El libro de la rabia

Juan Antonio Ramos

Fragmento

El libro de la rabia

“I believe that the very purpose of our life is to seek happiness. That is clear. Whether one believes in religion or not, whether one believes in this religion or that religion, we all are seeking something better in life. So, I think the very motion of our life is towards happiness.”

DALAI LAMA, THE ART OF HAPPINESS.

“Human happiness does not seem to have been included in the design of the creation. It is only we, with our capacity to love, that give meaning to the indifferent universe.”

WOODY ALLEN, CRIMES AND MISDEMEANORS.

“Creo que una obra estética corresponde siempre a emociones… a emociones que tienen que ser de desdicha. Porque la felicidad es un fin en sí misma, ¿no? De modo que la felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí.”

JORGE LUIS BORGES, DIÁLOGOS.

El libro de la rabia

VÍA CRUCIS

1

“Whoever becomes the President should clean up this city here… because this city is like an open sewer… it’s full of filth and scum… The President should just really clean up this mess here… He should just flush it right down the fuckin’ toilet”, palabras con luz de Travis Bickle dirigidas al anonadado Charles Palantine, candidato a la presidencia de Estados Unidos en Taxi Driver. Mi película favorita. ¿Eso haría a Travis Bickle mi héroe? Sí. Claro, eso no se lo digo a nadie. Para quedar bien como “intelectual” que se respeta, me conviene decidirme por Citizen Kane o The Godfather (las dos primeras partes) y por sus respectivos protagonistas… siempre y cuando sirvan de pretexto para una “detenida reflexión en torno a la soledad del poder”. Jmm… El personaje inmortalizado por Orson Welles y el Michael Corleone de Al Pacino están entre mis preferidos, pero a la hora de la verdad me voy con el veterano de Vietnam que debe poner las cosas en su lugar, pronto. Se hace de un arsenal impresionante de armas… entrena para la “misión” que tiene que cumplir… se rapa la cabeza a lo indio hurón… le cae a tiros al cabrón de Sport, y al cancerbero de la Jodie Foster adolescente y puta le vuela la mano con la mágnum…¡sí señor! El calvinista Paul Schrader. El catoliquero Martin Scorsese. ¡Qué par de individuos! Scorsese pensó en ser cura… y terminó metiéndose hasta meao. “I did a lot of drugs because I wanted to do a lot, I wanted to push all the way to the very very end, and see if I could die.” Schrader, por su parte, viene de una familia puritana donde el suicidio es un hobby. Escribió Taxi Driver en ¡diez días! Qué hijo de puta… le quedan bien las historias de tipos jodidos… Raging Bull… Affliction…

Yo entiendo la jugada de la religión represiva… y los pecados y los castigos y el fuego eterno y el crujir de dientes. Yo me crié en la Perpetuo Socorro de la Calle Comerío. Los viacrucis en Semana Santa… las confesiones y comuniones… Angelo, la loquita de clóset prendiendo los cirios-falos que llegaban al cielo… las viejas beatas legañosas y demacradas desgranando rosarios kilométricos… los fariseos de la Cofradía del Santo Nombre entonando “Amor a Cristo Dios, divino rey”, mientras Roberto y yo nos atajábamos la risa con la mano y mami nos acribillaba con los ojos.

2

No volví a la iglesia sino hasta el día de mi boda. Y después tardé casi veinte años en volver, y lo hice a instancias de Awilda quien se había impuesto ese apostolado. El de hacerme conocer a Cristo.

–Necesitas darle el ejemplo a tus hijos que ya están grandes —me amonestaba.

