito de la colina y caímos en la cama como si hubiéramos nacido para ello.
Resulta que el tequila no me desagrada tanto si lo saboreo en su cuerpo.
Y aquí estamos, enredados y desnudos por segunda noche consecutiva. Me dije que no volvería al bar, que no iría a buscarla. Pero no podía dejar de pensar en ella. Su piel contra la mía. Un gemido ronco y grave al introducir la mano entre sus piernas. El cabello oscuro desparramado sobre las almohadas de un blanco inmaculado.
En cuanto acabó el último ponente de la conferencia, volví de cabeza a aquel tugurio como si me atrajese con un puto canto de sirena. Y allí estaba, sentada en el mismo taburete del mismo bar, con la misma sonrisa iluminándole cada centímetro de la cara.
Le recorro el brazo con los nudillos, hipnotizado por el sendero de piel que se eriza al paso de la caricia.
—¿Te arrepientes? —Me incorporo y tiro de ella para que también se siente. Al hacerlo, recoloca las piernas alrededor de mis caderas—. De la distracción —aclaro.
El sudor apenas se me ha secado y ya la deseo otra vez. Las palmas me hormiguean cada vez que la miro. Quiero saborear la piel suave que tiene justo debajo de la oreja, sentir cómo se estremece y rueda sobre mí. Quiero apretar con la mano ese par de hendiduras que tiene en la base de la espalda y notar la piel arder cual infierno mientras se mece contra mí.
Sonríe y se muerde el labio inferior como si supiera los derroteros que ha tomado mi imaginación mientras traza la línea de tinta que se me enrosca por el hombro. Le da un toquecito y nos veo de reojo en el espejo que hay sobre la cómoda, sábanas blancas arrebujadas y piel brillante como el oro bruñido, mi brazo alrededor de su cintura. En la vida he querido hacerme una foto, pero ahora, al ver su piel desnuda en contacto con la mía, las ganas me golpean con una fuerza colosal. Tiene el rostro escondido en mi cuello y la curva del culo apenas visible.
Meto la nariz bajo su barbilla y le doy un beso prolongado en la piel que le cubre el pulso palpitante, animándola sin palabras a responder a la pregunta.
—No, pero da la casualidad de que eres una distracción estupenda, Beck. La mejor, si te digo la verdad. —Su respuesta es un murmullo, un secreto en la oscuridad. Se detiene antes de añadir—: ¿Te arrepientes tú?
No, no me arrepiento… tanto como debería. Sonrío y asciendo con los dientes por su cuello, le mordisqueo el lóbulo y tiro de él. Contemplo en el espejo cómo se estremece entera y ondula las caderas contra las mías.
—Me gusta tu estilo de distracción —le digo al tiempo que la ciño por la cintura. La guío hasta adoptar un ritmo suave sobre mí que nos hace jadear a ambos y siento sus uñas arañándome el cuero cabelludo.
—¿Sí? —murmura mientras alza una rodilla y maniobra con la mano sobre mi pecho hasta que acabo con la espalda apoyada en el cabecero.
Es mandona cuando quiere y me gusta que me diga exactamente lo que quiere y cómo lo quiere. Anoche, el roce de su voz en el oído hizo que me estremeciera contra ella mientras le asía las caderas y me esforzaba por seguir todas y cada una de las instrucciones que me daba.
«Más despacio. Más fuerte. Así, sí. Justo ahí».
La cabeza me rebota con un golpe sordo contra la madera y Evie se me sube al regazo, apartando las sábanas hasta que estamos piel con piel; en la lengua me pesa un gemido de deseo. Murmura algo entre dientes y emite un suspiro quedo, otro sonido que trato de cazar con los labios sobre los suyos. Se echa hacia atrás y me mira con ojos lánguidos.
—¿Querías más?
La pregunta hace que suelte una risotada. La miro y me parece que no hago sino querer más. Me izo hasta atraparle la boca en un beso y la lamo con fruición mientras deslizo la mano por la nuca para curvarla alrededor del mentón. La mantengo inmóvil hasta que cierra las manos sobre mi pelo y se mueve impaciente sobre mí.
