En el mar hay cocodrilos

Fabio Geda

Fragmento

cap-1

Afganistán

Sí, la verdad es que no me esperaba que ella se fuera. No es que a los diez años, mientras te quedas dormido por la noche, una noche como tantas, ni más oscura, ni más estrellada, ni más silenciosa o maloliente que otras, con los cantos de los muecines, los mismos de siempre, los mismos que por todas partes llaman a la oración desde la punta de los minaretes, no es que a los diez años —y digo diez por decir, porque tampoco es que sepa con certeza cuándo nací, no hay registro civil ni nada por el estilo en la provincia de Ghazni— decía, no es que a los diez años, incluso si tu madre, antes de dormirte, te ha cogido la cabeza, la ha estrechado contra su pecho un rato largo, más largo que de costumbre, y ha dicho: Tres cosas no debes hacer jamás en la vida, Enai jan, por ningún motivo. La primera es tomar drogas. Algunas tienen un olor y un sabor bueno y te susurran al oído que sabrán hacerte sentir mejor de como nunca te sentirás sin ellas. No las creas. Prométeme que no lo harás.

Prometido.

La segunda es usar armas. Aunque alguien dañe tu memoria, tus recuerdos, tus afectos, insultando a Dios, a la tierra, a los hombres, prométeme que tu mano jamás empuñará una pistola, un cuchillo, una piedra, ni siquiera un cucharón de madera para el qhorma palaw, si ese cucharón de madera sirve para herir a un hombre. Promételo.

Prometido.

La tercera es robar. Lo que es tuyo te pertenece. Lo que no es tuyo, no. El dinero que te haga falta lo ganarás trabajando, aunque el trabajo sea fatigoso. Y nunca engañarás a nadie, Enai jan, ¿verdad? Serás hospitalario y tolerante con todos. Prométeme que lo harás.

Prometido.

Sí. Incluso si tu madre dice cosas como estas y luego, levantando la mirada hacia la ventana, empieza a hablar de sueños sin dejar de hacerte cosquillas en el cuello, de sueños como la luna, a cuya luz es posible comer, por la noche, y de deseos —que siempre hay que tener un deseo ante los ojos, como un burro una zanahoria, y es en el intento de satisfacer nuestros deseos donde encontramos la fuerza para volver a levantarnos, y que si un deseo, cualquiera que sea, se tiene, en alto, a un palmo de la frente, entonces vivir valdrá siempre la pena—, bueno, incluso si tu madre, mientras te ayuda a dormirte, dice todas esas cosas con una voz baja y extraña, que te calienta las manos como brasas, y llena el silencio de palabras, ella, que siempre ha sido tan parca y despierta para agarrarse a la vida, incluso en esa ocasión es difícil pensar que lo que te está diciendo es: Khoda negahdar, adiós.

Así.

Por la mañana, cuando me desperté, estiré los brazos para que el sueño saliera de mi cuerpo y palpé a la derecha para buscar confianza en el cuerpo de mamá, en el olor reconfortante de su piel, que para mí era como decir: despierta, levántate, etcétera. Pero bajo la palma no encontré nada y, entre los dedos, solo la colcha de algodón blanco. Tiré de ella. Me volví, con los ojos como platos. Me apoyé en los codos y llamé: ¡Mamá! Pero no respondió, ni nadie respondió en su lugar. No estaba en el colchón, no estaba en la sala donde habíamos dormido, todavía caliente de los cuerpos que se agitaban en la penumbra, no estaba en la puerta, no estaba en la ventana mirando la calle y el tráfico de coches y carros y bicis, no hablaba con nadie, como había hecho tantas veces, aquellos tres días, junto a las jarras de agua o en el rincón de los fumadores.

De fuera llegaba el bullicio de Quetta, que es mucho, porque es mucho más ruidosa que mi aldea, esa pequeña franja de tierra, casas y torrentes de la que provengo, el lugar más bello del mundo (y no lo digo por presumir, sino porque es verdad), en la provincia de Ghazni.

Pequeño, grande.

No creí que fuera el tamaño de la ciudad lo que causaba aquel alboroto, pensé que se trataba de diferencias normales entre naciones, como el modo de condimentar la carne. Pensé que el ruido de Pakistán era distinto del de Afganistán, punto, y que cada nación tenía su propio ruido, que dependía de un montón de cosas, como de qué comía la gente y cómo se movía.

Mamá, llamé.

No hubo respuesta. Entonces salí de debajo de las mantas, me puse los zapatos, me froté los ojos y fui a buscar al jefe que mandaba en aquel lugar, a preguntar si la había visto, dado que, recién llegados, tres días antes, había dicho que nadie entraba o salía del samavat Qgazi sin que él se diera cuenta, algo que me había parecido extraño, pues suponía que también él necesitaría dormir de vez en cuando.