Comencé a ir los domingos… algunos domingos. A fuerza de codazos me hizo recitar el padrenuestro. Un bostezo silenciaba el “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Luego venía el saludo de “la paz del Señor esté contigo” y yo “Alberto Castillo, un placer”. Eso mortificaba a Awilda pero no cejaba en su empeño de redimirme. A los cursillos de cristiandad no pudo llevarme, pero sí acepté leer frente a la feligresía. Yo no hacía la genuflexión ante el altar, ni ningún tipo de reverencia. Agarraba el libro, espetaba los ojos en el texto y leía de corrido. Bajaba del púlpito como alma que lleva el diablo, e ignoraba la risita burlona de quienes dudaban de la sinceridad de mi conversión. La risita se les congeló al verme en la fila para comulgar. Sin pasar por la confesión, recibía la hostia contrito, musitaba el amén y regresaba al banco mientras arrastraba los pies y la mirada. Awilda me conminaba a que triturara súplicas y preces, o al menos moviera los labios antes de sentarme. Después de elevar al cielo mis oraciones y buenas intenciones, me dedicaba a alimentar la vista con las hembras lindas que había en el lugar. En especial, las comulgantes que retornaban al asiento cabizbajas, regias, sexys, en provocador estado de gracia. Compungidas pecadoras maquilladas y ataviadas como top-models.

3

Al principio me negué a participar en la ceremonia del lavatorio de pies en Jueves Santo, pero después tuve que acceder debido a que Awilda me amenazó con el divorcio si no lo hacía.

–Piensa en tus hijos —me reprendía a ley del llanto.

¿En mis hijos que se escondían a reírse de nosotros?, ¿en Natasha?, ¿en José Alberto? Por favor.

–Ellos pueden darnos clases, Awilda. No seas ingenua.

–¿Clases de qué? —preguntaba indignada.

–Clases… tú sabes…

–No. No sé —me retaba con los brazos cruzados sobre las tetas y la boca apretada trazando una sonrisa al revés.

–Mira… vamos a dejarlo ahí… No sigamos porque la cosa va a terminar mal…

Le daba la espalda para escuchar el estallido histérico y lacrimoso de quejas y lamentos que hacían las delicias del vecindario.

Busqué los tenis cochambrosos que tenía para cortar la grama… los mojé, los empapé bien, me los puse sin medias y di varias vueltas a la manzana bajo el sol achicharrante de la una de la tarde. Esa noche en la iglesia, desfilé hasta el altar junto a los demás apóstoles. Me senté. Me quité el zapato. Llegó mí turno. El cura se humilló ante mí. De pronto, clavó los ojos en mi pie costroso y hediondo con una expresión de incredulidad. Resopló fuerte, tratando de repeler la peste. Me enfrentó con el entrecejo torcido. Yo por mi parte, trabajé una sonrisa amable. Pude escuchar la risita ahogada del monaguillo que traía la toalla blanca doblada en el antebrazo. El ministro de Dios meditó varios segundos, dominaba el asco, negaba con la cabeza, contenía la respiración antes de tomar mi pie con la punta de los dedos. Luego lo colocó sobre la jofaina. Farfulló latinajos de mala gana. El laico que lo ayudaba en la ceremonia derramó un chorrito de agua tibia sobre mi empeine. Finalmente, el cura gruñó malhumorado y prosiguió con el siguiente apóstol sin secarme.

4

Pero todo fue poco comparado con la celebración de la Muerte y Pasión al año siguiente. Wilfredo Rodríguez era un pobre diablo que año tras año encarnaba a Jesucristo en el viacrucis de Viernes Santo. Conforme pasaba el tiempo, el enfisema pulmonar iba minando su salud, al punto que en la última dramatización del viacrucis, había sufrido, no tres, sino siete caídas. Tan maltratado estaba que Simón Cirineo tuvo que cargar la cruz los nueve innings, mientras por acá las matronas piadosas trataban de revivir al alicaído Wilfredo con sorbitos de Kool Aid. Awilda, sin tomarme en cuenta, propuso mi nombre como el sustituto del santo varón. De primera intención protesté, pero después di el sí temiendo que mi mujer cumpliera su amenaza de botarme de la casa.