Yo también puedo ser un mandón.
—Quiero más —le digo mientras introduzco la mano entre ambos para acariciarle la suave piel justo debajo del ombligo—. Lo quiero todo.
Me despierto con el rumor quedo de un trueno; la lluvia tamborilea contra el grueso cristal. Una brisa fría penetra por la ventana entreabierta y me remuevo bajo las sábanas con un gruñido mientras busco su piel cálida. Lo último que recuerdo es que Evie murmuró algo sobre el servicio de habitaciones, se acurrucó bajo las mantas y se quedó dormida con las dos manos rodeándome el brazo. Fue… agradable. Diferente, pero agradable.
Me apoyo en los codos y observo el lugar vacío a mi lado. Me sorprende no haberla oído moverse por la habitación: ni me enteré cuando se bajó de la cama. Mi sueño no suele ser tan profundo.
Los ojos se me van al cuarto de baño, la puerta entornada, una toalla usada colgando por detrás. Es posible que haya salido a por un café, pero no veo su maleta y la mesilla está tan vacía que llama la atención. Recorro el resto de la habitación con la mirada. Las únicas señales de que ha estado en ella son un vaso de agua medio vacío en la cómoda y un recibo arrugado en el escritorio.
Me dejo caer boca abajo sobre la almohada.
Esa, al menos, sí es una sensación familiar. La de despertar solo.
—Imbécil —me digo. Suspiro y me oprimo la frente con el talón de la mano.
Ni que fuera nuevo.
Se supone que tengo cosas que hacer, y ninguna de ellas tiene que ver con que me distraiga una mujer fabulosa de piernas kilométricas.
Me pongo boca arriba y contemplo las nubes de tormenta que se arremolinan al otro lado de la ventana. Solo me falta acordarme de cuáles eran esas cosas.
Evelyn
Noviembre
Vaya.
Esto no me lo esperaba.
Camino arriba y abajo por la habitación del único hostal de Inglewild contemplando mi propia sombra seguirme por el empapelado de flores. Jenny, la propietaria, debe de haber entrado mientras estaba en el vivero, porque al regresar me he encontrado velas encendidas y galletas, todo dulzura y romanticismo.
Frunzo el ceño con la mirada perdida en una vela de color marfil y sopeso mis opciones.
Aquel fin de semana en Maine me alojé en un hostal similar. Había flores en el alféizar y un hombre con arte en la piel me clavó a la cama, sus labios contra mi cuello y su risa áspera en el oído. El mismo hombre que me acabo de encontrar en el vivero en el que se supone que trabaja y que me han enviado a evaluar.
No me lo esperaba. Pero para nada.
Las galletas me tientan desde la reluciente bandeja de peltre del rincón. Cojo una y deslizo el dedo por la pantalla del teléfono.
Josie responde al tercer tono.
—¿Has llegado bien?
—Tenemos un problema —anuncio con la boca llena de chocolate negro y mantequilla de cacahuete.
—Oh, oh. —Su voz suena seria por encima del ruido de papeles al otro lado de la línea; oigo que deja una taza en un platillo. Miro la hora. Aún es media tarde en Portland. Es probable que vaya por el octavo café—. ¿Sway te ha vuelto a reservar una escape room de esas?
Hace dos meses, mi equipo de representación pensó que crearíamos contenido de calidad si me pasaba cuarenta y cinco minutos encerrada en un cuarto yo sola. Sin aviso ni preparación. Gracias a Dios que no padezco claustrofobia.
—No, pero gracias por recordármelo. —Josie se ríe y yo me dejo caer en el borde de la cama, mirando con anhelo la bandeja de galletas—. Hoy he ido al vivero.
—¿Y? La visita te hacía ilusión.
Sí que me hacía ilusión, sí. Y me la hace. Un vivero de árboles de Navidad cerca de la costa oriental de Maryland, propiedad de una mujer llamada Stella, quien también lo gestiona. Su historia es romántica y preciosa y, por el rápido vistazo que he podido echarle hoy, me ha parecido supermágico. Pero no me esperaba que el silvicultor jefe fuera el mismo hombre con quien hace tres meses tuve mi primer —y único— rollo de una noche.