El sol cortaba en dos la entrada del samavat Qgazi. Allí les llaman también hoteles a los lugares así, pero no se parecen ni siquiera un poco a los hoteles que tenéis en mente, no, no. Más que un hotel, el samavat Qgazi era un almacén de cuerpos y almas; un depósito donde amontonarse en espera de ser empaquetados y expedidos a Irán o Afganistán, o quién sabe adónde; un lugar donde entrar en contacto con los traficantes de hombres.

En el samavat llevábamos tres días, sin salir nunca: yo, jugando entre los cojines; mamá, hablando con grupos de mujeres con niños, a veces con familias enteras, personas de las que parecía fiarse.

Recuerdo que durante todo el tiempo, allí, en Quetta, mamá tuvo la cara y el cuerpo cubiertos por el burka, el burka que, en casa, en Nava, con mi tía y sus amigas, no llevaba nunca. Yo ni siquiera sabía que tenía uno. En la frontera, la primera vez que la vi ponérselo, le pregunté por qué y me dijo, sonriendo: Es un juego, Enaiat, ven aquí debajo. Se levantó un pico del vestido. Me metí entre sus piernas bajo la tela azul, como si me zambullera en una piscina, y aguanté la respiración, pero sin nadar.

Cubriéndome los ojos con la mano, por la luz, me acerqué a kaka Rahim, el jefe, y le pedí perdón por las molestias. Pregunté por mamá, si por casualidad la había visto salir, ya que nadie salía ni entraba sin que él lo supiera, ¿no?

Kaka Rahim estaba leyendo un periódico escrito en inglés, en rojo y en negro, sin imágenes, y fumaba un cigarro. Tenía las pestañas largas y las mejillas cubiertas de pelos finos como ciertos melocotones locos, y al lado del periódico, en la mesa de la entrada, un plato lleno de huesos de albaricoque, tres frutos de color naranja, gordos, sin morder todavía, y un puñado de bayas de morera.

Mamá lo había dicho: Hay montones de fruta en Quetta. Lo había dicho para animarme, porque a mí la fruta me gusta mucho. Quetta, en pastún, significa «plaza comercial fortificada», o algo así, un lugar donde se intercambian mercancías: objetos, vidas, etcétera. Quetta es la capital del Beluchistán: el huerto de Pakistán.

Sin volverse, kaka Rahim le echó el humo al sol y respondió: Sí, la he visto.

Sonreí. ¿Adónde ha ido, kaka Rahim? ¿Puedo saberlo?

Por ahí.

¿Por ahí? ¿Dónde?

Por ahí.

¿Cuándo vuelve?

No vuelve.

¿No vuelve?

No.

¿Cómo que no vuelve? Kaka Rahim, ¿qué quiere decir no vuelve?

No vuelve.

En ese momento me quedé sin palabras. Quizá hubiera otras, adecuadas, pero yo no las conocía. Permanecí callado, observando los pelos en las mejillas del jefe del samavat, pero sin verlos de verdad.

Fue él quien volvió a hablar. Ha dejado dicha una cosa, continuó kaka Rahim.

¿Qué?

Khoda negahdar.

¿Solo eso?

No, también otra cosa.

¿Qué, kaka Rahim?

Dice que no hagas nunca las tres cosas que te ha dicho que no hagas.

A mi madre la llamaré «mamá». A mi hermano, «hermano». A mi hermana, «hermana». Al pueblo donde vivíamos no, no lo llamaré «pueblo», sino Nava, que es su nombre y que significa «canal», porque está encajado al fondo de un valle, entre dos filas de montes. Por eso cuando mamá dijo: Prepárate que tenemos que irnos, una noche, al volver de jugar por la tarde en el campo, y le pregunté: ¿Dónde?, y ella respondió: Nos vamos de Afganistán, bueno, pensaba que atravesaríamos las montañas, y basta, porque para mí Afganistán estaba entre aquellas cimas, era aquellos torrentes, no sabía lo grande que era.

Cogimos una bolsa de ropa y la llenamos con una muda para mí, una para ella y algo de comer, pan y dátiles, y yo no cabía en mí con la emoción del viaje. Me hubiera gustado correr a decírselo a los demás, pero mamá no quería y me repetía que fuera bueno, que estuviera tranquilo. Vino mi tía, su hermana, y se apartaron para hablar. Después llegó un hombre, un viejo amigo de papá, que no quiso entrar en la casa; dijo que nos pusiéramos en marcha, que la luna no había salido todavía y la oscuridad era arena en los ojos para los talibanes o quién sabe qué otra persona con la que corríamos el riesgo de encontrarnos.

¿Mi hermano y mi hermana no vienen con nosotros, mamá?