Como era de esperar, el cura no vio con buenos ojos mi participación. Me llamó aparte al terminar la misa y me dijo:

–Lo que vas a hacer es cosa seria. Espero que lo entiendas y no te pongas a joder.

Toleré su mirada torva tranquilo, sin dejarme intimidar.

–Gracias por la advertencia —respondí sonriente—. Perdone que lo deje ya pero tengo que ir a la tienda para comprar cervezas y boberías… usted sabe… Salchichón, queso, papitas… porqueriítas para picar en la última cena.

Me encajaron una peluca parecida a la que le pusieron a Anne Parillaud en La femme Nikita. Tiesa y con la corona de espinas pegada. La cosa más absurda. Tuve que embutirme en la minúscula trusa en jirones malolientes que Wilfredo Rodríguez usó y sudó por siglos. El cura me miraba con una especie de lástima irónica. Me abandonaba a mi suerte… Y así fue, pues tan pronto Pilato se lavó las manos, la pandilla de adolescentes salvajes que reclutaron para el dichoso viacrucis me dio una paliza que hacía parecer a la recibida por Rodney King a manos de la policía, como un juego de niños. ¡Qué no me hicieron los cabrones aquellos! Me empujaron, me pellizcaron, me patearon y hasta el culo me cogieron. Yo me encojoné y les exigí respeto.

–¡Búsquenme la jodía cruz pa’ salir de esto ya!

Awilda me reprendió avergonzada. Me pidió que me comportara, más había padecido Nuestro Señor con los romanos. No le hice caso y agarré la puñetera cruz que me trajeron. Una cruz del coño y su madre que pesaba más que un ropero de caoba. Concluí que fue la cruz y no el enfisema lo que liquidó al pobre Wilfredo.

–Ustedes no esperarán que yo solo cargue con esta vaina —me quejé ante el soldado romano, quien se me echaba encima con el látigo en la mano.

–Wilfredo la cargaba solito, don —saltó un chamaquito presentao entre el gentío que se cuajaba.

Lo ignoré y seguí pidiéndole cuentas al centurión.

–¿Y cuándo entra el Cirineo?

El muchachón mantenía el látigo en “pausa” sin saber qué hacer ni qué responder.

–¡Daale, daale! —comenzó a gritar el corrillo de delincuentes que hervía a dos pasos.

El centurión me miró indeciso como pidiéndome permiso con los ojos.

–¡Mete mano! ¡Qué cará! —mascullé.

Mi desnuda espalda recibió el primer latigazo.

–¡Suave suave que eso duele! —protesté.

Pero la titerería pedía más y el soldado envalentonado los complacía.

–¡Coño!, ¡deja la mierda esa! —gruñí nuevamente.

En eso me encontré a las mujeres lloronas y vi el cielo abierto pues me confundí con ellas y me las llevé como escudo a lo largo de mi calvario.

Caí no sé cuántas veces pero el Cirineo nunca apareció porque, según dijeron, se había ido con unos amigos para la playa.

El momento de la crucifixión llegó. Me amarraron los pies y las manos muy fuertemente a la cruz. Los hijos de puta me elevaron a las millas provocando el bamboleo del madero. Cerré los ojos aterrado, y me vi como los avioncitos japoneses de Tora! Tora! Tora!, estrellándome de pico contra el cemento. Fue ahí cuando empezó la molestia que pronto se convirtió en tortura. Comencé a retorcerme, con la cara descompuesta y sudando a chorros. La gente se admiraba con la seriedad que ponía en mi “interpretación”. Algunas personas elogiaban mi “actuación” digna de un Oscar, si es que se ve tan real, exclamaban, si es que parece el mismito Nazareno en su agonía, comentaban conmovidas las señoras, mientras yo suplicaba, con las manos inmovilizadas, que alguien, el soldado de la lanza, quien fuera, se apiadara de mí y me librara de mi terrible mal.

–¡Me pican las bolas! —

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