Había entrado en aquel bar de mala muerte con el pelo alborotado, una camiseta blanca con las mangas algo subidas y unos ojos como cristal pulido por el mar. Bastó que me mirara una vez para que el estómago me diera un vuelco.
—Beckett está aquí.
—¿Quién?
—Ya sabes… —bajo la voz—, Beckett —repito con toda la intención.
Oigo tintinear una taza y una ristra de creativas palabrotas.
—¿Beckett el de Maine? ¿Beckett, el macizo de los tatuajes? —Inspira fuerte entre dientes y, cuando vuelve a hablar, su voz suena tres octavas más aguda—. ¿Beckett, el extraordinario rollo de una noche con el que nuestra Evie por fin, por una vez en la vida, se soltó la melena? ¿Ese Beckett?
Me rindo y cojo otra galleta.
—Ese, sí.
Le conté a Josie lo de Beckett después de unos cuantos sauvignon blanc de más en su sofá, envuelta como un burrito en una manta. Ni idea de por qué seguía pensando en él meses después. Se suponía que había sido algo fugaz y divertido. Una noche inofensiva. Sin ataduras.
No algo que revivir cada noche cual espectáculo a todo color en mis sueños más febriles.
Josie se ríe, una carcajada penetrante que me obliga a alejar el móvil de la oreja. Pongo los ojos en blanco.
—Muchas gracias por el apoyo.
—Perdona, perdona —se disculpa con una risita. Trata de ponerse seria, pero se le escapa otra carcajada—. Es que menuda casualidad. ¿Está de visita?
—No, trabaja aquí. Se ocupa de las operaciones del vivero. —Lleva la explotación con la propietaria, Stella, y la encargada de la panadería, Layla.
Mis palabras hacen que rompa a reír de nuevo. Me planteo lanzar el teléfono por la ventana.
—Imagino que eso explica por qué era tan bueno con las manos, ¿eh?
—Te voy a despedir.
Jamás le he contado a Josie nada de sus manos, pero ahora las recuerdo con todo detalle. Cuando me abarcó el muslo entero con la palma. Cuando, al flexionar los dedos e izarme, su bíceps hizo algo delicioso. Cuando me guio con ellas, exigente, hasta la postura perfecta. La presión del pulgar detrás de mi oreja. Las delicadas líneas de una constelación que se le extendía desde la muñeca hasta el codo.
—Qué me vas a despedir… —replica Josie—. ¿Cómo ibas a divertirte entonces?
Josie lleva siendo mi autoproclamada asistente personal desde que, cumplidos los dieciocho, decidí abrirme un canal de YouTube. Tanto sus labores como su título se han formalizado desde la explosión mediática, pero el trabajo de mejor amiga sigue siendo su máxima prioridad. Siempre puedo contar con que me diga las cosas a las claras.
Es lo mejor y lo peor de ella.
—Vale, recapitulemos. Te acostaste con un desconocido cañón en agosto. Te largaste sin decir adiós y ahora, en noviembre, te lo has vuelto a encontrar mientras juzgabas su vivero para un concurso en redes. —Emite un ruidito divertido que no correspondo—. Es que, no me fastidies, ¿qué probabilidad había de que te pasara algo así?
—Ni idea.
—¿Qué vas a hacer?
—Una vez más: ni idea.
Tiro de una hebra suelta del borde de la colcha. No puedo irme. ¿Qué les diría a mis patrocinadores corporativos? «Lo siento, no puedo seguir adelante con este viaje porque hace tres meses me acosté con uno de los empleados». En las reuniones son majos, pero no veo que la cosa fuera a acabar bien.
Y, sobre todo, no estoy acostumbrada a huir de los problemas. Beckett fue una elección. Una elección de la que no me arrepiento para nada pese a que los recuerdos de aquella noche no se me despegan ni con agua caliente. Cuando le dije que era una distracción estupenda, era verdad. Fue maravilloso porque, por una vez, me olvidé de todo. Reí. Disfruté.