No, se quedarán con la tía.

Mi hermano es todavía pequeño, no quiere quedarse con la tía.

Se encargará tu hermana. Tiene casi catorce años. Es una mujer.

Pero ¿cuándo volvemos nosotros?

Pronto.

Pronto ¿cuándo?

Pronto.

Tengo el torneo de Buzul-bazi.

¿Has visto las estrellas, Enaiat?

¿A qué vienen ahora las estrellas?

Cuéntalas, Enaiat.

Es imposible. Son demasiadas.

Pues empieza, dijo mamá. Si no, no acabarás nunca.

La zona en la que vivíamos, el distrito de Ghazni, está habitada solo por hazaras, es decir, afganos como yo, con los ojos en forma de almendra y la nariz aplastada o, mejor, no exactamente aplastada, un poco más plana que las otras, más plana que la tuya, Fabio, por ejemplo: los rasgos de la población mongol. Hay quien dice que somos los descendientes del ejército de Gengis Khan. Hay quien dice que los padres de nuestros padres eran los kushanes, los antiguos habitantes de aquellas tierras, los legendarios constructores de los Budas de Bamiyán. Y hay quien dice que somos esclavos, y como a esclavos nos trata.

Salir del distrito o de la provincia de Ghazni era extremadamente peligroso para nosotros (y digo era solo porque hoy no sé cómo es, pero no creo que haya cambiado mucho), porque entre talibanes y pastunes, que no son lo mismo, no, pero a nosotros siempre nos han hecho daño por igual, tenías que tener cuidado de con quién te encontrabas. Por eso, creo, salimos de noche, los tres: mi madre, el hombre —al hombre lo llamaré simplemente «hombre»— a quien mamá había pedido que nos acompañara y yo. Salimos a pie y durante tres noches, con el favor de la oscuridad y la luz de las estrellas —que es una luz que, en esos lugares sin corriente eléctrica, es verdaderamente potente—, caminamos hacia Kandahar.

Yo llevaba, como siempre, mi pirhan gris, pantalones anchos y chaqueta larga, hasta la rodilla, de la misma tela. Mamá iba con el chador, pero había echado en la bolsa un burka para ponérselo cuando nos encontrábamos con gente, una buena manera de ocultar que era una hazara y de esconderme a mí.

El primer día, al alba, paramos a descansar en un campamento de caravanas que durante algún tiempo —se adivinaba por los barrotes en las ventanas— debía de haber sido usado como cárcel por los talibanes o por algún otro. No había nadie, y esto era una ventaja, pero yo me aburría, así que la tomé con una campana que colgaba de una torre. Cogí piedras e intenté pegarle a cien pasos de distancia. Le di por fin y el hombre corrió hacia mí, me agarró por la muñeca y me dijo que me estuviera quieto.

El segundo día vimos una rapaz dar vueltas alrededor del cuerpo de un burro. El burro estaba muerto (obvio), tenía las patas atrapadas entre dos rocas y para nosotros era completamente inútil porque no se podía comer. Recuerdo que estábamos cerca de Shajoi, que para los hazaras es el lugar más desaconsejable de Afganistán. Contaban que, por esa zona, a los hazaras de paso como nosotros los cogían los talibanes y los arrojaban vivos a un pozo profundísimo o se los echaban de comer a los perros vagabundos. Diecinueve hombres de mi pueblo habían desaparecido así, mientras se dirigían a Pakistán, y el hermano de uno de ellos había ido a buscarlo; fue él quien nos contó lo de los perros vagabundos. En cualquier caso, de su hermano solo encontró la ropa, y dentro de la ropa los huesos, nada más.

Entre nosotros es así.

Hay un dicho entre los talibanes: a los tayikos Tayikistán, a los uzbecos Uzbekistán, a los hazaras Goristán. Eso dicen. Y Gor significa tumba.

El tercer día encontramos un montón de personas que iban quién sabe adónde y parecían escapar de quién sabe qué: una hilera de carros cargados de hombres, mujeres, niños, gallinas, telas, toneles de agua y más cosas.

Cuando se acercaban camiones que iban en nuestra dirección, pedíamos a los conductores que nos llevaran, aunque fuera un rato, y si eran buena gente, se paraban y nos dejaban subir, mientras que, si eran antipáticos o estaban peleados consigo mismos o con el mundo, pasaban a nuestro lado acelerando y cubriéndonos de polvo. En cuanto oíamos el ruido de un motor a nuestra espalda, mamá y yo nos escondíamos corriendo en una zanja o entre los arbustos o detrás de las piedras, si había piedras lo bastante grandes. El hombre se quedaba inmóvil al borde de la carretera y hacía señales al que llegaba de que parase, como si hiciera autostop, pero no usaba solo el pulgar, sino que incluso agitaba los brazos, para asegurarse de que lo vieran y no lo atropellaran. Si el camión se paraba y todo era seguro, entonces nos decía que saliéramos de la zanja, y mamá y yo subíamos delante (dos veces fue así) o detrás, entre la mercancía (una vez fue así). La vez que nos subimos detrás, la caja del camión estaba llena de colchones. Dormí estupendamente.