Me sentí yo misma.
Pero aquí he venido a trabajar. Stella se lo ha ganado. Lovelight Farms es tal y como me lo describió en su solicitud y aún más. Merece ser finalista en este concurso y merece el reconocimiento. Lo único que necesito es un segundo para recomponerme. Para superar la sorpresa de volver a verlo y pasar página.
—La idea es… —Aún no se me ha ocurrido. Paseo la mirada por el cuarto en busca de inspiración. Supongo que la idea es acabarme las galletas o buscar una botella de vino en… alguna parte.
Llaman a la puerta y suelto aire de golpe. Me quedo mirando la mirilla con cierta aprensión. No hace falta ni que adivine quién estará al otro lado.
—Ay, madre, ¿acabo de oír que alguien llama? —Josie está atacada—. ¿Es él?
Me levanto de la cama y me paso la palma de la mano por el pelo. Por supuesto que es él.
—Tengo que dejarte, Josie.
—Pásame a FaceTime —exige—. No te preocupes, ya lo hago yo. Evie, te juro por Dios que, como cuelg…
Corto la llamada antes de que concluya la amenaza y arrojo el móvil sobre la mesa. De inmediato suena con una videollamada entrante que ignoro y, por si las moscas, le pongo un cojín encima.
Me tomo mi tiempo en caminar hasta la puerta y dudo al agarrar el pomo. Cuando hoy entró en la panadería, sentí la misma punzada en el bajo vientre. Igual que la primera vez. Fue como si entreabriera un recuerdo para echarle un vistazo por la rendija. En lugar de una camiseta blanca, una camisa de franela. Y una gorra de béisbol hacia atrás con un diminuto árbol bordado.
Los ojos como platos de la sorpresa.
Abro la puerta como quien se arranca una tirita y me encuentro a Beckett con los brazos apoyados en el umbral, las manos cerradas sobre el marco, como si se estuviera refrenando. Cuando flexiona los dedos, veo en retrospectiva esas mismas manos rodeándome las caderas, a él arrodillado delante de mí, un mechón de cabello rubio oscuro pegado a la frente.
Trago saliva.
—Hola —musito. Apenas puedo mirarlo y sueno como si me hubiera tragado seis hojas de lija. «Casi ni se te nota, Evie».
Carraspeo.
Beckett parpadea, desliza su mirada indolente con parsimonia de lo alto de mi cabeza a la caída del jersey sobre el hombro. Cuando se pasa la lengua por el labio inferior, siento que yo también necesito agarrarme al marco o aferrarme al llamador de latón como si me fuera la vida en ello.
No sé qué hizo que me llevase a Beckett de vuelta al hotel aquella brumosa noche de verano, tantos meses atrás. Jamás me había interesado lo más mínimo tener rollos. Es solo que…
Lo vi entrar y lo deseé.
Bueno es saber que su efecto sobre mí no ha disminuido en absoluto.
—Hola —me responde sin alzar la voz. Exhala por la nariz y se impulsa con el marco para echarse hacia atrás y lanzar una mirada al pasillo vacío a su espalda. Distingo a la perfección el contorno de su mentón y tengo que aclararme la garganta de nuevo—. ¿Puedo entrar un segundo?
Asiento y doy un paso atrás para que atraviese el estrecho umbral. Por lo visto, mis vagos recuerdos no han hecho justicia a su imponente tamaño. Parece demasiado grande ahí de pie, en mitad de la habitación, con las manos en los bolsillos, fingiendo estudiar el cuadro del estanque que cuelga encima del escritorio. Cierro la puerta y trato de no pensar en la última vez que estuvimos juntos en un espacio como este.
Visillos de gasa blanca. Sábanas enredadas. Una mano cálida extendida entre los omóplatos. Su voz en mi oído, diciéndome lo mucho que le gusta. Que le dé más.
Sacudo la cabeza y me apoyo en la cómoda con las piernas cruzadas por los tobillos. No voy a ponerme las cosas fáciles.
—¿Querías hablar?
Beckett asiente, todavía distraído por el cuadro. Me mira de soslayo.
—Así que influencer, ¿eh?
No me gusta el tono de voz, la acusación velada que oigo en ella. Es cierto que no le conté a qué me dedicaba, pero él tampoco a mí. Los dos nos ocupamos más bien de… otras cuestiones mientras estuvimos juntos. Me gustó que no me reconociera cuando entré en el bar; fue algo distinto. Estimulante.
Por cursi que suene, los hombres no suelen querer estar conmigo por mí. Lo habitual es que, cuando alguien se me acerca, quiera sacar algo: una foto en uno de mis canales, publicidad para un producto… Una vez, un tipo me preguntó si estaba dispuesta a grabar un vídeo de carácter sexual.
Por eso, cuando Beckett entró con sus brazos tatuados en aquel bar minúsculo y me miró con apreciación y no con codicia, aproveché la oportunidad. Aproveché para sacar algo yo.
Aunque, para lo que me ha servido…
—Así que silvicultor, ¿eh? —Cuando imito su fría indiferencia, observo que las comisuras de los labios se le curvan hacia abajo y aprieta los puños a los costados.
—Es que me ha sorprendido, solo eso —responde sin abandonar del todo el tonillo sarcástico. Como si no pudiera creerse que tenga que mencionarlo siquiera. Como si trabajar en redes fuera lo más vil y repulsivo que pudiera imaginar. Resopla y se frota el mentón con los nudillos—. No esperaba volver a verte.
Es evidente que yo tampoco esperaba verlo a él de nuevo, dado que esta misma tarde he huido de la panadería del vivero como si estuviera en llamas. Pero eso no quiere decir que vaya a comportarme como una cabrona.
Me observa detenidamente con los ojos entrecerrados. Ojalá tuviera más cerca la bandeja de galletas.
—¿Lo sabías? —me pregunta.
—¿El qué?
—Que trabajo aquí.
Frunzo el ceño y alzo la barbilla. ¿Es que cree que lo he hecho aposta? ¿Que he venido a su lugar de trabajo a… qué? ¿A acosarlo? ¿A ponerlo en evidencia?
—Por supuesto que no —respondo con firmeza—. Yo tampoco creía que volvería a verte.
Me lanza una sonrisa que es de todo menos bonita.
—Bueno, eso ya me quedó más claro que el agua, Evie.
Parpadeo, sorprendida.
—Lo siento —añade con brusquedad. No lo siente en absoluto—. Quizá prefieras que te llame Evelyn.
Algo se me encoge en el pecho al oír lo cortante de sus palabras. Suena frustrado, incómodo. Permanece demasiado inmóvil en el rincón junto al escritorio, la mirada dura. No sé por qué me duele que me llame Evelyn, pero así es.
Aunque qué más da. Qué importa que me mire como si fuera cualquier porquería pegada a la suela del zapato.
Eso no cambia nada entre nosotros. Ni lo que pasó antes ni lo que está pasando ahora.
Es solo que… con él fui Evie.
Y me gustó.
El silencio se extiende entre los dos hasta que lo siento como un peso sobre los hombros. Beckett no parece tener prisa por interrumpirlo. Se quita la gorra de un tirón al tiempo que gruñe un exabrupto y se pasa la mano por el cogote, adelante y atrás, hasta que la mitad del pelo se le queda de punta.
—Escucha, yo no…
Inclina la cabeza y, mirando al techo, estira el cuello a ambos lados para destensarlo. Suspira y se yergue antes de lanzarme una mirada que, de alguna manera, aúna irritación y exasperación. No tengo ni idea de qué responderle. No tengo ni idea de cómo responder a nada de esto. A esta versión de Beckett tan distinta del hombre de palabras dulces y caricias tiernas, de risa leve y ronca en la oscuridad.
—Lo siento. No he venido para esto. —Aprieta tanto la mandíbula que es un milagro que sea capaz de articular palabra—. He venido porque… quería pedirte que te quedes.