Cuando llegamos a Kandahar, pasado el río Argandab, había contado tres mil cuatrocientas estrellas (un buen número, diría yo), entre las que por lo menos había veinte grandes como huesos de melocotón, y estaba muy cansado. Y no solo eso. Había contado también el número de puentes que habían volado los talibanes con dinamita, y los coches quemados y los tanques negros abandonados por los militares. Pero me hubiera gustado volver a casa, a Nava, a jugar a Buzul-bazi con mis amigos.

En Kandahar dejé de contar las estrellas. Lo dejé porque era la primera vez que iba a una ciudad tan grande y las luces de las casas y de las farolas me distraían demasiado, y también porque el cansancio me hacía perder la cuenta. Las calles de Kandahar estaban asfaltadas. Había coches, motos, bicicletas, tiendas y muchos sitios para beber el chay y hablar entre hombres, y edificios altos, incluso de más de tres pisos, con antenas en los tejados, y polvo, viento y polvo, y tanta gente en las aceras que en su casa, pensé, no debía de haberse quedado nadie.

Cuando llevábamos caminando un tiempo, el hombre se paró y nos dijo que esperáramos, que iba a hacer un trato. No nos dijo dónde, ni con quién. Me senté en una tapia a contar los coches que pasaban (los de colores) mientras mamá permanecía de pie, inmóvil, como si bajo el burka no hubiera nadie. Olía a frito. Una radio transmitía las noticias diciendo que en Bamiyán estaba desapareciendo un montón de gente y que habían encontrado un gran número de muertos en una casa. Pasó un anciano con los brazos elevados al cielo, gritando khodaia khair, pidiendo a Dios un poco de serenidad. Me entró hambre, pero no pedí comida. Me entró sed, pero no pedí agua.

El hombre volvió sonriendo, con otra persona. Es un buen día para vosotros, dijo. Este es Shaukat y os llevará a Pakistán en su camión.

Mamá dijo: Salaam, agha Shaukat. Gracias.

Shaukat el pakistaní no respondió.

Idos ya, dijo el hombre. Pronto nos veremos.

Gracias por todo, le dijo mamá.

Lo he hecho con gusto.

Tranquiliza a mi hermana, dile que el viaje ha ido bien.

Lo haré. Buena suerte, pequeño Enaiat. Ba omidi didar.

Me cogió entre sus brazos y me besó en la frente. Sonreí como diciendo: vale. Pronto nos veremos, seguid bien. Luego he pensado que el buena suerte y el pronto nos veremos no casaban demasiado: ¿por qué buena suerte si pronto íbamos a vernos?

El hombre se fue. Shaukat el pakistaní levantó una mano y nos hizo una señal para que lo siguiéramos. El camión estaba aparcado en un patio polvoriento rodeado por una tela metálica. En la caja, decenas y decenas de postes de madera. Mirándolos más de cerca me di cuenta de que eran postes de la luz.

¿Por qué transportas postes de la luz?

Shaukat el pakistaní no respondió.

Pero claro, esto lo descubrí después. Que desde Pakistán venían a robar a Afganistán, a robar todo lo que se pudiera robar, que no era mucho. Los postes de la luz, por ejemplo. Venían con los camiones, los derribaban y los llevaban al otro lado de la frontera, para usarlos o revenderlos, no lo sé. Pero allí, en aquel momento, lo importante, para nosotros, era que teníamos un medio de transporte bastante bueno, más que bueno, excelente, porque los camiones pakistaníes sufrían menos controles en la frontera.

El viaje fue largo, no sabría deciros exactamente, horas y horas entre las montañas, entre sacudidas, piedras, sacudidas, tiendas de campaña, mercadillos y sacudidas. Nubes. En cierto momento —ya había anochecido— Shaukat el pakistaní bajó a comer; pero solo él, porque era mejor que nosotros no bajáramos. Nunca se sabe, dijo. Nos trajo sobras de carne y nos pusimos otra vez en marcha, el silbido del viento a través de la ventanilla, el cristal bajado dos dedos para dejar entrar el aire, sí, pero el menos polvo posible. Observando toda aquella tierra que corría a nuestro lado, recuerdo, pensé en mi padre: también él había conducido un camión mucho tiempo.

Pero era distinto. A él lo obligaban.

A mi padre lo llamaré «padre»

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