No puedo evitar el sonido que me sale de los labios. Si esta es su manera de intentar convencerme para que me quede, no quiero ni saber qué haría si se propusiera echarme.
—Digamos que te hace falta trabajar tu discurso.
—Evelyn.
—En serio.
Frunce aún más el ceño.
—Este concurso significa mucho para Stella. Y para mí también. Nuestro vivero necesita tu ayuda y me gustaría que nos dieras las mismas oportunidades que a los demás.
Noto cómo el pecho se me encoge de nuevo.
—¿Crees que no lo haría?
—Ya has huido de mí antes —señala, con un atisbo de sonrisa en la comisura de la boca. Detesto que me provoque una sacudida de calor por toda la columna—. Si hasta has huido de la panadería en cuanto me has visto.
Agacho la cabeza y me miro los pies. No ha sido mi mejor momento. Pero no sabía qué hacer.
—Ya lo sé.
Un silencio distinto se extiende entre nosotros.
—Me gustaría que me asegurases de alguna manera —dice en voz baja y contemplo cómo cambia el peso de un pie al otro— que vas a quedarte.
—¿Cómo? —pregunto sin mirarlo a la cara. Como no responde, suelto aire y alzo la vista. Sigue con el ceño fruncido, la arruga del entrecejo cada vez más profunda—. ¿Cómo puedo asegurártelo?
Podría componerle un haiku. Hornearle un pastel y firmarlo con un glaseado de crema batida. Sé que tiene dudas por el modo en que me fui, pero fue un rollo de una noche; bueno, de dos. Un solo fin de semana juntos.
No le debo nada.
Los ojos se le oscurecen. Por primera vez desde que ha entrado en la habitación, me mira con fijeza. Algo se tensa y se arremolina entre nosotros. Lo siento igual que si me tocara el brazo o el hueco de la espalda.
—Una promesa.
—¿Quieres que preste un juramento de sangre? —Cuando él emite un sonido desprovisto de humor, pongo los ojos en blanco—. Yo aquí he venido a trabajar, Beckett, y no voy a dejar que nada se interponga. Stella merece que dé lo mejor de mí. No tengo ninguna intención de hacer las cosas de cualquier manera.
Jamás he hecho nada a medias. Puede que Beckett crea que mi trabajo es una ridiculez, pero yo sé lo que mi intervención puede hacer por la gente. Puedo generar oportunidades de negocio para este vivero: atraer clientes, atención, una explosión de actividad social.
—Entonces ¿me lo prometes?
Asiento, agotada de repente. Quiero comerme el resto de la bandeja de galletas y meterme en la cama, en ese orden.
Quiero que el fantasma de los ligues pasados se largue por donde ha venido.
—Te lo prometo. Mañana estaré ahí. Empezaremos de cero.
—¿No te irás?
La pregunta me recuerda una mañana gris y neblinosa de tormenta en la costa. Su brazo estirado bajo las almohadas, la piel desnuda de su espalda y la curva de su columna. El chasquido suave de la puerta al cerrarse, con la maleta a mis pies.
Inspiro hondo por la nariz y espiro con igual lentitud. No es culpa suya que no me crea. Por lo visto, Beckett es de los rencorosos.
Cojo otra galleta de la bandeja.
—No me iré.
1
Beckett
Marzo
—¿Tienes pensado volver a la cama?
Su voz suena a recién despierta y tiene un chupetón en la base del cuello, una marca de un morado profundo que no puedo parar de mirar. Estira los brazos por encima de la cabeza y la sábana desciende un centímetro; por debajo se alza la curva de los pechos. Deseo agarrar la tela con los dientes y tirar hasta que quede desnuda debajo de mí. Deseo otras cien cosas más.
Niego con la cabeza desde el rincón donde me encuentro, apoyado en el escritorio, y tomo otro sorbo de café.
«Contrólate —me digo—. Contrólate un poco, joder».
Ella me mira con una sonrisita.
—Vale, ya lo entiendo. —Deja caer las manos; una se le enreda en el pelo, la otra la introduce bajo las sábanas. Enarca una ceja con ademán de invitación—. Te gusta mirar.
Estoy segurísimo de que, con Evie, me gusta todo. Quiero ese sedoso cabello negro enroscado en el puño, esa boca sonriente en el cuello. Anoche se pasó veintidós minutos recorriendo con ella el tatuaje que tengo en el bíceps: eso también lo quiero. Quiero devolverle el favor con las pecas del interior de su muñeca y las marcas de sus caderas.
Me aparto del escritorio y dejo la taza a un lado. Me acerco a la cama y observo el movimiento de la mano. Baja con ella por el vientre, con una sonrisa pícara en su cara bonita. Hinco la rodilla en el colchón y le agarro el tobillo; su pie desnudo cuelga del borde de la cama.
—Me encanta mirar —le digo mientras la sujeto de la cadera y me acomodo entre sus largas piernas. Deposito un beso en el interior de la rodilla y su cuerpo entero se estremece. Le doy otro más justo por encima—. Pero prefiero tocar.
Noto un dedo clavado en las costillas que me saca con brusquedad de mi fantasía favorita.
—¿Estás prestando atención?
Me tiembla la rodilla y, cuando la bota acierta en la silla que tengo delante, Becky Gardener está a punto de volcar hacia un lado. Se aferra a los reposabrazos con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos y me lanza una mirada por encima del hombro. Agacho la cabeza y, con la mirada fija en las botas, murmuro una disculpa.
—Estoy prestando atención —le digo a Stella y le aparto el dedo de un manotazo.
Más o menos. La verdad es que no. Hay demasiada gente en la sala. Todos los propietarios de negocios del pueblo estamos apretados como sardinas en el espacio de conferencias del salón de fiestas, un trastero que, seguro, debe de usarse para almacenar las decoraciones de Pascua a juzgar por el conejo de dos metros del rincón; da un poco de miedo. Huele a café rancio y a laca y las señoras del salón de belleza no han dejado de reír como gallinas desde que entraron por la puerta. Es como estar sentado en mitad de un desfile mientras a mi alrededor marchan los percusionistas de la banda. El ruido ensordecedor me tensa los hombros y la incomodidad me hormiguea en el cuello.
Y ese conejo no deja de mirarme.
No suelo venir a este tipo de cosas, pero Stella ha insistido. «Querías ser socio —me ha dicho—. Pues esto es lo que hacen los socios».
Yo creía que significaba poder comprarme el fertilizante caro sin tener que pedirle permiso a nadie, no tener que asistir a reuniones que no valían para una mierda. Si elegí un trabajo en el que paso el setenta y cinco por ciento de la jornada en el exterior fue por algo.
Solo. En silencio.
Me cuesta hablar con la gente. Me cuesta decir las palabras adecuadas en el orden correcto y en el momento apropiado. Cada vez que bajo al pueblo, siento que todo el mundo me observa. Una parte está en mi cabeza, lo sé, pero otra…, otra es Cindy Croswell fingiendo caerse en el pasillo de la farmacia para que tenga que ayudarla a levantarse. O Becky Gardener, del colegio, preguntándome si puedo encargarme de una excursión mientras me mira como si fuese un jugoso bistec con patatas de guarnición. No tengo ni idea de lo que pasa la mitad de las veces que bajo al pueblo, pero tengo la impresión de que a la gente se le va la puta cabeza.
—Qué vas a estar prestando atención —suelta Layla a mi derecha, con las piernas cruzadas y la mano metida en el bol gigante de palomitas que se ha traído. Ella es quien regenta la panadería del vivero, mientras que Stella se encarga de las cuestiones turísticas y de marketing. Como Inglewild tiene el tamaño de un sello de correos y esta se ha empeñado en convertir Lovelight Farms en un «pilar de la comunidad», se espera que participemos en un montón de movidas para el pueblo.
Ni siquiera sé para qué es esta reunión.
—¿De dónde han salido esas palomitas? —cambio de tema.
Miro de reojo la bolsa gigantesca que Layla tiene escondida debajo de la silla. Sé que tiene brownies y media caja de galletas saladas dentro. Dice que la reunión bimensual de propietarios de pequeños negocios de Inglewild es un rollo si no hay picoteo y diría que tiene razón. Tampoco es que se haya prestado a compartir.
Layla traza un círculo con el dedo delante de mi cara y no hace caso de mi pregunta.
—Ya estás con cara de pasmado. Estás pensando en Evelyn.
—Qué va. —Suspiro y roto los hombros, desesperado por aliviar la tensión que noto entre ellos—. Estaba pensando en la cosecha de pimientos —miento.
Ando distraído desde aquellas dos noches neblinosas de agosto. Noches de piel pegajosa de sudor. Cabello como la medianoche. Evie Saint James olía a sal marina y sabía a cítricos.
Desde entonces no levanto cabeza.
Layla pone los ojos en blanco y se mete otro puñado de palomitas en la boca.
—Claro que sí, lo que tú digas.
Stella alarga el brazo por delante de mí y le quita el bol de las manos.
—Están a punto de empezar. Estaría genial si pudiéramos fingir ser profesionales.
Enarco ambas cejas.
—¿En la reunión municipal?
—Sí, en la reunión municipal. Esa en la que estamos participando ahora mismo.
—Ay, sí. Siempre superprofesional.
En la última sesión, Pete Crawford trató de impedir que Georgie Simmons votara sobre las nuevas restricciones de aparcamiento delante de la cooperativa. Se puso a imitar la película Speed, con voces y accesorios incluidos.
Stella me mira con cara de palo y se vuelve hacia el frente con el bol sujeto en el hueco del brazo. Layla se me arrima y me apoya la barbilla en el hombro. Suspiro y levanto la vista hacia las pesadas vigas de madera que atraviesan el techo y rezo pidiendo paciencia. Atrapado en lo alto hay un globo medio deshinchado, con toda probabilidad de la fiesta de San Valentín del mes pasado. Citas rápidas, creo. Mis hermanas intentaron hacerme ir, así que me encerré en casa y apagué el teléfono. Me quedo mirando el globo y frunzo el ceño. Un corazón rojo desvaído, desinflado y atrapado con un cordel enroscado alrededor.
—¿Has vuelto a hablar con ella desde que se marchó? —pregunta Layla.
Un par de veces. Un mensaje soso enviado en mitad de la noche después de alguna cerveza de más. Una respuesta genérica. Una foto de ella en un campo abierto, en algún lugar del mundo, con una línea de texto que decía: «No es tan bonito como vuestro vivero, pero está chulo». Cuando me llegó el mensaje, el móvil se me acabó cayendo al suelo de tanto como pasé el pulgar sobre sus palabras, imaginando mis manos sobre su piel.
Una influencer. E importante, por lo visto. Aún no acabo de entenderlo. Más de un millón de seguidores. La busqué una noche, cuando el silencio de la casa me asfixiaba, el pulgar saltando por la pantalla del móvil. Al dar con su cuenta, me quedé pillado mirando el numerito de la esquina superior.
Jamás he vuelto a abrir su perfil.
Ya he tenido rollos de una noche. Para dar y regalar. Pero no consigo quitarme a Evie de la cabeza. Pensar en ella es como un hambre en la boca del estómago, como un picorcillo justo por debajo de la piel. Pasamos dos noches juntos en Bar Harbor. No debería…, no sé por qué sigo viéndola cuando cierro los ojos.
Enredada entre las sábanas. La melena sobre mi cara. Aquella media sonrisa que me volvía loco.
—Estaba pensando en pimientos —repito, empeñado en seguir con la patraña. A Layla no se le puede dar ni el meñique, que te toma el brazo y, de paso, se te queda con la camisa. Me he criado con tres hermanas. Me huelo el interrogatorio como quien nota el cambio de viento.
—Por la cara que tienes, no diría que estabas pensando en pimientos. Diría que estabas pensando en Evelyn.
—Pues deja de mirarme la cara.
—Deja de poner la cara que pones y dejaré de mirártela.
Suspiro.
—Solo digo que es una lástima, eso es todo. —La
